Hola, soy Chanel. Y hoy quiero hablar de algo que… pues, la verdad sí pasa mucho, aunque a veces ni nos damos cuenta. Son esas ideas rápidas que tenemos de alguien nomás por cómo se ve, o cómo habla, o por cualquier detallito. Y es raro, porque ni lo pensamos, solo… pasa. A mí me ha pasado que veo a alguien y digo “ah, se ve buena onda”, y luego no, resulta que no. O al revés, alguien que se ve serio y luego es súper amable. Y así funciona la mente, como que decide rápido sin preguntar. En el libro lo explican con algo que se llama “el error de Harding”. Básicamente es como cuando ves a alguien que se ve súper bien, como elegante o así, y ya tu cabeza te dice “ah, seguro es un buen líder”. Pero pues no es cierto. Solo lo pensamos porque sí. Y eso se siente feo porque nos puede hacer tratar diferente a alguien sin conocerlo. También hablan de una prueba que se llama TAI, que mide lo que piensas sin querer pensarlo. O sea… tú puedes decir “no soy así”, pero tu mente hace otra cosa. Y eso sí es raro, porque te das cuenta de que no siempre controlas lo que sientes de primera. Hay cosas que dan coraje, como el estudio ese donde a los hombres negros les daban precios más altos por un carro, solo porque los vendedores pensaban que podían engañarlos. Y uno dice “¿por qué hacen eso?”. Pero es que la gente a veces se va por la apariencia, por lo primero que ven, como si el cerebro se apurara demasiado. Y pues, yo creo que todos tenemos momentos así. Como cuando hueles algo que te da desconfianza sin saber por qué, o cuando ves a alguien que te recuerda a otra persona y ya te hace sentir algo sin querer. La mente es así, rápida, pero a veces se equivoca. Lo importante —al menos para mí— es aprender a frenar tantito. Pensar más. No quedarnos solo con lo primero que sentimos, porque a veces eso no es justo. Y ya. Ese es el tema de hoy. No es difícil, solo es algo que pasa mucho y creo que está bien hablarlo, porque así nos entendemos mejor y tratamos más bonito a los demás.
