En la penumbra eterna donde el silencio se vuelve mi único confidente, la tristeza, cual sombra devoradora, se aposenta en mi ser, y cada suspiro se ahoga en el abismo de un tiempo que no vuelve. ¡Oh, cuánto pesa el peso de la soledad, ingrata y fiel compañera! La música, traicionera doncella, me susurra en lenguas antiguas, cánticos que envenenan la esencia, que en su dulzura ocultan el veneno. Es un refugio falso, un espejismo en medio del desierto de mi alma, donde las notas se vuelven dagas que desgarran mi felicidad efímera. En los valles oscuros de la noche, hallé en las drogas un refugio sagrado, un viaje efímero donde, por un instante, me sentí amada de verdad; mas, oh cruel destino, ese amor fue solo un espejismo, un espejismo cruel, pues al despertar, la realidad me golpea con su rostro de piedra y ceniza. ¿Para qué sentir si todo es un eco de dolor y desesperanza? ¿Para qué vivir si en cada esquina se asoma el recuerdo de un amor perdido? Desde la tierna infancia, mi alma se ha ido desgarrando en mil pedazos, marcada en la piel por las manos que me abusaron en la sombra de la inocencia. El corazón, en su fragilidad, lleva las cicatrices de un padre ausente, cuyas huellas me marcaron en lo más profundo, en lo indeleble, en lo irremediable. Mis ojos, quemados por lágrimas que el mundo me negó, lloraron en silencio, y en su llanto, quedó grabada la eterna pregunta: ¿por qué no me amaste? Mi cerebro, en su desesperación, se ha rendido ante la idea de no ser suficiente, una lucha constante por la perfección que nunca llega, un sueño que se desvanece. Intento en vano ser la mejor, en estudios y en amores, mas siempre el rechazo me recuerda que solo soy un cuerpo que no merece el amor ni la paz. El amor, ese fantasma que ronda mi memoria infantil, siempre vuelve a mi mente, ¿por qué tú, mi padre, no me elegiste? ¿Por qué te alejaste en la niebla del olvido? En la búsqueda de alivio, me hundí en las drogas, en un mar de sombras y desesperanza, y en ese abismo, sentí en mi pecho un peso que me ahoga, un grito que no se escucha. Me dicen que llorar no es malo, que en las lágrimas hay un alivio, pero en mi alma, una voz antigua susurra que soy una carga, una decepción. Recuerdo las palabras crueles, los desprecios, los desprecios que me dejaron huellas, y en mi llanto silencioso, solo queda un deseo: ¿cuándo cesará esta agonía? ¿Hasta cuándo tendré el valor de enfrentarte a la eternidad de la noche? ¿Hasta cuándo seguiré posponiendo el último suspiro, el fin de mi dolor? Mi alma se pregunta, en un susurro apagado, si algún día hallaré la paz, o si en la sombra, solo encuentro la promesa de un descanso que nunca llega. Mientras tanto, aquí sigo, entre sombras y recuerdos, con la esperanza rota, con el corazón desgarrado, buscando en la oscuridad una chispa de luz, una razón para seguir, una razón para no sucumbir. Porque en este vasto oscuro, aún late un deseo, de que algún día, el silencio deje de ser mi único amigo, y que la esperanza, aunque débil, vuelva a nacer en mi pecho, para que la vida, aunque herida, vuelva a florecer en mí.
