Mundo desconocido

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@ikalsanabria66
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Dicen los abuelos de Bogotá… que cuando la neblina baja desde Monserrate, y la Candelaria queda envuelta en sombras, un visitante eterno camina por sus calles: el Conde de la Luna Roja. No nació aquí. Vino de lejos, hace más de cien años. Algunos dicen que llegó en un barco, escondido en un ataúd de hierro, buscando un lugar frío donde esconderse del sol. Al principio, nadie lo vio. Solo se escuchaban los rumores: jóvenes que amanecían pálidos en los atrios de las iglesias, caballos que se rehusaban a pasar frente a ciertas casonas, y perros que aullaban mirando la nada. Una noche, en la calle 10, lo vieron por primera vez. Alto, elegante, con una capa que parecía moverse sola. No caminaba… aparecía. Y cuando alguien lo seguía, la neblina se volvía tan espesa que las calles parecían cambiar de lugar. El perseguidor volvía desorientado, y en su oído resonaba un murmullo: “No me busquen… yo los encontraré”. En la Biblioteca Luis Ángel Arango, los vigilantes hablaban de él. Libros abiertos en páginas de murciélagos, aleteos en el techo, y una figura leyendo en la penumbra. Uno juró que lo miró a los ojos, y escuchó esa voz grave que dijo: “Esta ciudad apenas comienza… y yo estaré aquí para verla toda”. Los bogotanos inventaron defensas: ajos en las ventanas, cruces dibujadas con tiza, espejos frente a los balcones. Pero nada servía. Un vendedor de tinto, en cambio, sobrevivió. Cuando el Conde se le acercó, no huyó, no gritó… le ofreció una taza de café caliente. El vampiro la aceptó, bebió, y antes de perderse en la bruma dijo: “Esta ciudad me alimenta de otras formas”. Cuentan también que su lugar favorito es Monserrate. Que quienes suben de madrugada sienten pasos detrás de ellos, aunque vayan solos. Algunos ven sombras enormes proyectadas en las piedras, otras veces escuchan una risa que se mezcla con el viento. Y aunque Bogotá cambió, aunque llegaron los autos, la electricidad y los edificios, la leyenda nunca desapareció. Taxistas nocturnos aseguran que lo han recogido: un pasajero alto, de piel pálida, que pide ir a los cerros… pero al llegar, el asiento está vacío, y el taxímetro marca cero. Por eso, si alguna vez caminas por la Séptima a medianoche, y sientes un escalofrío en la espalda, no mires demasiado. Podrías ver una capa ondeando en la bruma, aunque no sople viento. Recuerda esta advertencia: Bogotá guarda secretos que no duermen. Y el Conde de la Luna Roja… sigue vigilando desde la niebla.

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