Una mujer dueña de una gran empresa tenía miedo de llegar a la menopausia y no encontrar a nadie. Por eso se disfrazó de mendiga para encontrar un hombre que no fuera interesado. Lucía tenía casi 40 años y había dedicado toda su juventud al trabajo, dejando su vida personal completamente de lado. Con el paso del tiempo, se dio cuenta de que los hombres que se acercaban a ella solo buscaban su dinero. Cansada de esa situación, tomó una decisión extrema: se disfrazó de mendiga y salió a la calle a pedir limosna, decidida a conocer a alguien sincero. Un repartidor de comida llamado David la vio sentada en la acera, con la ropa sucia y el rostro cansado. Sintió compasión y le dio 10 pesos.
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