Briana Rueda
Briana RuedaによるAl separarte, agotado, de su abrazo, escuchas su primer murmullo: "Eres mi
esposo". Tu asientes: ella te dirá que amanece; se despedirá diciendo que te
espera esa noche en su recamara. Tu vuelves a asentir, antes de caer dormido,
aliviado, ligero, vaciado de placer, reteniendo en las yemas de los dedos el cuerpo
de Aura, su temblor, su entrega: la niña Aura.
Te cuesta trabajo despertar. Los nudillos tocan varias veces y te levantas de la
cama pesadamente, gruñendo: Aura, del otro lado de la puerta, te dirá que no
abras: la señora Consuelo quiere hablar contigo; te espera en su recamara.
Entran diez minutos después al santuario de la viuda. Arropada, parapetada
contra los almohadones de encaje: te acercas a la figura inmóvil, a sus ojos
cerrados detrás de los párpados colgantes, arrugados, blanquecinos: ves esas
arrugas abolsadas de los pómulos, ese cansancio total de la piel.
Sin abrir los ojos, te dirá:
—¿Trae usted la llave?
—Si... Creo que si. Si, aquí esta.
—Puede leer el segundo folio. En el mismo lugar, con la cinta azul.
Caminas, esta vez con asco, hacia ese arcón alrededor del cual pululan las ratas,
asoman sus ojillos brillantes entre las tablas podridas del piso, corretean hacia los
hoyos abiertos en el muro escarapelado. Abres el arcón y retiras la segunda
colección de papeles. Regresas al pie de la cama; la señora Consuelo acaricia a
su conejo blanco.
De la garganta abotonada de la anciana surgirá ese cacareo sordo:
—¿No le gustan los animales?
—No. No particularmente. Quizás porque nunca he tenido uno.
—Son buenos amigos, buenos compañeros. Sobre todo cuando llegan la vejez y
la soledad.
—Si. Así debe ser.
—Son seres naturales, señor Montero. Seres sin tentaciones.
—¿Como dijo que se llamaba?
—¿La coneja? Saga. Sabia. Sigue sus instintos. Es natural y libre.
—Creí que era conejo.
—Ah, usted no sabe distinguir todavía.
—Bueno, lo importante es que no se sienta usted sola.
—Quieren que estemos solas, señor Montero, porque dicen que la soledad es
necesaria para alcanzar la santidad. Se han olvidado de que en la soledad la
tentación es mas grande.
—No la entiendo, señora.
—Ah, mejor, mejor. Puede usted seguir trabajando.
Le das la espalda. Caminas hacia la puerta. Sales de la recamara. En el vestíbulo,
aprietas los dientes. ¿Por que no tienes el valor de decirle que amas a la joven?
¿Por que no entras y le dices, de una vez, que piensas llevarte a Aura contigo
cuando termines el trabajo? Avanzas de nuevo hacia la puerta; la empujas,
dudando aún, y por el resquicio ves a la señora Consuelo de pie, erguida,
transformada, con esa túnica entre los brazos: esa túnica azul con botones de oro,
charreteras rojas, brillantes insignias de águila coronada, esa túnica que la
anciana mordisquea ferozmente, besa con ternura, se coloca sobre los hombros
para girar en un paso de danza tambaleante. Cierras la puerta.
Si: tenia quince años cuando la conocí —lees en el segundo folio de las
memorias—: elle avail quinze ans lorsque je I'ai connue et, si j'ose le dire, ce sont
ses yeux verts qui ont fait ma perdition: los ojos verdes de Consuelo, que tenia
quince años en 1867, cuando el general Llorente caso con ella y la llevo a vivir a
Paris, al exilio. Ma jeune poupee, escribió el general en sus momentos de
inspiración, ma jeune poupee aux yeux verts; je fai comblee d'amour: describió la
casa en la que vivieron, los paseos, los bailes, los carruajes, el mundo del
Segundo Imperio; sin gran relieve, ciertamente. J'ai meme supporte ta haine des
chats, moi qu'aimais tellement les jolies betes... Un día la encontró, abierta de
piernas, con la crinolina levantada por delante, martirizando a un gato y no supo
llamarle la atención porque le pareció que tu faisais qa d'une faqon si innocent,
par pur enfantillage e incluso lo excito el hecho, de manera que esa noche la amo,
si le das crédito a tu lectura, con una pasión hiperbólica, parce que tu m'avals dit
que torturer les chats etait ta maniere a toi de rendre notre amour favorable, par
un sacrifice symbolique. . . Habrás calculado: la señora Consuelo tendrá hoy
ciento nueve años.. . cierras el folio. Cuarenta y nueve al morir su esposo. Tu sais
si bien t'habiller, ma douce Consuelo, toujours drappe dans des velours verts,
verts comme tes yeux. Je pense que tu seras toujours belle, meme dans cent ans.
. . Siempre vestida de verde. Siempre hermosa, incluso dentro de cien años. Tu
es si fiere de ta beaute; que ne ferais-tu pas pour rester toujours jeune?
SABES, AL CERRAR DE NUEVO EL FOLIO, QUE FOR ESO vive Aura en esta
casa: para perpetuar la ilusión de juventud y belleza de la pobre anciana
enloquecida. Aura, encerrada como un espejo, como un icono mas de ese muro
religioso, cuajado de milagros, corazones preservados, demonios y santos
imaginados.
Arrojas los papeles a un lado y desciendes, sospechando el único lugar donde
Aura podrá estar en las mañanas: el lugar que le habrá asignado esta vieja avara.
La encuentras en la cocina, si, en el momento en que degüella un macho cabrio:
el vapor que surge del cuello abierto, el olor de sangre derramada, los ojos duros
y abiertos del animal te dan nauseas: detras de esa imagen, se pierde la de una
Aura mal vestida, con el pelo revuelto, manchada de sangre, que te mira sin
reconocerte, que continúa su labor de carnicero.
Le das la espalda: esta vez, hablaras con la anciana, le echaras en cara su
codicia, su tiranía abominable. Abres de un empujón la puerta y la ves, detrás del
velo de luces, de pie, cumpliendo su oficio de aire: la ves con las manos en
movimiento, extendidas en el aire: una mano extendida y apretada, como si
realizara un esfuerzo para detener algo, la otra apretada en torno a un objeto de
aire, clavada una y otra vez en el mismo lugar. En seguida, la vieja se restregara
las manos contra el pecho, suspirara, volverá a cortar en el aire, como si —si, lo
veras claramente: como si despellejara una bestia. . .—
Corres al vestíbulo, la sala, el comedor, la cocina donde Aura despelleja al chivo
lentamente, absorta en su trabajo, sin escuchar tu entrada ni tus palabras,
mirándote como si fueras de aire.
Subes lentamente a tu recamara, entras, te arrojas contra la puerta como si
temieras que alguien te siguiera: jadeante, sudoroso, presa de la impotencia de tu
espina helada, de tu certeza: si algo o alguien entrara, no podrías resistir, te
alejarías de la puerta, lo dejarías hacer. Tomas febrilmente la butaca, la colocas
contra esa puerta sin cerradura, empujas la cama hacia la puerta, hasta
atrancarla, y te arrojas exhausto sobre ella, exhausto y abiilico, con los ojos
cerrados y los brazos apretados alrededor de tu almohada: tu almohada que no es
tuya; nada es tuyo. ..
Caes en ese sopor, caes hasta el fondo de ese sueño que es tu única salida, tu
única negativa a la locura. "Esta loca, esta loca", te repites para adormecerte,
repitiendo con las palabras la imagen de la anciana que en el aire despellejaba al
cabrio de aire con su cuchillo de aire: ". . .esta loca. . .", en el fondo del abismo
oscuro, en tu sueño silencioso, de bocas abiertas, en silencio, la veras avanzar
hacia ti, desde el fondo negro del abismo, la veras avanzar a gatas.
En silencio, moviendo su mano descarnada, avanzando hacia ti hasta que su
rostro se pegue al tuyo y veas esas encías sangrantes de la vieja, esas encías sin
dientes y grites y ella vuelva a alejarse, moviendo su mano, sembrando a lo largo
del abismo los dientes amarillos que va sacando del delantal manchado de
sangre:
tu grito es el eco del grito de Aura, delante de ti en el sueño, Aura que grita porque
unas manos han rasgado por la mitad su falda de tafeta verde, y esa cabeza
tonsurada, con los pliegues rotos de la falda entre las manos, se voltea hacia ti y
ríe en silencio, con los dientes de la vieja superpuestos a los suyos, mientras las
piernas de Aura, sus piernas desnudas, caen rotas y vuelan hacia el abismo. . .
Escuchas el golpe sobre la puerta, la campana detrás del golpe, la campana de la
cena. El dolor de cabeza te impide leer los números, la posición de las manecillas
del reloj; sabes que es tarde: frente a tu cabeza recostada, pasan las nubes de la
noche detrás del tragaluz. Te incorporas penosamente, aturdido, hambriento.
Colocas el garrafón de vidrio bajo el grifo de la tina, esperas a que el agua corra,
llene el garrafón que tu retiras y vacías en el aguamanil donde te lavas la cara, los
dientes con tu brocha vieja embarrada de pasta verdosa, te rocías el pelo —sin
advertir que debías haber hecho todo esto a la inversa—, te peinas
cuidadosamente frente al espejo ovalado del armario de nogal, anudas la corbata,
te pones el saco y desciendes a un comedor vacío, donde solo ha sido colocado
un cubierto: el tuyo.
Y al lado de tu plato, debajo de la servilleta, ese objeto que rozas con los dedos,
esa muñequita endeble, de trapo, rellena de una harina que se escapa por el
hombro mal cosido: el rostro pintado con tinta china, el cuerpo desnudo, detallado
con escasos pincelazos. Comes tu cena fría —riñones, tomates, vino— con la
mano derecha: detienes la muñeca entre los dedos de la izquierda.
Comes mecánicamente, con la muñeca en la mano izquierda y el tenedor en la
otra, sin darte cuenta, al principio, de tu propia actitud hipnótica, entreviendo,
después, una razón en tu siesta opresiva, en tu pesadilla, identificando, al fin, tus
movimientos de sonámbulo con los de Aura, con los de la anciana: mirando con
asco esa muñequita horrorosa que tus dedos acarician, en la que empiezas a
sospechar una enfermedad secreta, un contagio. La dejas caer al suelo. Te
limpias los labios con la servilleta. Consultas tu reloj y recuerdas que Aura te ha
citado en su recamara.
Te acercas cautelosamente a la puerta de doña Consuelo y no escuchas un solo
ruido. Consultas de nuevo tu reloj: apenas son las nueve. Decides bajar, a tientas,
a ese patio techado, sin luz, que no has vuelto a visitar desde que lo cruzaste, sin
verlo, el día de tu llegada a esta casa.
Tocas las paredes húmedas, lamosas; aspiras el aire perfumado y quieres
descomponer los elementos de tu olfato, reconocer los aromas pesados,
suntuosos, que te rodean. El fósforo encendido ilumina, parpadeando, ese patio
estrecho y húmedo, embaldosado, en el cual crecen, de cada lado, las plantas
sembradas sobre los márgenes de tierra rojiza y suelta. Distingues las formas
altas, ramosas, que proyectan sus sombras a la luz del cerillo que se consume, te
quema los dedos, te obliga a encender uno nuevo para terminar de reconocer las
flores, los frutos, los tallos que recuerdas mencionados en crónicas viejas: las
hierbas olvidadas que crecen olorosas, adormiladas: las hojas anchas, largas,
hendidas, vellosas del belefio: el tallo sarmentado de flores amarillas por fuera,
rojas por dentro; las hojas acorazonadas y agudas de la dulcamara; la pelusa
cenicienta del gordolobo, sus flores espigadas; el arbusto ramoso del evonimo y
las flores blanquecinas; la belladona. Cobran vida a la luz de tu fósforo, se mecen
con sus sombras mientras tu recreas los usos de este herbario que dilata las
pupilas, adormece el dolor, alivia los partos, consuela, fatiga la voluntad, consuela
con una calma voluptuosa.
Te quedas solo con los perfumes cuando el tercer fósforo se apaga. Subes con
pasos lentos al vestíbulo, vuelves a pegar el oído a la puerta de la señora
Consuelo, sigues, sobre las puntas de los pies, a la de Aura: la empujas, sin dar
aviso, y entras a esa recamara desnuda, donde un circulo de luz ilumina la cama,
el gran crucifijo mexicano, la mujer que avanzara hacia ti cuando la puerta se
cierre.
Aura vestida de verde, con esa bata de tafeta por donde asoman, al avanzar hacia
ti la mujer, los muslos color de luna: la mujer, repetirás al tenerla cerca, la mujer,
no la muchacha de ayer: la muchacha de ayer —cuando toques sus dedos, su
talle— no podía tener mas de veinte años; la mujer de hoy —y acaricies su pelo
negro, suelto, su mejilla pálida— parece de cuarenta: algo se ha endurecido, entre
ayer y hoy, alrededor de los ojos verdes; el rojo de los labios se ha oscurecido
fuera de su forma antigua, como si quisiera fijarse en una mueca alegre, en una
sonrisa turbia: como si alternara, a semejanza de esa planta del patio, el sabor de
la miel y el de la amargura. No tienes tiempo de pensar mas: —Siéntate en la
cama, Felipe.—Si.
—Vamos a jugar. Tu no hagas nada. Déjame hacerlo todo a mi.
Sentado en la cama, tratas de distinguir el origen de esa luz difusa, opalina, que
apenas te permite separar los objetos, la presencia de Aura, de la atmósfera
dorada que los envuelve. Ella te habrá visto mirando hacia arriba, buscando ese
origen. Por la voz, sabes que esta arrodillada frente a ti:
—El cielo no es alto ni bajo. Esta encima y debajo de nosotros al mismo tiempo.
Te quitaras los zapatos, los calcetines, y acariciara tus pies desnudos.
Tu sientes el agua tibia que baña tus plantas, las alivia, mientras ella te lava con
una tela gruesa, dirige miradas furtivas al Cristo de madera negra, se aparta por
fin de tus pies, te toma de la mano, se prende unos capullos de violeta al pelo
suelto, te toma entre los brazos y canturrea esa melodía, ese vals que tú bailas
con ella, prendido al susurro de su voz, girando al ritmo lentísimo, solemne, que
ella te impone, ajeno a los movimientos ligeros de sus manos, que te desabotonan
la camisa, te acarician el pecho, buscan tu espalda, se clavan en ella. También tu
murmuras esa canción sin letra, esa melodía que surge naturalmente de tu
garganta: giran los dos, cada vez mas cerca del lecho; tu sofocas la canción
murmurada con tus besos hambrientos sobre la boca de Aura, arrestas la danza
con tus besos apresurados sobre los hombros, los pechos de Aura.
Tienes la bata vacía entre las manos. Aura, de cuclillas sobre la cama, coloca ese
objeto contra los muslos cerrados, lo acaricia, te llama con la mano. Acaricia ese
trozo de harina delgada, lo quiebra sobre sus muslos, indiferentes a las migajas
que ruedan por sus caderas: te ofrece la mitad de la oblea que tú tomas, llevas a
la boca al mismo tiempo que ella, deglutes con dificultad: caes sobre el cuerpo
desnudo de Aura, sobre sus brazos abiertos, extendidos de un extreme al otro de
la cama, igual que el Cristo negro que cuelga del muro con su faldón de seda
escarlata, sus rodillas abiertas, su costado herido, su corona de brezos montada
sobre la peluca negra, enmarañada, entreverada con lentejuela de plata. Aura se
abrirá como un altar.
Murmuras el nombre de Aura al oído de Aura. Sientes los brazos llenos de la
mujer contra tu espalda. Escuchas su voz tibia en tu oreja:
—¿Me querrás siempre?
—Siempre, Aura, te amare para siempre.
—¿ Siempre? ¿Me lo juras?
—Te lo juro.
—¿Aunque envejezca? ¿Aunque pierda mi belleza? ¿Aunque tenga el pelo
blanco?
—Siempre, mi amor, siempre.
—¿Aunque muera, Felipe? ¿Me amaras siempre, aunque muera?
—Siempre, siempre. Te lo juro. Nadie puede separarme de ti.
—Ven, Felipe, ven...
Buscas, al despertar, la espalda de Aura y solo tocas esa almohada, caliente aún,
y las sabanas blancas que te envuelven.
Murmuras de nuevo su nombre.
Abres los ojos: la ves sonriendo, de pie, al pie de la cama, pero sin mirarte a ti. La
ves caminar lentamente hacia ese rincón de la recamara, sentarse en el suelo,
colocar los brazos sobre las rodillas negras que emergen de la oscuridad que tu
tratas de penetrar, acariciar la mano arrugada que se adelanta del fondo de la
oscuridad cada vez mas clara: a los pies de la anciana señora Consuelo, que esta
sentada en ese sillón que tu notas por primera vez: la señora Consuelo que te
sonríe, cabeceando, que te sonríe junto con Aura que mueve la cabeza al mismo
tiempo que la vieja: las dos te sonríen, te agradecen. Recostado, sin voluntad,
piensas que la vieja ha estado todo el tiempo en la recamara; recuerdas sus
movimientos, su voz, su danza, por mas que te digas que no ha estado allí.
Las dos se levantaran a un tiempo, Consuelo de la silla, Aura del piso. Las dos te
darán la espalda, caminaran pausadamente hacia la puerta que comunica con la
recamara de la anciana, pasaran juntas al cuarto donde tiemblan las luces
colocadas frente a las imágenes, cerraran la puerta detrás de ellas, te dejaran
dormir en la cama de Aura