De Cali a Cañasgordas A principios del mes de Marzo de 1789, un sábado como a las cinco y media de la tarde, tres jinetes bien montados salían de Cali, por el lado del Sur, en dirección a la hacienda de Cañasgordas. Iban uno en pos de otro. El de adelante era un hermoso joven, como de veintidós años, de regular estatura. Color blanco sonrosado, ojos negros y rasgados y mirada severa un tanto melancólica. Apenas comenzaba a apuntarle el bozo y ya se notaban las sombras en donde pronto debían aparecer las patillas. Su vestido consistía en camisa de género blanco, con cintas de lo mismo al cuello, en vez de botones: chaqueta de color pardo ceniciento, y sobre ésta una manta de colores a listas. Llamada en el país ruana, y sombrero blanco de grandes alas, de paja de iraca. Los pantalones, del mismo género que la chaqueta, eran cortos, hasta cubrir la rodilla, y asegurados allí con una hebilla de plata. Medias blan- cas de hilo y botines negros de cordobán completaban el vestido del joven jinete. Por último llevaba zamarros, pero no era en la forma de calzones que se les da hoy, sino abiertos: eran dos fajas anchas de piel de venado adobada, que caían sobre cada una de las piernas. Montaba un potro rucio de gran talla y mucho brío, que caminaba con la buena voluntad con que an- dan las bestias cuando van para su dehesa. El jinete que le seguía era un sacerdote del convento de San Francisco, fundado en la ciudad hacía sólo veinte años, y que estaba ya entonces en todo el apogeo de su esplendor y disciplina. Frisaba el Padre en los cuarenta y era de semblante grave y mirada profunda; llevaba el hábito de su orden, que era de sayal gris; sobre el hábito, una ruana de lana, de anchas listas moradas y azules, fabricada en Pasto, y sombrero blanco grande de paja asegurado con barboquejo de cordón de seda negra; en un pañuelo, a la cabeza de la silla, llevaba envuelto el breviario. Iba caballero en una mula retinta de buen paso y al parecer muy mansa. El último de los tres jinetes era un joven como de veinticuatro años, de color mulato, esto es, entre blanco y negro, más negro que blanco, pero las facciones más de blanco que de negro. En sus ojos pardos, rasgados y vivos se revelaba la franqueza juntamente con el valor. Por todo vestido llevaba camisa de lienzo de Quito, ruana de lana basta, de listas azules, pantalones