El desierto arde. Un joven cae de rodillas en la arena, jadeando, con los labios partidos y la mirada perdida. A su alrededor, las risas crueles de otros migrantes lo señalan. —¡Se los dije! ¡El flaco no va a aguantar ni un día más! —grita uno, mientras las carcajadas estallan en el aire. El muchacho baja la cabeza. Sus manos tiemblan. Por un instante parece que va a rendirse… hasta que mete la mano bajo su camiseta y saca algo arrugado. Lo levanta frente a todos. Es una foto vieja, desgastada, donde una mujer sonríe orgullosa con un diploma en las manos. El silencio cae de golpe. Las burlas se apagan. El joven, con lágrimas corriendo por su rostro, grita con voz quebrada pero firme: —¡No vine aquí a rendirme! ¡Vine por ella! La cámara se acerca a la foto temblando en sus manos. Y en ese instante, lo que parecía el fin… se convierte en el inicio de algo mucho más grande.
