Tenía nueve años cuando la muerte me arrebató a mi bisabuela y las rejas a mi padre. La casa quedó muda y en mi pecho se apagó la luz. La tristeza se pegó a mí como una segunda sombra. Mi madre, rota por el engaño, llenó su vacío con alcohol y golpes. Yo era niña, pero me hice madre: de mi hermano pequeño, de la casa, de la vida. Le inventaba cuentos para esconderle las peleas, le secaba lágrimas con una voz que no era mía. Nunca volví a ser solo hija: fui escudo, refugio, una niña con alma de anciana. Ese invierno no cayó sobre mí: yo fui el invierno… pero también, sin saberlo, la primavera que vendría después.
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