¿Y si te dijera que hubo un caso donde el asesino dejó la escena tan limpia, tan ordenada y tan “estética”… que parecía más una obra de arte macabra que un crimen? Elizabeth Short tenía 22 años y quería ser actriz. Promesas, fiestas, fotógrafos… y un Hollywood que brillaba por fuera, pero por dentro era un laberinto de excesos, rechazos… y personas peligrosas. La mañana del hallazgo, lo inquietante no fue encontrar un cuerpo… lo inquietante fue cómo lo habían dejado. Tan blanco. Tan limpio. Tan… colocado. Como si alguien hubiese pasado horas acomodando cada detalle para que la escena fuera perfecta. No había sangre alrededor. No había señales de arrastre. Nada que indicara desesperación o improvisación. Solo una escena fría, controlada, meticulosa… casi artística. Como una exposición que alguien quería que todo el mundo observara. Y el mensaje estaba claro: quien hizo esto… no quería esconder nada. Quería que lo vieran. La policía recibió cartas, pistas falsas y hasta confesiones de gente buscando fama. Como si el crimen se hubiera convertido en un espectáculo… igual que los sueños que Hollywood prometía. Y entre todos esos detalles, tal vez lo más perturbador fue esto: la escena no mostraba rabia. Mostraba orgullo. Elizabeth llegó buscando un papel… y terminó en una historia que Hollywood jamás pudo controlar. ¿Tú crees que fue un profesional? ¿O alguien obsesionado con convertirla… en su obra final?
