Sebastian Simbaña

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@Sebastian Simbaña
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los tigres no tienen alas --- **Era un sueño recurrente el que Ganesh tenía casi todas las noches desde que entrara como combatiente en el grupo rebelde llamado Los Tigres de Tamil. Soñaba que iba montado sobre un elefante siguiendo un sendero que bordeaba un terreno de cultivo de té. En cierto momento el elefante se detenía, alzaba su larga trompa y emitía un llamado. De inmediato llegaban otros elefantes sobre los que cabalgaban tigres. En el lomo de cada tigre se posaba graciosamente un ave de cresta altiva y largas plumas blancas. Las aves abrían sus alas —dando la impresión de que los tigres eran animales alados— y gritaban** --- *llam, llam, llam*, libertad, libertad, libertad, tres veces. Una de las aves tenía rostro de mujer y Ganesh reconocía que era el de su hermana, Malathi. En el momento en que ella lo veía y se disponía a hablarle, era cuando Ganesh despertaba de su sueño. Esto molestaba mucho a Ganesh porque habían sido muy unidos, no la había visto hacía tiempo y le hubiera gustado hablar con ella. Ganesh había nacido once años atrás en un pequeño pueblecito en Sri Lanka, en Asia, país que antes se conocía como Ceilán cuando había sido colonia británica. Sri Lanka, una isla en forma de lágrima, al sur de India, estaba dividida por una guerra civil que había durado casi veinte años, entre los tamil, que practicaban el hinduismo, y los sinhala, de religión budista. Los sinhala formaron un reino que controló la isla durante muchos siglos. Como nunca aceptaron que los tamil tuvieran otra religión y fueran de diferente etnia, los persiguieron, considerándolos extranjeros en su propia tierra. La reacción de los tamil fue declarar una guerra de guerrillas al gobierno de los sinhala. El grupo más temido de guerrilleros era el llamado Tigres de Tamil, al cual pertenecía Ganesh. Esa mañana de lluvia en la selva, el niño se despertó con dolor de cabeza y la frente ardiente. Los últimos dos días se había despertado de igual manera, pero en este en particular **se** sentía peor y el dolor de cabeza no solo era más fuerte, sino que venía acompañado de temblores en todo el cuerpo que lo obligaban a castañetear los dientes. Ganesh se aseguró de que su fusil y su cuchillo se encontraran aún a su lado, en la tela sobre la que él dormía y que ponía directamente en el piso de tierra de la cabaña. A su alrededor dormían otros niños soldados que también pertenecían al grupo armado. El niño se sentó con las piernas recogidas y los brazos alrededor de las rodillas. Apoyó su cabeza sobre sus manos y cerró los ojos. Se sintió mareado, con náuseas y le entraron ganas de llorar, pero se mordió los labios: un Tigre de Tamil, se dijo, no podía llorar. Si lo descubrían llorando, el castigo consistía en recibir varios latigazos, si estaba de suerte, o si no, palazos en las plantas de los pies era lo corriente. Ganesh se había unido a los tigres hacía varios meses. En su miseria, su pobre madre se puso en contacto con el grupo armado luego de la muerte de su padre y de sus dos hermanos mayores. Ahora le tocaba a él vengar la muerte de ellos. También su hermana, Malathi, de catorce años, había sido donada por la milicia a unirse a los rebeldes de una brigada de mujeres llamada Aves de Libertad. Se preguntó si la muchacha estaría aún con vida. En otro lugar de la selva, no lejos de donde Ganesh se encontraba, Malathi también se— --- despertó. Igual que su hermano, dormía con el fusil al lado, en el piso de tierra. Se despertó y miró el techo rústico, construido con ramas, debajo del cual dormía. Sus compañeras del grupo Aves de Libertad ya estaban despiertas y preparaban el té para el desayuno, los mismos doce niños que recibían órdenes de mujeres jóvenes, pero con más de veinte años. El tigre era un misterioso mágico y simbólico que el grupo armado utilizaba con astucia en la realización misma decidida y peligrosa. En esa ocasión se preparaban para una de esas ofensivas del frente rebelde contra el avance del ejército del gobierno. Malathi se puso de pie en medio de la oscuridad, quejándose todavía bajo la lluvia del techo. Levantó su fusil de la tierra y se sentó en una banca de palo a colocarse sus botas de suelas flexibles, cerradas con resortes muy largas que llegaban hasta sus rodillas. Su grupo usaba uniforme negro. La cara la cubrían con crema oscura que les aplicaban en el rostro antes de ir al combate. Era difícil saber si eran mujeres o varones, todos de la misma estatura. En las noches usaban espejos para reflejar la luz de la luna a los combatientes enemigos, cuando estos se acercaban en medio de la maleza. También empleaban un silbato que los identificaba entre ellos y con el que se reconocían en medio del follaje. Las muchachas eran entrenadas físicamente en forma extremadamente intensa antes de asumir sus roles como instructoras y líderes de nuevos combatientes. Claro que habían ayudado las interminables charlas y arengas que las líderes les daban y todos aquellos momentos de peligro en los combates en que participaron. A veces hasta en la cocina tenían que cocinar y luchar junto a ellas. Extraños porque en el juego jamás podían dejar las armas, ya que en cualquier momento debían utilizarlas. El lema del grupo era: “No tememos a morir en combate, tampoco soñamos con volver a ser mujeres, nunca más lo seremos. Porque una mujer que lucha por su pueblo nunca más se llama Aves de Libertad”. Menos mal lo recitaban solo de vez en cuando y no en las mañanas. Malathi entonces volvió hacia el techo, como si escuchara algo. Llueve y la humedad se siente en todos sus huesos a pesar de que lleva un impermeable. Les preguntó a los jóvenes de su grupo si oyeron lo mismo. Ganesh escuchó los pasos. Lo despertó el sonido. Dejó de llorar silenciosamente y el sol salió entre las nubes e iluminó el cielo. Después escuchó unos pasos. Se detuvo de inmediato y guió con su vista en esa dirección. No tuvo tiempo de disparar porque una ráfaga de metralleta llenó el aire y las mujeres cayeron como marionetas con los hilos cortados. --- **Malathi rodó por el suelo sujetando su fusil y, arrastrándose sigilosa, llegó detrás del cobertizo para esconderse.** Dos hombres con un uniforme del ejército aparecieron entre el follaje. Malathi disparó. Al no escuchar el disparo, volvió a echar a correr por la selva huyendo. Mientras tanto, en otro lugar de la jungla, Ganesh había caído al escuchar los disparos del enfrentamiento con los enemigos. El golpe en el rostro fue tan profundo que lo hizo caer desmayado. Él mismo tuvo que arrastrarse por el piso entre el estiércol de las vacas y los pedazos de paja. Habían sido entrenados para la acción rápida y no entendían por qué se tardaban tanto en reaccionar. Cada uno debía tener su arma firmada hacia ambos lados con cuidado. Su comandante, un chico con escasos diecisiete años, había dado la orden: si los enemigos los alcanzaban, ellos mismos —los niños soldados que quedaran vivos— debían suicidarse. Ganesh sintió que su estómago se llenaba de ganas de vomitar. Sus pensamientos se hicieron lentos. Las imágenes se cruzaban unas con otras. Malathi y su madre. Su madre llorando cuando sus hijos cayeron asesinados, los ojos de Malathi llenos de miedo en la oscuridad. El niño tocó con las manos su costado y encontró una bala caliente y mediana cerca de las costillas. Los dedos chocaron con la herida aún no perforada por su mente antes de desmayarse. --- No lejos de allí, guiada por su instinto, Malathi corrió en dirección al río. Cuando llegó vio con sorpresa una manada de elefantes bebiendo agua. La manada se colocó en silencio entre la vegetación. Muchos dieron una seña y los expulsó el viento. Quieta pero de pie al lado y apenas al otro lado de los arbustos que bordeaban el bosque, se acercó con cuidado. Eran más grandes de lo que imaginaba. Uno de ellos la miró, levantó la trompa como si quisiera explicarse en el futuro. Malathi salió de su escondite y, sin temor, se introdujo en la manada. La elefanta que tenía al niño en la espalda, se adelantó. Malathi no pensaba en escapar. Las otras elefantas también dieron la seña para correr. El instinto natural de huida se apoderó de ellas, sacudieron las orejas y sus moles se alzaron en busca del bosque. Malathi y el niño, montados en la espalda de la elefanta, fueron arrastrados por ese oleaje viviente. Desde la colina, Ganesh, el cazador, las vio huir. La manada entera parecía una ola grisácea que bajaba al valle. Era una escena hermosa. Pero cuando vio que sobre una de las elefantas había dos bultos, uno blanco y otro oscuro, supo que eran los niños. Bajó corriendo por la pendiente, desesperado, mientras el eco de sus gritos fue silenciado por fuertes explosiones. Malathi se sentó a horcajadas en el lomo de la elefanta, colocó su fusil en posición horizontal y dejó que el animal caminara por donde quisiera. En poco tiempo divisó el río y tuvo la calma suficiente para secar las lágrimas de su cara. Más tarde, cuando Ganesh recuperó el aliento y se acercó al río, se encontró con una escena que nunca olvidaría: Malathi sobre el lomo de la elefanta, con el niño dormido entre sus brazos. —¿Cómo lo hiciste? —preguntó Ganesh. —No solo los hombres sienten miedo —contestó Malathi—. También los elefantes. Esta no era una manada salvaje. —Veo una diferencia, sí. Ellos no realzaron su miedo con violencia. —Nunca lo hacen. No son como los humanos —respondió Malathi. El sol brillaba sobre el río y se mecían suavemente los árboles. Atrás de ellos la mermada manada se escondía entre la vegetación. Ganesh se quedó en silencio, como si algo se le hubiese cerrado en el alma. Malathi entendió que el tigre que lo habitaba estaba muerto. Ganesh se acercó al niño y le quitó el arma de las manos. Luego se agachó, lo besó en la frente y lo abrazó. —Te salvaron ellos, no yo —dijo al fin, mirando a Malathi. —Tal vez era su destino. Ahora se sienten culpables los hombres por lo que hacen los animales. ¿No te parece irónico? —Pero… los tigres no tienen alas —contestó Ganesh, aún confundido. Malathi rió, sostuvo los brazos del niño y los movió de arriba hacia abajo, cadenciosamente, mientras avanzaban. Y la selva se cerró detrás de ellos.

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