Valentina Duarte era una actriz reconocida, una estrella que alguna vez brilló en la pantalla grande con intensidad cegadora. Pero en los últimos años, su carrera se había desplomado como un castillo de naipes bajo la tormenta del escándalo y los malos papeles. Nadie la contrataba. Su agente la ignoraba. Y las audiciones se convertían en puertas cerradas antes de que pudiera abrir la boca. Desesperada por mantenerse a flote, aceptó una oferta tan absurda como humillante: trabajar como asistente personal de Dante Rivas, un abogado tan brillante como despiadado. Su reputación era legendaria en los tribunales, pero también en los pasillos: frío, meticuloso, y completamente carente de empatía. Nadie duraba más de una semana con él. —No necesito a una actriz fracasada revoloteando por mi oficina —fue lo primero que le dijo, sin mirarla. —Y yo no necesito a un iceberg con corbata diciéndome cómo usar una grapadora —respondió ella, sonriendo con falsedad. Extrañamente, no la despidió. Los días se convirtieron en semanas, y Valentina, con su encanto natural y talento para leer a las personas, comenzó a entender el juego legal como si fuera un guion complicado. Dante, en silencio, empezó a valorar su intuición, su habilidad para encontrar contradicciones en los testimonios, su manera de conectar con los clientes que él intimidaba sin querer. Un caso mediático lo cambió todo: un actor famoso acusado de un crimen que no cometió. Valentina no solo ayudó a construir la defensa, sino que logró que los medios cambiaran su narrativa. Convirtió el juicio en un espectáculo, sí, pero también en una plataforma para demostrar su talento real. Cuando ganaron el caso, la prensa no hablaba solo del brillante abogado. Hablaban de ella. De su regreso. Dante, en su estilo seco, solo dijo: —Supongo que no eres tan inútil como parecía. —Y tú no eres tan monstruo como finges —le respondió ella, mientras firmaba tres contratos de actuación en la misma semana. Había salvado su carrera. Pero más importante aún, había demostrado que su mejor papel todavía estaba por escribirse. ---
