Angel
par Teresa Fermínada noche, Iker se asomaba a su ventana. La luna, grande y plateada, parecía un queso brillante flotando en la oscuridad. "Algún día te visitaré", susurraba él con esperanza, mientras imaginaba cómo sería saltar sobre sus cráteres de polvo de estrellas
Iker sabía que necesitaba un plan. Buscó en el garaje y encontró cajas de cartón, cinta plateada y mucha pintura. Su perro robótico, Bolt, movía la cola mecánica con entusiasmo, cargando un rollo de cinta entre sus dientes de metal. ¡La construcción de la nave espacial había comenzado!
Trabajaron durante toda la tarde. Iker dibujó botones de colores en el panel de control y Bolt ayudó a ajustar las tuercas de las aletas de cartón. Pronto, el "Rayo Lunar" estuvo listo en medio del jardín, brillando bajo la luz de los faroles como si fuera una nave de verdad.
Cuando el sol se ocultó, Iker se puso su casco especial: un escurridor de pasta que brillaba como el acero. Se ajustó los guantes y respiró hondo. Estaba listo para la misión más importante de su vida. "¡Tripulación, a sus puestos!", exclamó con voz firme
Iker y Bolt se acomodaron dentro de la estrecha caja. Iker comenzó la cuenta regresiva: "¡Tres... dos... uno... Despegue!". De repente, el suelo comenzó a temblar y el jardín desapareció. Las paredes de cartón se transformaron en metal reluciente y las ventanas mostraron la inmensidad del espacio.
La nave surcaba el espacio a toda velocidad. Iker miró por el ojo de buey y vio la Tierra, una pequeña canica azul y blanca que se alejaba lentamente. Se sentía pequeño, pero muy valiente, sabiendo que estaba cumpliendo su gran sueño.
De pronto, Bolt empezó a flotar. ¡Habían llegado a la zona de gravedad cero! El perro robótico intentaba atrapar una pelota de tenis que bailaba en el aire, mientras sus patas metálicas daban vueltas graciosas. Iker reía al ver a su amigo nadando en el aire.
¡Al fin aterrizaron! La puerta de la nave se abrió con un silbido. Iker dio el primer paso sobre la superficie lunar. El suelo era suave como la harina y sus botas dejaban huellas profundas. Todo estaba en silencio, un silencio mágico y tranquilo.
Iker y Bolt caminaron hasta la cima de una colina de piedra lunar. Allí, clavaron una bandera que Iker había dibujado con un sol y una estrella. Los dos se sentaron a contemplar el paisaje, felices de estar juntos en un lugar donde nadie más había llegado esa noche.
Un momento después, Iker abrió los ojos. Estaba en su cama, abrazando a Bolt, que volvía a ser un juguete silencioso. La luna seguía allí afuera, guiñándole un ojo desde el cielo. Iker sonrió y se acurrucó bajo las mantas, sabiendo que el espacio siempre estaría a un sueño de distancia.