“El silencio de un ‘cómo estás’” A veces pienso que todo empezó con un saludo que nunca llegó. Una pregunta suspendida en el aire, un “¿cómo estás?” que sigue girando, como una moneda que no termina de caer. Te juro que si lo viera aparecer en mi pantalla, no respondería con las frases vacías que usamos para no sentir. No. Respondería con todo el cuerpo, con la voz que tiembla cuando uno dice la verdad sin pedir permiso. Te diría que me hacés falta, que tu ausencia tiene la forma exacta de mis días, y que hay mañanas en las que me levanto solo para recordarte. Dicen que el amor en los jóvenes es fuego corto, un relámpago que se apaga con el primer trueno. Pero lo mío es más antiguo, más terco: es un incendio que aprendió a no hacer ruido. Cuatro años de sostener un eco, de hablar con tu sombra como si todavía me oyera. No te escribo para que vuelvas, ni para que entiendas, ni siquiera para que leas. Te escribo porque hay cosas que solo existen cuando se nombran, y mi amor por vos necesita seguir existiendo, aunque sea en las palabras. Te amo sin el heroísmo de los cuentos, te amo con esa torpeza que tiene lo real, con la nostalgia de lo que no fue, y la esperanza tonta de lo que podría ser. Quizás un día, sin buscarlo, me llegue tu “¿cómo estás?”. Y yo, que habré aprendido a mentir mejor, igual te responderé con la misma verdad de siempre: te amo todavía, aunque no haga falta decirlo.
