Cada 14 de septiembre vemos a miles corriendo con antorchas, orgullosos de llevar un fuego que simboliza libertad. Un fuego que debería recordarnos quiénes somos y de dónde venimos. Pero, claro, no falta el ingenio chapín: El que en lugar de correr, se queda en la puerta de su casa con una bolsa de agua en la mano, esperando ‘hacer patria’. Porque claro, ¿qué mejor homenaje a la independencia que convertir la ciudad en un basurero de plástico? ¿Acaso la libertad se celebra tapando tragantes, ensuciando calles y dejando que el día siguiente huela más a drenaje que a patria? Eso no es chistoso, no es cultura, no es tradición. Eso es comodidad disfrazada de broma, es apatía hecha costumbre. Y lo peor: es orgullo de la ignorancia. Dicen que es tradición, pero tradición es lo que nos une, lo que nos hace grandes, lo que nos recuerda respeto. Tirar bolsas de agua es lo contrario: es burla, es falta de conciencia, es desprecio a tu propia tierra. Y como bien dijo Calle 13: el que no quiere a su patria, no quiere a su madre. Así que no nos engañemos más: lanzar bolsas de agua no es tradición. Es traición. Traición a tu gente, a tu tierra y a la patria que dices amar. Y lo más triste es que esa traición no viene de un extranjero, viene de nosotros mismos.
