En su más reciente residencia artística en el Choli de Puerto Rico, Bad Bunny ha logrado mucho más que una serie de conciertos multitudinarios. Lo que ha construido es una experiencia cultural profundamente cargada de simbolismo y activismo social. El escenario que ha elegido —una vivienda rural puertorriqueña meticulosamente recreada— se convierte en el corazón de una narrativa que va más allá del espectáculo musical. Se trata de una puesta en escena que recupera la memoria, celebra la identidad y plantea una forma de resistencia ante la amenaza de la gentrificación. La escenografía no es decorado. Es una declaración. Para muchos, esa casa representa la de sus abuelos, la suya propia o la que vieron desaparecer en el tiempo, desplazada por los cambios económicos y la expansión del capital inmobiliario. Este recurso escenográfico no solo es un homenaje a las raíces del artista. Es también un acto político. En un contexto en el que Puerto Rico vive los embates de la gentrificación, el desplazamiento forzado y la transformación agresiva de comunidades por intereses foráneos, esta casa sobre el escenario se convierte en una trinchera cultural. Es una forma de habitar el espacio desde la memoria, de rescatar lo que aún sobrevive en la identidad puertorriqueña y de dar visibilidad a lo que está siendo borrado. La escenografía se convierte, así, en una vivienda de resistencia. Además, el proyecto artístico de Bad Bunny se extiende más allá del show. Su residencia impulsa una nueva forma de turismo en la isla, orientada a fortalecer la economía local: pequeños negocios, barras, transportistas, restaurantes y trabajadores de servicios son beneficiarios directos de esta apuesta. No se trata de importar lujo, sino de redistribuir valor en casa. Como gesto simbólico y coherente con su mensaje, los primeros 9 de 30 shows fueron exclusivos para residentes de la isla. Un acto de reciprocidad con su público originario. Y en un momento cumbre del espectáculo, artistas puertorriqueños como: Pedro Capó, Edita Nazario y Farruko interpretan la canción “Lo Que Le Pasó a La Hawaii”, una denuncia directa contra los efectos de la gentrificación y la pérdida del territorio. La música, entonces, no solo entretiene: informa, sacude, despierta. El recinto de Bad Bunny no es solo un espacio artístico: es una construcción simbólica de lo que Puerto Rico fue, es y podría dejar de ser. Es una intervención cultural que nos obliga a preguntarnos por la pertenencia, la memoria y el derecho a quedarse. Porque en un tiempo donde muchos quieren comprar lo que no entienden, esta casa en el escenario nos recuerda algo simple, pero poderoso: Puerto Rico no se vende. Puerto Rico se vive.
