“Soy Julio Jaramillo… y aunque me llamaron el Ruiseñor de América, mi vida no fue ningún cuento de hadas. Canté para enamorar, para olvidar, y también para sobrevivir. Pero mi voz me llevó por caminos que muchos no se imaginan. Amé a muchas mujeres… tantas, que todavía discuten cuántos hijos dejé. ¿Veintisiete? ¿Treinta y nueve? ¿Cuarenta y dos? La verdad, ni yo mismo los conté todos. Fui bohemio, sí… me gustaba la guitarra, la copa, la noche, la fiesta. Amaba sin medida, y cada amor me dejó una herida y una canción. Por eso dicen que era mujeriego, irresponsable, hasta bígamo. Tal vez… pero yo nunca supe cantar a medias, ni amar a medias. Y al final… no morí en un escenario, como quizá lo merecía, sino en una sala fría de hospital. Pedí que mi despedida fuera sencilla, sin homenajes, sin tumultos… pero ¿sabes qué pasó? Doscientas mil almas se volcaron a las calles de Guayaquil a llorar por mí. Contra mi propia voluntad, me hicieron eterno. Esta es mi verdad. No la del mito, ni la de los periódicos. La mía: la de un hombre que fue capaz de convertir sus pasiones y sus pecados en canciones que aún siguen vivas.”
