No cierres esta puerta, aún hay viento, hay manos que olvidan pero vuelven a buscar; tu nombre cabe en la noche, como un faro lento, y cada mirada rota puede volver a brillar. Hay historias que duelen, lo sé, y pesan en la boca, pero aún en la tormenta el mundo ofrece un sitio: una voz que escucha, una risa que provoca que la madrugada sangre otro nuevo rito. Sujeta este hilo pequeño, no lo sueltes —por favor—, que del otro lado hay abrazos con nombre, no un adiós; si tu pecho es un volcán, deja que salga el color, y que alguien te diga: aquí estoy, aún hay voz. No eres el último capítulo ni el libro entero, eres la página que espera tinta para volver a empezar; permite que te busquen, permite que te vean entero, porque hay manos dispuestas a aprender a cuidar.
