Me sentí un combatiente al amarlo, y dueño de sus decisiones gané muchas veces en una imaginaria guerra en la que participaba solo. Él confiaba en mí, me preguntaba sobre esos hombres con la ventaja impresa en el rostro (que él veía con el filtro de la desesperación) y yo, no mejor, lo empujaba hacia allá. Digo que ganaba cuando volvía a mis brazos. Cuando destruido, me orbitaba. ¿Qué amor puede haber si deseo su miseria?
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il y a 3 mois
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