En lo más profundo de la Amazonía colombiana, existe una zona que ni los satélites logran captar con claridad. No aparece en los mapas. No figura en registros oficiales. Pero los indígenas la llaman “La tierra de los ojos que no parpadean”. Dicen que a veces se escuchan chillidos humanos… mezclados con rugidos que ningún animal debería emitir. Todo comenzó en los años 80, cuando un grupo de científicos extranjeros llegó escoltado por militares. Levantaron una estructura con tecnología que parecía de otro siglo, luego se cerró el acceso. Desde entonces, helicópteros negros sobrevuelan el área cada dos semanas. Un explorador logró acercarse. Lo que grabó no debería existir: figuras humanoides, extremadamente delgadas, con ojos desproporcionados y piel traslúcida caminando entre los árboles. No eran animales. Y tampoco eran humanos. Lo filtró a un canal alternativo en Suiza. Dos días después, desapareció. En su lugar, encontraron una nota que no escribió él: “el experimento continúa”. Informes clasificados de la extinta DAS hablaban de una colaboración con una corporación biotecnológica alemana, que buscaba crear híbridos para exploración de ambientes extremos. Humanos que respiraran bajo el agua. Que vieran en la oscuridad. Que no sintieran dolor. Pero algo salió mal. Las criaturas escaparon. Y ahora se esconden en la espesura. Algunos nativos aseguran que una de ellas ha criado a su cría. Que ya no son un experimento. Son una especie.
