El pájaro viajero La historia del pájaro viajero En lo alto de una montaña cubierta de nubes vivía Kiri, un pequeño pájaro de pecho azul y alas doradas. Desde que era apenas un polluelo, había escuchado historias contadas por el viento: relatos de bosques que cantaban, mares que brillaban como espejos y ciudades hechas de luces que no se apagaban jamás. Kiri soñaba con ver todo aquello con sus propios ojos. El inicio del viaje Una mañana, cuando el sol pintaba el cielo de naranja, Kiri desplegó sus alas y decidió partir. No llevaba más que su curiosidad y un corazón lleno de valentía. Su primer destino fue el Bosque Murmurante, un lugar donde, según decían, los árboles hablaban entre sí. —Bienvenido, viajero —susurró un viejo roble al sentirlo posarse en su rama—. ¿Qué te trae por aquí? —El deseo de conocer el mundo —respondió Kiri. —Entonces escucha —dijo el roble—, porque cada viaje comienza entendiendo que no se viaja con las alas, sino con el alma. Kiri guardó esas palabras y siguió su camino. El mar que brillaba Voló durante días hasta llegar al Mar Espejo, tan inmenso y claro que parecía un trozo de cielo caído. Allí conoció a Marea, una tortuga marina de caparazón plateado. —¿No te da miedo viajar solo? —le preguntó ella. —A veces sí —admitió Kiri—, pero cada lugar nuevo me regala algo que no sabía que buscaba. —Entonces sigue volando —dijo Marea—. El mundo le sonríe a los que se atreven. La ciudad de las luces eternas Tras cruzar valles y montañas, Kiri llegó a la Ciudad Brillante, donde las luces nunca dormían. Los humanos corrían de un lado a otro, siempre tan ocupados que no notaban al pequeño viajero. Pero una niña sí lo vio. Se llamaba Lía, y cuando Kiri se posó en su ventana, ella le ofreció agua y unas migas de pan. —¿De dónde vienes, pajarito? —preguntó. Kiri no podía hablar su idioma, pero cantó. Cantó todo lo que había visto: el bosque que murmuraba historias, el mar que reflejaba sueños, y el viento que siempre lo guiaba. Lía sonrió. —Ojalá algún día yo también pueda viajar así. El regreso Después de muchas lunas, Kiri sintió que era momento de volver a su montaña. Había conocido amigos, aprendido enseñanzas y recogido recuerdos que brillaban más que cualquier tesoro. Cuando por fin regresó, los pájaros jóvenes le pidieron que contara sus aventuras. Kiri abrió las alas, miró el horizonte y dijo: —El mundo es más grande de lo que pueden imaginar. Y si un día sienten el llamado del viento, no lo ignoren. Viajar no siempre es fácil, pero cada lugar tiene un milagro esperándolos. Y así, Kiri se convirtió en el pájaro viajero, aquel cuyas historias inspiraban a todos a volar un poco más lejos.
