Mucho de lo que vivimos en la infancia no desaparece con el tiempo, aunque lo intentemos. Las emociones no expresadas se convierten en raíces invisibles que se entrelazan con nuestra forma de pensar, sentir y amar. Lo curioso es que muchas veces no son solo nuestras, sino que vienen de más atrás. A esto se le llama trauma transgeneracional. No es una etiqueta fría, sino una realidad profunda. Lo que no se sana en una generación, suele buscar salida en la siguiente. El dolor, los secretos, las pérdidas no elaboradas, los patrones de violencia o de silencio… todo eso puede transmitirse sin palabras, como una herencia invisible. No siempre se trata de grandes tragedias. A veces, basta con un gesto, con una frase repetida tantas veces que se vuelve verdad: “Aquí no se llora”, “sé fuerte”, “los hombres no sienten”. Estas pequeñas semillas se convierten en códigos familiares que marcan nuestra forma de relacionarnos con el mundo.
