UN OJITO, DOS OJITOS Y TRES OJITOS Un cuento de los hermanos Grimm Hace mucho, mucho tiempo, vivía una mujer con tres hijas. Pero no eran hijas comunes… no, no. La mayor se llamaba Un Ojito, porque tenía un solo ojo en medio de la frente; la segunda, Dos Ojitos, porque tenía dos, como tú y como yo. y la tercera, Tres Ojitos, pues tenía tres, uno de ellos en medio de la frente. Pero en esta extraña familia, tener dos ojos era motivo de burla. Así que Dos Ojitos vivía despreciada, olvidada, obligada a hacer las tareas más duras. Mientras sus hermanas extrañas recibían cariño y cuidados, ella apenas probaba bocado. ________________________________________ Un día, triste y con el corazón encogido, Dos Ojitos salió al campo y se echó a llorar. Y entonces, como por magia… ¡Apareció una anciana vestida de blanco! Su mirada era dulce y su voz, como una caricia: y pregunto: ¿Por qué lloras? Y respondió la muchachita: - ¿Cómo no he de llorar? Porque tengo dos ojos como todas las demás personas, mi madre y mis hermanas me aborrecen, me empujan de un rincón a otro, me echan prendas viejas y sólo me dan para comer lo que ellas dejan. Hoy me han dado tan poco, que el hambre me atormenta. —“No llores, niña. Tus lágrimas no pasarán en vano… voy a enseñarte unas palabras con las que ya no padecerás más hambre. Sólo tienes que decir lo siguiente, dirigiéndote a tu cabra:” "Bala, cabrita; cúbrete, mesita". Y ante ti aparecerá un banquete. Y cuando ya estés satisfecha y ya no necesites de la mesa, dirás: "Bala, cabrita; retírate, mesita". Dos Ojitos obedeció… ¡Y la ovejita le sirvió el festín más delicioso que jamás había probado! Al regresar a su casa al anochecer con la cabra, encontró una escudilla de barro con algo de comida que le habían dejado las hermanas, pero no la tocó. Las hermanas no prestaron atención al hecho, pero, al repetirse, dijeron. - Algo ocurre con Dos Ojitos. Siempre se deja la comida, cuando antes se zampaba todo lo que le dejábamos. De seguro que ha encontrado algún otro recurso. Al día siguiente, mientras el sol comenzaba a calentar los campos verdes, la hermana mayor se acercó a Dos Ojitos con una sonrisa fingida. —“Hoy iré contigo al campo. Quiero ver si cuidas bien a la cabra…” —dijo, tratando de disimular su intención. Pero Dos Ojitos sabía muy bien que algo tramaba. Caminaron juntas entre los arbustos y las flores silvestres, hasta llegar a un prado lleno de hierba fresca. Allí, con su voz tranquila, Dos Ojitos propuso: —“Sentémonos un momento, Un Ojito. Te cantaré una canción para que descanses…” Y comenzó a entonar una melodía suave, casi como una nana: —“Un Ojito, ¿velas?... Un Ojito, ¿duermes?... Un Ojito, ¿velas?... Un Ojito, ¿duermes?...” Poco a poco, el único ojo de la hermana se cerró… Y se quedó profundamente dormida. Fue entonces cuando Dos Ojitos susurró las palabras mágicas: —"Bala, cabrita; cúbrete, mesita". Y, como por encanto, volvió a aparecer la mesita blanca, los platos de plata y aquel banquete que parecía salido de un sueño. Dos Ojitos comió tranquila, sabiendo que nadie la espiaba… Y cuando terminó, dijo: —"Bala, cabrita; retírate, mesita". Todo desapareció como si nunca hubiese estado allí. Un Ojito se frotó su único párpado y bostezó. —“Te dormiste —dijo Dos Ojitos—. La cabra podría haberse perdido… Regresemos.” Y, como si nada hubiese pasado, volvieron a casa. ________________________________________ Al ver que Un Ojito no descubrió nada, la madre envió a Tres Ojitos al día siguiente. —“Hoy yo te acompañaré al campo” —dijo ella—. “Quiero ver si la cabra come bien…” Dos Ojitos, una vez más, supo que la vigilaban. Guiándola hasta el mismo prado, se volvió hacia su hermana y le dijo: —“Ven, siéntate conmigo. Te cantaré una canción para que descanses…” Y comenzó la misma canción, aunque esta vez… cometió un pequeño error: —“Tres Ojitos, ¿velas?... Dos Ojitos, ¿duermes?... Tres Ojitos, ¿velas?... Dos Ojitos, ¿duermes?...” Los dos ojos normales de Tres Ojitos se cerraron… Pero el tercero —el de la frente— permaneció abierto. ¡Y observó todo, muy callado! Tres Ojitos fingía dormir, mientras miraba cómo su hermana decía: —"Bala, cabrita; cúbrete, mesita". Y la mesita mágica apareció una vez más con sus manjares. Dos Ojitos comió feliz, sin imaginar que esta vez… estaba siendo descubierta. Cuando todo desapareció, despertó suavemente a su hermana: —“¿Dormías? Parece que el calor te venció. Volvamos a casa…” Pero al llegar… Tres Ojitos contó toda la verdad. — “Lo he visto todo perfectamente. Con su canción hizo que se me durmiesen los dos ojos; más, por fortuna, se me quedó despierto el de la frente…” Llamando entonces la envidiosa madre a Dos Ojitos, la increpó, diciéndole: - ¿Conque quieres pasarlo mejor que nosotras? ¡Pues voy a quitarte las ganas! Y cogiendo un cuchillo lo clavó en el corazón de la cabra, matándola. Una tarde, con el corazón hecho pedazos, Dos Ojitos salió al campo y se echó a llorar. La ovejita ya no estaba… y con ella, también se habían ido sus momentos de alegría. Fue entonces cuando, como la vez anterior, apareció el hada. Su voz era serena, como un abrazo: —“¿Por qué lloras, Dos Ojitos?” —“¡Mi madre ha matado a la ovejita! Era lo único que me alimentaba… Ahora, volveré a pasar hambre.” El hada asintió con dulzura y le susurró un nuevo secreto: —“Pide la tripa de la cabra… y entiérrala frente a tu casa. La suerte volverá a ti.” Dos Ojitos volvió al hogar y, con voz humilde, pidió a sus hermanas: —“¿Me dan solo la tripa de la cabra? No quiero más…” Las hermanas soltaron una carcajada: —“¿Eso? ¡Llévatelo si quieres!” Esa noche, en silencio, Dos Ojitos enterró la tripa justo donde el hada le indicó… A la mañana siguiente, algo increíble sucedió… Frente a la casa, donde antes solo había tierra, crecía ahora un árbol majestuoso: ¡Sus hojas brillaban como la plata, y sus frutos relucían como el oro! Todos quedaron boquiabiertos. Nadie entendía cómo había aparecido… Pero Dos Ojitos sí lo sabía: el árbol había nacido de la tripa que enterró la noche anterior. La madre, codiciosa, ordenó: —“¡Un Ojito, sube a recoger esas manzanas!” Pero cada vez que su hermana intentaba tomarlas, las ramas se alejaban como por arte de magia. Luego lo intentó Tres Ojitos… y hasta la madre trepó con impaciencia. ¡Pero ninguna logró atrapar ni un solo fruto! Entonces, Dos Ojitos dijo con suavidad: —“Déjenme intentarlo…” Las hermanas se burlaron de ella, pero la dejaron subir. Y al tocar las ramas, las manzanas de oro comenzaron a caer en sus manos, como si el árbol la reconociera. Llenó su delantal de frutos, pero al bajar… La madre se los arrebató de inmediato. Y, en vez de agradecerle, sus hermanas comenzaron a tratarla aún peor, llenas de envidia. Un día, mientras estaban al pie del árbol, apareció un apuesto caballero. Rápidas y crueles, las hermanas escondieron a Dos Ojitos bajo un barril, como si sintieran vergüenza de ella. El caballero se detuvo, fascinado por el árbol de hojas de plata y frutos de oro. —“¿De quién es este maravilloso árbol?” —preguntó— “Daría lo que fuera por una sola de sus ramas.” Un Ojito y Tres Ojitos dijeron que era suyo, pero por más que intentaron, no lograron cortar ni una sola rama. El caballero comenzó a sospechar… Entonces, desde su escondite, Dos Ojitos rodó unas manzanas doradas hasta sus pies. —“¿Y esto?” —preguntó el joven sorprendido. Las hermanas confesaron que tenían otra hermana… pero que era “demasiado común”, con solo dos ojos. Él quiso conocerla. —“¡Sal, Dos Ojitos!” —llamó. Y cuando ella emergió, el caballero quedó maravillado por su belleza y dulzura. —“¿Podrías tú cortar una rama?” —“Sí, porque el árbol es mío.” Subió con facilidad, cortó una rama resplandeciente… y se la entregó. Entonces, él le preguntó qué deseaba a cambio. —“Solo quiero ser libre, comer, vivir sin dolor. Si pudieras llevarme contigo… sería feliz.” Y así lo hizo. La subió a su caballo y la llevó a su castillo, donde le dio ropa hermosa, alimento y amor. Tan encantadora era Dos Ojitos, que no pasó mucho antes de que se casaran, en una boda llena de alegría. Las hermanas, envidiosas, se consolaban pensando que al menos les quedaba el árbol maravilloso. Pero al amanecer… ¡El árbol había desaparecido! Ahora, frente a la ventana de Dos Ojitos, en su nuevo hogar, el árbol brillaba más que nunca. El árbol… la había seguido. Con el tiempo, llegaron al castillo dos mujeres pidiendo limosna. Eran Un Ojito y Tres Ojitos, pobres y arrepentidas. Pero Dos Ojitos, con el corazón lleno de bondad, las acogió con cariño. Les dio comida, abrigo… y perdón. Y así, vivió feliz, demostrando que el amor y la nobleza siempre florecen… aunque hayan nacido entre espinas.
