Hay personas que llevan décadas esperando que su vida cambie y nunca se dan cuenta de que el problema no es que el mundo les haya negado oportunidades, sino que ellos mismos abandonaron la única oportunidad real que tuvieron, la decisión de mantenerse firmes cuando todo parecía inútil. La verdad más cruel que nadie quiere escuchar es esta. No fracasaste porque el destino te traicionó. Fracaste porque dejaste de intentarlo justo antes de que algo sucediera. Y lo que es peor, probablemente ni siquiera te diste cuenta del momento exacto en que te rendiste. Simplemente comenzaste a espaciar tus esfuerzos, a encontrar razones válidas para detenerte, a convencerte de que quizás ese sueño no era para ti. Pero déjame decirte algo que cambiará tu perspectiva si lo comprendes de verdad. Los resultados no son recompensas por el esfuerzo puntual, son la consecuencia inevitable de la repetición sostenida en el tiempo. No llegan cuando los exiges, llegan cuando te vuelves alguien para quien seguir adelante ya no es una decisión consciente, sino un modo de vida. Vivimos en una cultura obsesionada con los milagros instantáneos. Queremos la
