No sé por qué me importas tanto si apenas te conozco. No sé por qué me tiemblan las manos cuando me hablas, cuando te veo, cuando me abrazaste esa vez y no supe qué hacer con tanta ternura. Me miraste, y era como si el mundo dejara de hacer ruido. Como si por fin alguien me viera sin preguntar, sin exigir, sin dudar. Y yo, que no sé querer despacio, estoy tratando de no asustarte. Estoy tratando de no asustarme. No sé si esto es amor. No quiero que lo sea todavía. Pero hay algo en mí que ya te elige en los detalles mínimos. En tu forma de estar. En el silencio compartido. En la torpeza de no saber qué decir pero quedarnos igual. Quiero verte más. Quiero saber qué sueñas. Qué cosas te rompen. Dónde te escondes cuando tienes miedo. Y si puedo quedarme ahí. No tengo promesas. Ni certezas. Solo esta voz que tiembla. Y un principio que ya me cambió. No te vayas. Pero tampoco corras. Quédate. Así. Un poco cerca. Un poco mío. Sin nombre. Sin rótulo. Solo vos y yo, y esta cosa rara que no sé explicar pero existe.
