Entre volcanes que tocan el cielo, se alza tu blancura de sillar eterno, Arequipa querida, mi noble desvelo, ciudad que conquista con fuego tierno. El Misti te vigila, guardián solemne, mientras el Chachani extiende su manto, y el Pichu Pichu, testigo perenne, contempla tu historia, tu noble canto. Tus calles empedradas guardan secretos de casonas coloniales, de patios floridos, donde el sol acaricia muros discretos y el viento susurra cuentos perdidos. En Santa Catalina, claustros pintados de azul añil y rojo bermellón, donde monjas rezaban en patios sagrados bajo la luna y su bendición. El río Chili serpentea cantando, entre campiñas verdes de eterna primavera, mientras tu gente noble va caminando con orgullo de raza altiva y fiera. ¡Ay, Arequipa! Tu rocoto ardiente quema como el fuego de tu rebeldía, y en cada plaza, en cada fuente, tarde el corazón de tu mestiza poesía. Ciudad de poetas, de revoluciones, de mestizas bellas de ojos profundos, donde nacen sueños y se forjan pasiones bajo tus cielos, los más azules del mundo. El sillar blanco cuenta tu historia, piedra volcánica de noble abolengo, mientras el sol baña tu eterna gloria y el tiempo se rinde ante tu sosiego. Arequipa mía, tierra bendita, cuna de héroes, de amor y de arte, en cada amanecer tu alma palpita y en cada verso mi corazón te parte. Por siempre serás la ciudad más bella, con tu corona de volcanes altivos, Arequipa eterna, estrella blanca que ilumina los sueños de todos los vivos.
