AUDIO TERRORRRRRRR

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Hoy, en AudioSombras, te adentrarás en un relato que ha cruzado la frontera entre la realidad y la pesadilla. Historias que nos llegan desde las voces de aquellos que han perdido a seres queridos, de quienes han sido testigos de lo inexplicable, y de algunos con pruebas que desafían cualquier lógica. ¿Estás listo para enfrentar el terror y explorar creencias más allá de lo que la razón puede entender? Hoy, en AudioSombras, tenemos... El Duende Maldito de Socabaya. Dicen que los duendes son pequeños guardianes... Criaturas provenientes de otro mundo, que a veces se esconden entre los vivos. Algunos los describen como traviesos, como protectores de tesoros y guardianes de secretos enterrados en la tierra. Pero en Socabaya, Arequipa, no se habla de duendes juguetones. Aquí, la gente susurra en voz baja sobre uno en particular… El Duende Maldito del Molino. No guarda oro. No concede favores. Su único juego… es robarse a los niños. Lo que voy a contarte, me lo relató un viejo vecino. Es la historia de la familia Montoya, y cómo su vida se transformó en un infierno la noche en que comenzaron a escuchar piedritas golpear la ventana. Los Montoya eran una familia sencilla. Jorge, el padre, un hombre serio que trabajaba en transportes. Teresa, la madre, dedicada a su casa y a su hija de 7 años: Camila. Compraron una vieja casona en las afueras de Socabaya. Un terreno amplio, con un huerto al fondo y un molino viejo, cubierto de hiedra y polvo. La casa parecía perfecta. Alejada del bullicio, espaciosa, con paredes gruesas de adobe y techos antiguos. Lo único extraño fue la advertencia de un vecino anciano: —En esa casa... no dejen a los niños solos en el huerto. Y si escuchan piedritas en la ventana… no miren. Jorge sonrió con desdén, pensando que eran solo supersticiones de pueblo. Lo que no sabía es que esas palabras eran un aviso… demasiado tarde. En la segunda noche, Teresa despertó con un sonido: “tic... tic... tic…” Eran piedritas golpeando la ventana del cuarto de Camila. Corrió alarmada, y al abrir la puerta, encontró a la niña de pie, mirando fijamente hacia el patio, sonriendo. —¿Qué haces despierta, Camila? —susurró. —Mamá... el hombre chiquito quiere que juegue con él. Teresa tragó saliva, y se acercó a la ventana. Por un instante, creyó ver una figura pequeña, apenas iluminada por la luna: Un hombre diminuto, con sombrero negro y ojos que brillaban como carbones encendidos. Cuando parpadeó, la figura ya no estaba. Con los días, Camila comenzó a cambiar. Se reía sola, susurraba como si alguien la acompañara, y sus juguetes aparecían movidos. Una mañana, Teresa halló huellas diminutas en el pasillo. Eran demasiado pequeñas para ser de un adulto, pero demasiado claras para ser de un niño. Esa noche, mientras cenaban, la niña soltó una frase que heló la sangre de sus padres: —Hoy el señor del huerto me dio un regalo. Abrió la mano y mostró una moneda de oro sucia de tierra. Jorge intentó restarle importancia, pero esa misma madrugada dejó el celular grabando en la sala. Al día siguiente, al revisar el audio, se escuchaba claramente un murmullo extraño: —“Camila… es mía… Camila… es mía…” Los Montoya preguntaron a los vecinos, y un anciano, con la voz temblorosa, les contó lo que sabían todos en silencio: —Ese duende no es cualquier cosa. Viene del molino. Hace siglos, un hacendado escondió su oro ahí. Y su espíritu quedó maldito, condenado a vagar, buscando guardianes. El oro ya no da fortuna… da desgracia. Y el duende lo protege, pero a cambio de vidas. No era la primera vez. Otros niños habían desaparecido en esa zona, siempre de noche, siempre después de hablar sobre un hombrecito que los llamaba. Jorge, incrédulo, excavó en el patio. A medio metro bajo tierra, halló un pañuelo podrido con varias monedas viejas, cubiertas de óxido. Apenas las tocó, un chillido agudo lo hizo caer de espaldas. Camila lo miraba desde la puerta, sonriendo de una manera torcida… y en sus ojos brillaba algo que no era suyo. Las noches siguientes fueron insoportables. Camila hablaba en sueños con voces distintas, guturales, imposibles para una niña. Se levantaba sola y aparecía en el huerto, aunque la puerta estuviera cerrada con llave. Una madrugada, Teresa la encontró sentada en el piso, rodeada de piedritas formando un círculo. Dentro del círculo, había monedas de oro enterradas. La niña levantó la cabeza y, con una voz ajena, susurró: —“Si me la quitan… me los llevo a todos.” Los Montoya sintieron el peso del miedo verdadero: su hija ya no era solo suya. Desesperados, buscaron a un curandero en Paucarpata, un hombre viejo que conocía las historias: —Ese no es un duende común. Es un condenado, atado al oro. No busca tesoros, busca almas. Y ya eligió a su hija. La única forma de calmarlo es ofrecer pan, coca y licor en el huerto cada medianoche. Pero si el vínculo es fuerte, el duende no se irá jamás. Hicieron el ritual. Rezaron, pusieron las ofrendas, y esperaron. A las 3:00 a.m., lo vieron. Un hombrecito oscuro, con rostro arrugado y sonrisa inhumana. Sus ojos brillaban como brasas. Se acercó al círculo y señaló a Camila: —Ella ya juega conmigo. El curandero golpeó el suelo con su látigo de cuero, gritando oraciones. El duende chilló como un animal, pero no desapareció… solo se hundió en la tierra, riendo. Esa misma noche, la familia Montoya huyó de la casa. Dejaron muebles, ropa, todo. Solo querían salvar a su hija. Durante unos días, las cosas parecieron calmarse. Camila jugaba tranquila, dormía mejor. Pero una madrugada, Teresa escuchó de nuevo: “tic… tic… tic…” Piedritas contra la ventana. Corrió al cuarto de la niña. La cama estaba vacía. La ventana, abierta. En el suelo, un pequeño sombrero negro, húmedo, con olor a tierra mojada. Buscaron a Camila por semanas. La policía, los vecinos, todos ayudaron. No hubo rastro. Algunos dicen que todavía se escucha su risa en el molino. Que si pasas de noche, puedes verla jugando en el patio con un hombrecito de sombrero. Otros aseguran haber visto monedas viejas aparecer en el suelo, como si el oro maldito aún reclamara nuevas víctimas. La familia Montoya nunca volvió a Socabaya. Nadie volvió a habitar esa casa. No todos los duendes son protectores. Algunos son cazadores. Y este… aún sigue allí. Así que si alguna vez escuchas piedritas contra tu ventana a las 3 de la madrugada… no abras. Porque puede que no te llamen a ti… sino a alguien que amas.

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