Un niño descalzo caminaba por la calle, abrazando un pedazo de pan duro contra su pecho. Era todo lo que tenía… todo lo que iba a comer ese día. Pero al doblar la esquina, vio a un anciano… Temblaba de frío, solo, en una banca oxidada, con la mirada perdida. El niño se detuvo. Lo pensó por un segundo… Y aunque el hambre le dolía hasta el alma, se acercó. —Tómelo, señor… yo puedo aguantar otro día. Dijo con una sonrisa… una de esas sonrisas que esconden lágrimas. El anciano lo miró… no dijo nada al principio. Solo lo abrazó… y susurró: —Gracias, hijo. Pasaron los años. Ese niño se hizo hombre. Luchó, cayó, se levantó… Hasta que un día, consiguió su primera entrevista de trabajo. Entró nervioso, con la camisa prestada y los zapatos gastados. Se sentó. La oficina era grande, imponente. Y entonces… entró el director. Un hombre de cabello blanco, traje impecable… pero con una mirada conocida. Lo miró… y se le llenaron los ojos de lágrimas. —¿Tú me recuerdas? —No, señor… lo siento. —Yo sí. —Tú me diste pan… cuando yo ya no creía en nadie. Lo contrató en ese instante. Ese anciano… que parecía abandonado en una banca aquel día… era millonario. Solo quería saber si aún existía bondad en el mundo. Moraleja: A veces… quien tiene el corazón más grande… es quien menos tiene en los bolsillos. Una acción pequeña, hecha con amor… puede cambiarlo todo. Porque la vida… siempre lo recuerda.
