Vivimos en una realidad tan jodida que la ignorancia no solo se celebra, sino que se premia. Se aplaude al que grita más fuerte, no al que tiene razón. La verdad, esa que duele y confronta, se censura, se esconde debajo de capas de entretenimiento vacío, noticias manipuladas y sonrisas falsas. Hoy, decir lo que realmente piensas es un acto de valentía… o de suicidio social. Nos enseñaron desde pequeños a encajar, no a ser. A no hacer olas, a bajar la cabeza, a no incomodar. Nos moldearon para sobrevivir dentro de un sistema que devora a los que sienten demasiado, a los que piensan diferente, a los que sueñan con algo más que solo pagar cuentas y acumular cosas. Nos vendieron la idea de que la felicidad está en tener, no en ser. Trabajamos de sol a sombra para comprar tiempo libre que ya no disfrutamos. Nos endeudamos para aparentar una vida que no sentimos. Llenamos vacíos con objetos, relaciones con filtros y conversaciones sin alma. La empatía se ve como debilidad, la sensibilidad como un defecto, y la bondad como ingenuidad. Y en medio de todo eso, el que intenta despertar, el que cuestiona, el que se atreve a decir “esto está mal”, termina aislado. Porque pensar duele. Porque ver la realidad como es y no como quisiéramos que fuera… es insoportable para muchos. La justicia se convirtió en un negocio. La educación en una herramienta para domesticar, no para liberar. La salud en un privilegio. La esperanza en un lujo que ya no todos pueden permitirse. Y sin embargo, seguimos aquí. Algunos todavía sintiendo, pensando, escribiendo. A veces con rabia, a veces con tristeza… pero siempre con la certeza de que esta realidad, por más cruda que sea, necesita ser contada.
