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von Juan Felipe Bernal Sánchez¿Alguna vez te han dicho que jugar videojuegos es una pérdida de tiempo? Yo sí. Muchas veces. Pero déjame contarte algo: los videojuegos no solo son una forma de entretenimiento… también son una poderosa herramienta para aprender, conectar y crecer como personas.
Cuando era niño, me pasaba horas jugando títulos como Minecraft, FIFA o Zelda. Y aunque mis padres pensaban que solo estaba “pegado a la pantalla”, en realidad estaba desarrollando habilidades que hoy uso todos los días: resolver problemas, trabajar en equipo, pensar rápido y tomar decisiones bajo presión.
Diversos estudios han demostrado que los videojuegos mejoran las capacidades cognitivas. Por ejemplo, los juegos de estrategia o de rol —como League of Legends o Civilization— fortalecen la planificación, la memoria y la atención. Los juegos de acción, por su parte, mejoran la coordinación ojo-mano y la percepción espacial, algo que incluso puede beneficiar a médicos, pilotos o deportistas.
Pero no solo se trata del cerebro. También hay un gran componente emocional. Jugar nos enseña a manejar la frustración, a intentarlo una y otra vez hasta lograrlo. En un videojuego, fallar no significa rendirse, sino aprender la mecánica, mejorar y volver a intentarlo. Y eso, curiosamente, es una lección de vida.
Además, los videojuegos fomentan la colaboración y la empatía. Sí, puede sonar raro, pero es cierto. En muchos juegos en línea, personas de diferentes países, culturas e idiomas deben trabajar juntas para lograr un objetivo común. Forman equipos, se coordinan, se comunican… y muchas veces se hacen amigos reales.
Durante la pandemia, millones de jóvenes encontraron en los videojuegos un espacio seguro para socializar, mantenerse conectados y combatir la soledad. Mientras el mundo se detenía, los videojuegos mantenían viva la interacción humana.
Y no solo eso: los videojuegos también pueden ser espacios de creatividad. En Minecraft, millones de jugadores han construido ciudades, monumentos y hasta réplicas del planeta Tierra. En The Sims, diseñamos vidas, hogares y comunidades. Y en Dreams o Roblox, la gente incluso crea sus propios juegos. ¿No es eso arte digital en su máxima expresión?
Pero hay algo más profundo. Los videojuegos también son una forma de contar historias. Historias que nos hacen pensar, sentir y reflexionar. Juegos como The Last of Us, Undertale o Life is Strange nos enfrentan a dilemas morales, a decisiones que nos hacen cuestionar quiénes somos. A veces, después de terminar un juego, uno no vuelve a ser el mismo.
Y hoy en día, los videojuegos también se usan en educación y salud mental. Existen juegos diseñados para ayudar a niños con autismo, para entrenar la memoria en adultos mayores, o incluso para tratar la ansiedad. Un estudio del Journal of Medical Internet Research encontró que algunos videojuegos pueden reducir síntomas de depresión y estrés, gracias a su capacidad para generar concentración y sensación de logro.
Así que, la próxima vez que alguien te diga que jugar videojuegos no sirve para nada, respóndele con confianza: “Estoy entrenando mi mente, mi creatividad y mi empatía.”
Claro, como todo en la vida, el equilibrio es clave. Jugar sin control puede ser dañino, pero usado con inteligencia, el videojuego es una herramienta poderosa para el desarrollo humano.
Los videojuegos no son el enemigo. Son el futuro del arte, la educación y la conexión humana. Y nosotros —los jugadores— somos los pioneros de ese nuevo mundo.
Así que… la próxima vez que tomes un control o te sientes frente a una pantalla, recuerda esto:
No estás escapando de la realidad.
Estás entrenando para enfrentarla mejor.
Gracias.