Baile

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@Kevin
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Acto 1: (El escenario representa la orilla del río Magdalena. Saúl, con una caña de pescar, se mueve de un lado a otro, impaciente). Saúl: (Se queja) ¡No es posible! Llevo horas y no pesco nada. Los demás traen la canasta llena y yo solo tengo esta paciencia que se me acaba. ¿Qué les daré de comer a mi familia hoy? ¡Necesito una solución rápida! (Aparece Don Ramón, un anciano de la aldea, que lo observa con calma). Don Ramón: Saúl, el río no es una olla a presión. Sus regalos llegan en el momento justo, si sabes esperar. Saúl: (Ignorando sus palabras) ¡No puedo esperar, Don Ramón! He oído que un brujo tiene una pócima que puede darme todo lo que quiero al instante. Don Ramón: (Sacude la cabeza tristemente) Ten cuidado, hijo. La verdadera abundancia no se encuentra en atajos, sino en la calma de la espera. La paciencia es el anzuelo más fuerte. (Saúl, sin escuchar, se va corriendo en busca del brujo). Acto 2: (El escenario se oscurece. Se oye el murmullo del río). La Voz del Río: (Habla suavemente) Saúl, has buscado la velocidad y no la sabiduría. La paciencia no es la ausencia de acción, sino la calma en la espera. El regalo que buscabas ya era tuyo, solo tenías que confiar en el río. (El escenario se ilumina. Se ve la figura de Saúl, mitad hombre y mitad caimán, arrastrándose por la orilla. El pueblo lo observa con miedo). Pueblo: (Murmullan) Es el hombre que buscó la prisa y perdió su humanidad. ¡Ahora es el castigo de la impaciencia! Don Ramón: (Se acerca al borde del río) Saúl, no te convertiste en caimán por la pócima, sino porque tu corazón no supo esperar. La impaciencia te hizo perder lo más valioso: tu esencia. Acto 3: (Saúl, ahora un caimán, mira a la gente. En sus ojos, ya no hay prisa, sino una tristeza profunda). Saúl: (Con una voz entrecortada) Tenías razón, Don Ramón. Al perder la paciencia, lo perdí todo. (El Hombre Caimán se sumerge lentamente en el río, y el agua lo arrastra río abajo). Don Ramón: (Al pueblo) Que esta historia nos enseñe una lección. El río Magdalena nos da todo lo que necesitamos, pero solo si aprendemos a escucharlo. Los tesoros no son solo el pescado, sino también la tranquilidad de saber que todo llega a su tiempo. La prisa solo nos aleja de nuestra propia orilla. Acto 1: (El escenario representa la orilla del río Magdalena. Saúl, con una caña de pescar, se mueve de un lado a otro, impaciente). Saúl: (Se queja) ¡No es posible! Llevo horas y no pesco nada. Los demás traen la canasta llena y yo solo tengo esta paciencia que se me acaba. ¿Qué les daré de comer a mi familia hoy? ¡Necesito una solución rápida! (Aparece Don Ramón, un anciano de la aldea, que lo observa con calma). Don Ramón: Saúl, el río no es una olla a presión. Sus regalos llegan en el momento justo, si sabes esperar. Saúl: (Ignorando sus palabras) ¡No puedo esperar, Don Ramón! He oído que un brujo tiene una pócima que puede darme todo lo que quiero al instante. Don Ramón: (Sacude la cabeza tristemente) Ten cuidado, hijo. La verdadera abundancia no se encuentra en atajos, sino en la calma de la espera. La paciencia es el anzuelo más fuerte. (Saúl, sin escuchar, se va corriendo en busca del brujo). Acto 2: (El escenario se oscurece. Se oye el murmullo del río). La Voz del Río: (Habla suavemente) Saúl, has buscado la velocidad y no la sabiduría. La paciencia no es la ausencia de acción, sino la calma en la espera. El regalo que buscabas ya era tuyo, solo tenías que confiar en el río. (El escenario se ilumina. Se ve la figura de Saúl, mitad hombre y mitad caimán, arrastrándose por la orilla. El pueblo lo observa con miedo). Pueblo: (Murmullan) Es el hombre que buscó la prisa y perdió su humanidad. ¡Ahora es el castigo de la impaciencia! Don Ramón: (Se acerca al borde del río) Saúl, no te convertiste en caimán por la pócima, sino porque tu corazón no supo esperar. La impaciencia te hizo perder lo más valioso: tu esencia. Acto 3: (Saúl, ahora un caimán, mira a la gente. En sus ojos, ya no hay prisa, sino una tristeza profunda). Saúl: (Con una voz entrecortada) Tenías razón, Don Ramón. Al perder la paciencia, lo perdí todo. (El Hombre Caimán se sumerge lentamente en el río, y el agua lo arrastra río abajo). Don Ramón: (Al pueblo) Que esta historia nos enseñe una lección. El río Magdalena nos da todo lo que necesitamos, pero solo si aprendemos a escucharlo. Los tesoros no son solo el pescado, sino también la tranquilidad de saber que todo llega a su tiempo. La prisa solo nos aleja de nuestra propia orilla. Acto 1: (El escenario representa la orilla del río Magdalena. Saúl, con una caña de pescar, se mueve de un lado a otro, impaciente). Saúl: (Se queja) ¡No es posible! Llevo horas y no pesco nada. Los demás traen la canasta llena y yo solo tengo esta paciencia que se me acaba. ¿Qué les daré de comer a mi familia hoy? ¡Necesito una solución rápida! (Aparece Don Ramón, un anciano de la aldea, que lo observa con calma). Don Ramón: Saúl, el río no es una olla a presión. Sus regalos llegan en el momento justo, si sabes esperar. Saúl: (Ignorando sus palabras) ¡No puedo esperar, Don Ramón! He oído que un brujo tiene una pócima que puede darme todo lo que quiero al instante. Don Ramón: (Sacude la cabeza tristemente) Ten cuidado, hijo. La verdadera abundancia no se encuentra en atajos, sino en la calma de la espera. La paciencia es el anzuelo más fuerte. (Saúl, sin escuchar, se va corriendo en busca del brujo). Acto 2: (El escenario se oscurece. Se oye el murmullo del río). La Voz del Río: (Habla suavemente) Saúl, has buscado la velocidad y no la sabiduría. La paciencia no es la ausencia de acción, sino la calma en la espera. El regalo que buscabas ya era tuyo, solo tenías que confiar en el río. (El escenario se ilumina. Se ve la figura de Saúl, mitad hombre y mitad caimán, arrastrándose por la orilla. El pueblo lo observa con miedo). Pueblo: (Murmullan) Es el hombre que buscó la prisa y perdió su humanidad. ¡Ahora es el castigo de la impaciencia! Don Ramón: (Se acerca al borde del río) Saúl, no te convertiste en caimán por la pócima, sino porque tu corazón no supo esperar. La impaciencia te hizo perder lo más valioso: tu esencia. Acto 3: (Saúl, ahora un caimán, mira a la gente. En sus ojos, ya no hay prisa, sino una tristeza profunda). Saúl: (Con una voz entrecortada) Tenías razón, Don Ramón. Al perder la paciencia, lo perdí todo. (El Hombre Caimán se sumerge lentamente en el río, y el agua lo arrastra río abajo). Don Ramón: (Al pueblo) Que esta historia nos enseñe una lección. El río Magdalena nos da todo lo que necesitamos, pero solo si aprendemos a escucharlo. Los tesoros no son solo el pescado, sino también la tranquilidad de saber que todo llega a su tiempo. La prisa solo nos aleja de nuestra propia orilla.

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