Hay un tiempo en que el velo entre mundos se vuelve delgado. Un susurro en el viento, una luz cálida que nos llama. Es el eco de quienes amamos, que regresan por un instante. La muerte no es olvido, es una pausa. Una promesa de reencuentro en el corazón. En México, honramos este reencuentro con el Día de Muertos. Una tradición ancestral, viva y vibrante. Cada 1 y 2 de noviembre abrimos nuestras puertas y almas. Es la fusión de raíces prehispánicas y fe católica. Una fiesta de color, aroma y recuerdo. No lloramos la ausencia, celebramos la existencia. Construimos altares, escaleras al cielo. Cada elemento tiene un sentido profundo. Las flores de Cempasúchil guían con su aroma y color. Las velas iluminan el camino de regreso. El papel picado danza con el viento. Las calaveritas de azúcar nos recuerdan con dulzura. Y la comida, su platillo favorito para nutrir su espíritu en su visita. Sus fotos, para sentirles cerca. El Día de Muertos es un abrazo al alma. Es sentir que el amor trasciende la vida. Es mantener viva su historia, su risa, su esencia. Es recordarles para que sigan viviendo en nosotros.
