La linterna que nunca se apagaba Había una vez un niño llamado Julián, que vivía en un pequeño pueblo rodeado de montañas y bosques. A Julián le encantaba explorar, pero había un lugar al que nunca se atrevía a entrar: la vieja casa abandonada que todos en el pueblo llamaban La Casa del Susurro. Una noche, mientras jugaba con sus amigos, escuchó un rumor: —Dicen que dentro de esa casa hay una linterna mágica que nunca se apaga —susurró uno de ellos. Intrigado, Julián decidió entrar solo. Empujó la puerta de madera que crujió como si gritara. El viento sopló fuerte y la oscuridad lo envolvió… hasta que vio una luz débil en el fondo de la sala. Era la linterna. Brillaba con un resplandor verde, como si tuviera vida propia. Julián la tomó y, en ese instante, la casa entera pareció despertar: las paredes murmuraban palabras incomprensibles y las ventanas se cerraron de golpe. —Devuélveme mi luz… —susurró una voz grave y arrastrada. El niño tembló. Miró a su alrededor y, en el reflejo de un espejo roto, vio una figura oscura con ojos brillantes que lo observaban. Con valentía, Julián levantó la linterna y dijo: —¡No te tengo miedo! De pronto, la luz verde se expandió como un relámpago y la figura desapareció, disolviéndose como humo. El silencio volvió a la casa. Al día siguiente, Julián regresó al pueblo con la linterna en sus manos. Y aunque muchos niños le pidieron verla, la luz ya no brillaba. Solo era una linterna común… o al menos eso parecía. Porque cada vez que Julián estaba solo en su cuarto, podía escuchar un leve murmullo que decía: —Aún estoy aquí…
