Ay, Pedro… si hubieras estado aquí ese día, te aseguro que habrías probado los tamales más calientes que he hecho en mi vida. La cocina parecía sauna: yo con el delantal, las manos llenas de masa, y el sudor bajándome por la espalda… y no precisamente de cansancio.
Estaba enrollando las hojas, apretando bien para que nada se escapara, y cada vez que el vapor subía de la olla, sentía ese golpe de calor que me hacía cerrar los ojos y pensar… en ti. No sé por qué, pero cada vez que el vapor me rozaba, imaginaba que eran tus manos.
Y claro, en una de esas me acerqué demasiado y ¡auch! me quemé un poquito. Me mordí el labio, no sé si por el dolor o porque en mi cabeza estabas tú, riéndote y diciéndome que “me cuidara las manos… que las iba a necesitar para otras cosas”.
Ese día trabajé sola, pero te juro que cada hoja que cerraba llevaba tu nombre… y tu sabor estaba en mi mente más que el del maíz.
Mira, es que tengo que hacer una presentación para la clase de biología, y la profe nos pidió hacer un experimento con plantas, no sé qué de fotosíntesis, entonces yo compré unas plantitas pequeñitas, pero no sé si van a crecer bien, porque la última vez que hice algo así, pues como que no me fue tan bien.