Hay un momento, justo antes de dar el primer paso, en el que todo es silencio. La mochila a la espalda, las botas firmes sobre la tierra, el aire fresco rozando el rostro… y una pregunta en el fondo del alma: ¿por qué camino?, El trekking no es solo avanzar por senderos de montaña o atravesar valles ocultos entre cumbres, Es, sobre todo, un viaje hacia adentro. Cada paso en la naturaleza tiene el poder de despojarte de lo superfluo, de hacerte ligero, No importa cuántos kilómetros falten, sino cuán presente estás en el que estás pisando ahora. Al caminar, el cuerpo se alinea con la tierra y la mente se aquieta. Los problemas cotidianos se disuelven con el sonido del viento entre los árboles. El tiempo deja de tener prisa. Uno empieza a escuchar lo que antes no oía: el crujido de las hojas secas, el canto lejano de un ave, el ritmo firme del propio corazón. En el trekking, el esfuerzo físico se transforma en meditación. Las pendientes empinadas enseñan paciencia. Los paisajes imponentes despiertan humildad. Y el cansancio, cuando llega, trae consigo una calma que no se compra ni se improvisa: se gana paso a paso. No hay señal de celular, pero hay conexión. No hay paredes, pero hay refugio. No hay espejos, pero uno se ve con mayor claridad. Quizás por eso, cuando se llega al final del sendero, uno no es el mismo que comenzó. Algo ha cambiado, aunque no sepamos ponerlo en palabras. Porque el trekking no solo te lleva a lugares nuevos: te devuelve a ti mismo.
