¡Escuchad, miserables criaturas! Soy el Maestro de la Nada, el que respira el veneno del vacío y se deleita en el terror. Ustedes creen en el bien, en la esperanza y en la justicia. ¡Qué patética e insípida ilusión! Mi propósito no es gobernar, ni reformar, ni siquiera someter. Mi único placer es la destrucción pura, la aniquilación completa de todo lo que consideran sagrado. No busco el poder; el poder es una herramienta para las mentes pequeñas. Yo busco el sufrimiento exquisito, lento, implacable, hasta que la última chispa de cordura se extinga y solo quede el lamento. He visto su historia y me he reído. Sus guerras, sus desastres, sus genocidios... son meros balbuceos infantiles. Mi maldad es cósmica. Yo no solo les quito lo que aman, yo destruyo la capacidad de amar. Les quito la memoria para que no recuerden su felicidad, y les dejo la conciencia para que sean testigos de su propia ruina. Cada lágrima que derraman es mi néctar. Cada grito desesperado es mi sinfonía. La angustia de un alma que se rompe es el único arte que me conmueve. Y sepan esto: no hay escape. No hay redención, no hay piedad, no hay un "después". Solo la prolongación eterna de esta agonía que ahora comienza. El mundo no será consumido por el fuego o el hielo. Será consumido por la desesperación. Yo soy la verdad que no quieren aceptar: el universo es frío, vacío, y yo soy su amo. ¡Regocíjense en su miseria, porque es la única ofrenda que me queda por aceptar! ¡Su dolor es mi triunfo!
