Historia familiar: Nuestro Padre, contada por mí Si yo tuviera que comenzar esta historia, empezaría hablando de tu mamá… de mi Mery, como solía decirle. Porque ella siempre será mi fuerza, mi compañera y mi casa. A veces pienso en todo lo que vivimos y veo en su rostro, esa mezcla de alegría y nostalgia. Se que me mira, incluso ahora, como si al hablar de mí abriera un baúl lleno de recuerdos que pesan y, al mismo tiempo, sanan. Ella guarda tantos sentimientos… porque fui su esposo, su compañero de vida y el padre de nuestros hijos. Ella sabe que yo soñaba en grande, que siempre repetía que algún día estaría orgulloso de ver a mis hijos convertidos en profesionales, caminando firmes por la vida. Anhelaba esto con una visión tan grande, como quien espera ver un sueño tomando forma. Solía decir que construiría mi casa con cuartos grandes para ver con alegría cómo mis nietos suben y bajan las escaleras. Deseaba tanto conocerlos que siempre preguntaba, con esa mezcla de broma y añoranza: “¿Cuándo me darán nietos, mis hijos?”. También le decía a mi Mery: “Vieja, mis hijos vivirán en esta casa; nosotros nos iremos a vivir a la chacra”. Porque mi vida era mi fundo, pero mi corazón era siempre mi familia. Jamás hice diferencias entre ustedes: todos eran mi todo. Nunca negué un favor, nunca me cerré, nunca me guardé nada. Y aunque han pasado meses, quizá años, sé que tu mama aun no puede mencionarme sin que sus ojos se llenen de lágrimas, sé que me lleva en la memoria y en el corazón. Porque yo era su historia entera. Y así empiezo a verlos a cada uno… A mi Roberto, mi primer hijo. Sé que dentro de ti viven dos sentimientos fuertes: arrepentimiento y gratitud. Arrepentimiento por no haberme conocido más, por no haberte permitido una cercanía mayor. Pero hijo, nunca te reclamé nada. La vida es así. Gratitud, porque gracias a ello te deje nuestra familia, tus hermanos, quienes son tu motivo, para volver siempre a casa. Nunca te lo dije, pero tú heredaste algo de mi papá, tu abuelo Óscar —ese hombre duro que expresaba amor a su manera—. Y creo que, en ambos, en tu abuelo y en mí, encontraste esa protección fuerte y firme hacia las personas que amamos. Sé que tienes un nudo profundo en el pecho, pero te agradezco por ser mi hijo. A mi Carlos, mi segundo hijo… mi sombra. Tú conoces la historia desde la perspectiva más cercana y cálida. Creciste sintiendo mi amor enorme. Ibas conmigo a todas partes, descubriendo juntos lugares nuevos, cuidándome y convirtiéndote poco a poco en mi bastón. Recuerdas los castigos, las regañadas; hoy seguro entiendes que cada una tenía un propósito: formarte, guiarte y
