Querido Hugo, Niño: Acá estoy, hermano, mirándote desde un lugar donde el tiempo ya no pesa y donde por fin puedo decirte todo lo que no alcancé a decirte aquella vez. Vos sabés cómo soy… siempre medio torpe para las palabras, siempre diciendo “hola, no sé, no puedo ver”, como te decía para hacerte reír. Pero hoy quiero hablarte en serio, como aquel niño de 8 años que te conoció y sin saberlo encontró a un hermano para toda la vida. Crecimos juntos, Niño. Casi toda nuestra historia la escribimos los dos, pegados como si fuéramos un mismo ruido de guitarra. ¿Te acordás? Las noches de guitarreadas, las competencias que nunca terminaban, porque siempre queríamos superarnos… pero al final siempre terminábamos riéndonos como si todo fuera un juego. Y sí, era un juego, uno de esos que solo nosotros dos sabíamos jugar. Fuimos a fiestas, viajamos, conocimos gente, familias, lugares, pero nada se comparaba con compartir la vida con vos. Vos siempre con ese amor por la música que te salía del alma, y yo ahí, siguiéndote el ritmo, inventando acordes, peleándonos por quién afinaba más rápido. Éramos inseparables. Me fui sin poder darte ese último abrazo, sin despedirme como tendría que haberlo hecho. Fue inesperado, ya lo sabés… pero acá, desde donde estoy, por fin te lo digo: gracias por quererme, por aguantarme, por hacerme mejor persona y mejor músico. No quiero que estés triste, mi Niño. Seguí cantando, seguí tocando, seguí soñando con ser el artista que siempre llevaste adentro. Ese sueño que siempre compartimos, quiero que lo sigas empujando. Que te vaya bien, que te vaya hermoso en esta vida que sigue. Cada vez que agarres la guitarra, acordate de mí, porque yo voy a estar ahí, acompañando el rasgueo como lo hice toda la vida. Y cuando te subas a un escenario, sonreí. Porque tu viejo amigo Caña te va a estar mirando desde el cielo, orgulloso, feliz, y aplaudiéndote como siempre. Te quiero, hermano. Tu amigo Caña.
