A papá Luis Pimentel: Adorado padre, caminas intacto en mi memoria: primer alcalde de Ayahuay, traje pulcro, palabra nítida, dignidad que abría caminos como luz de madrugada. Te abrazo en cada recuerdo; tu mano firme sostenía mi infancia como si el mundo cupiera en un gesto tuyo. Amaste a mi madre con ternura incansable, y ese fuego sigue templando mis recuerdos. Hoy sonrío al pensarte: me llena de orgullo ver tu ejemplo florecer en mis hijos y en los nietos que juegan bajo la sombra luminosa de tu nombre. A ellos les entrego tu estandarte: honestidad y dignidad sin estridencias, firmeza y bondad que se ofrece sin condiciones. Así tu legado avanza— brasa de esperanza que nunca se apaga, faro que alumbra el porvenir y me guía, aún ahora, aun siendo viejo, con la misma confianza que sentía de niño al tomar tu mano.
