Paulette

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@Nelbin Flores
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La Invitación de Medianoche Todo comenzó con un sobre negro que apareció en el umbral de su habitación la mañana de su cumpleaños. No tenía remitente, solo su nombre escrito con una tinta plateada que parecía latir bajo la luz: Mariangel. Dentro, una única tarjeta de cartulina negra con un mensaje brevísimo: "La función es a las 11:11 de la noche. No llegues tarde. El Reloj ya ha comenzado a girar." Una inquietud fría le recorrió la espalda. ¿11:11? Era una hora extraña, un número que siempre había visto como una curiosidad, pero que ahora parecía cargado de un significado ominoso. Lo ignoró, tratando de concentrarse en la alegría de su día. Sus seres queridos le habían felicitado, había pastel, risas… pero una sombra de aprensión se cernía sobre ella. Era su 11 de octubre, el día en que todo podía suceder. La noche cayó, densa y silenciosa. A las 11:10 p.m., una niebla baja y antinatural comenzó a deslizarse por las calles, borrando los contornos de la realidad. Un susurro, como el roce de mil hojas secas, llenó el aire. No provenía de ninguna dirección, sino de todas a la vez. Sintió una atracción irresistible, un magnetismo que la guiaba hacia la ventana de su sala. Al mirar hacia el vacío, el mundo que conocía había desaparecido. Su calle se había transformado en un sendero de un bosque oscuro y ancestral, iluminado solo por la luz fría de una luna llena gigantesca. El reloj de la pared marcaba las 11:11, y sus manecillas se detuvieron con un clic final que resonó en el silencio. Entonces, los vieron. De entre la niebla, emergieron ojos. Primero un par, luego otro, y otro. Docenas de pares de ojos brillantes, en todas las sombras, en las ramas de los árboles, observándola fijamente. Eran gatos, pero no como los que ella conocía. Eran siluetas espectrales, algunos del tamaño de linces, otros pequeños como gatitos, pero todos con una inteligencia ancestral en sus miradas. No maullaban. Solo observaban, y su silencio era más aterrador que cualquier sonido. Uno de ellos, un felino grande y esbelto con el pelaje del color de la noche, se adelantó. Sus ojos eran dos lunas llenas. Abrió su boca, pero en lugar de un maullido, surgió una voz susurrante y grave que parecía formarse directamente en su mente. —Mariangel. Naciste bajo el signo de la Libranza, en el décimo mes, el undécimo día. El velo entre mundos es fino para ti. Ha llegado el momento de tu verdadera celebración. Ella retrocedió, aterrorizada. ¿Era esto una pesadilla? ¿Una broma macabra? —¿Qué quieren de mí? —logró balbucear. —Seguirnos —respondió la voz felina—. Cruzar. Es tu destino. Todos los que nacen en este día especial, en el año del Gato de Agua, deben conocer su otro hogar. El gran gato negro giró y comenzó a caminar hacia la niebla. Los demás lo siguieron, formando un pasillo de miradas luminosas. Ella, con el corazón golpeándole el pecho, sintió que sus pies se movían por voluntad propia. El miedo era intenso, pero bajo él, una curiosidad más profunda y antigua la impulsaba. Su adoración por los gatos, ese amor que había sentido desde niña… ¿era esto acaso la razón? Cruzó el umbral de niebla y de repente, la oscuridad se disipó. La pesadilla se transformó. Estaba en un jardín de ensueño, bañado por una luz dorada y cálida. No era el bosque tenebroso, sino un lugar de belleza indescriptible. Fuentes de agua cristalina manaban en medio de praderas de hierba suave, y jugando, correteando y durmiendo bajo el sol perpetuo, había cientos de animales. Perros, pájaros, conejos… pero sobre todo, gatos. Gatos de todos los colores y tamaños, sanos, felices y radiantes. Y entonces, lo entendió todo. No era una pesadilla. Era una invitación. Los gatos espectrales que la guiaron se acercaron a ella, y sus formas etéreas se solidificaron, volviéndose gatos normales y adorablemente reales. Ronroneaban, se frotaban contra sus piernas, y sus ojos ya no eran amenazantes, sino llenos de cariño y complicidad. El gran gato negro, ahora con un aspecto más amigable, volvió a hablar en su mente, pero esta vez su voz era suave y melodiosa. —Feliz cumpleaños, Mariangel. Los que aman a los animales como tú, con el corazón puro, tienen un lugar reservado aquí, en el Santuario. Esta es tu verdadera fiesta de cumpleaños. No es un adiós, es un "hasta pronto". Por hoy, solo queríamos recordarte de qué estás hecha. Una sonrisa de pura felicidad iluminó el rostro de Mariangel. Extendió la mano y acarició las cabezas suaves de los gatitos que se amontonaban a su alrededor. El miedo se había disipado, reemplazado por una alegría abrumadora y una sensación de pertenencia que nunca antes había sentido. Y entonces, justo cuando la felicidad era más intensa, todo se desvaneció. Se encontró de nuevo en su sala, con el suave resplandor del amanecer del 12 de octubre entrando por la ventana. En el suelo, frente a ella, había un pequeño regalo con un moño plateado. Al abrirlo, encontró un colgante de plata con la figura de un gato elegantemente estilizado. Y una nota que decía: "Porque tu corazón late al ritmo de los nuestros. Porque tu alma es protectora. Porque este mundo es un lugar mejor con personas como tú que aman incondicionalmente a los animales." ¡FELIZ CUMPLEAÑOS, MARIANGEL! Que tu día esté lleno de amor, ronroneos y todas las sorpresas felices que te mereces.

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