En los pueblos escandinavos, donde la naturaleza ya de por sí era una madre dura, la situación fue igualmente trágica. Los largos inviernos no encontraron primavera, y el verano fue apenas una estación de sombra húmeda. Los clanes vikingos, aún en sus primeros desarrollos como fuerza regional, vieron a sus generaciones más jóvenes perecer antes de poder sostener una espada. La comida se volvió símbolo de poder, y aquellos que poseían algo para alimentar eran considerados tanto líderes como amenazas. Los sacrificios a los dioses se intensificaron. El humo de los altares no traía lluvia, pero ofrecía consuelo a los corazones desesperados. Quizás, pensaban, el sacrificio de sangre ablandaría el corazón de los antiguos espíritus.
Durante el período Kamakura, el poder militar alcanzó su máxima expresión. Los shōgunes gobernaban desde su base en el este, mientras el emperador mantenía su posición ceremonial en Kioto. Esta dualidad de poder transformó la estructura política de Japón, creando un sistema que perduraría por siglos.