El viejo reloj de la abuela, un armatoste de madera oscura y péndulo implacable, marcaba las tres de la madrugada. Las sombras, largas y sinuosas como serpientes dormidas, se estiraban por la habitación, creando un ambiente denso, cargado de misterio. Un silencio sepulcral, roto solo por el tic-tac monótono del reloj, reinaba en la estancia. De pronto, un crujido, leve como el susurro de una brisa nocturna, se escuchó desde el desván. El corazón de la abuela, que siempre había sido un corazón de roble, se aceleró, un latido frenético que resonaba en sus oídos como el tamborileo de una lluvia torrencial. Era una noche de esas que te ponen los pelos de punta, una noche donde la realidad se mezcla con la fantasía, donde la línea que separa lo tangible de lo intangible se difumina como el humo de un cigarrillo en el viento. Ella, con sus ochenta años a cuestas, se sentía como una hoja seca a merced de un huracán, arrastrada por una corriente invisible que la empujaba hacia lo desconocido. Recordó entonces la leyenda de la Llorona, un espectro que vagaba por las noches, lamentándose por la pérdida de sus hijos. Un escalofrío recorrió su espalda, helado como el agua de un glacial. Se levantó de la cama, sus huesos crujiendo como ramas secas bajo el peso de la nieve. Sus pies, descalzos y fríos, tocaron el suelo de madera, que parecía absorber el poco calor que quedaba en su cuerpo. Con paso vacilante, se dirigió hacia la puerta, su mano temblorosa buscando el pomo. El crujido se repitió, más fuerte esta vez, como si alguien estuviera intentando abrir una puerta desde el otro lado. Su respiración se entrecortó, agitada como las olas del mar en una tormenta. La abuela, con el valor de una leona defendiendo a sus cachorros, se enfrentó a sus miedos. Abrió la puerta lentamente, con cautela, como si temiera despertar a un gigante dormido. Detrás de la puerta, solo encontró un gato negro, con los ojos brillantes como dos esmeraldas, mirándola fijamente. El gato, con un maullido agudo y penetrante, desapareció en la oscuridad. La abuela, agotada pero aliviada, cerró la puerta. El reloj seguía marcando el tiempo, implacable, sin piedad. Pero la noche, de alguna manera, ya no parecía tan oscura. El miedo había cedido el paso a una extraña sensación de paz, una calma que solo llega después de haber superado una gran prueba. La abuela volvió a la cama, exhausta, pero con la satisfacción de haber vencido a sus demonios. El sol, tímidamente, asomaba por el horizonte, anunciando un nuevo día, un nuevo comienzo. Y el viejo reloj, con su tic-tac monótono, seguía marcando el tiempo, testigo mudo de la valentía de una abuela que enfrentó la oscuridad de la noche con el valor de un corazón de roble.
