A finales del siglo XVIII, el mundo cambió para siempre. Las máquinas comenzaron a rugir, las fábricas iluminaron ciudades enteras y una nueva era nació: la Revolución Industrial. Con sus avances —máquinas de vapor, telares mecánicos, trenes y grandes industrias— la producción creció como nunca antes. Pero este progreso tuvo un precio. Las ciudades se llenaron de trabajadores en busca de empleo, provocando sobrepoblación, pobreza y condiciones de vida extremas. Al mismo tiempo, las potencias industriales descubrieron que su crecimiento necesitaba más: más mercados donde vender, más recursos que extraer, más territorios que controlar. Así comenzó una carrera frenética por dominar el mundo. Una competencia feroz entre naciones que buscaban expandirse, dando origen al imperialismo. Y mientras los países se fortalecían, surgían nuevas ideas: un nacionalismo cada vez más intenso, que alimentaba rivalidades, orgullos y resentimientos. Estas tensiones, creadas por las máquinas, las fábricas y la ambición, se combinaron como piezas de un engranaje perfecto… para empujar al mundo hacia uno de los conflictos más devastadores de la historia: La Primera Guerra Mundial.
