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creadoreskit에 의해La extrae. La habitación pierde sonido.
Daniel.
Aparece encuadrado en un plano cruel, frontal, sin piedad: cuello inclinado, cadenas cortas adheridas a un poste; un brazalete sucio le muerde la piel. No hay sangre, pero hay cansancio—el cansancio de alguien que aprendió a guardar aire por si el mundo se apaga. Los ojos, sin embargo, sostienen todavía una brasa. Detrás de él asoma un telón de sombras verdes, hojas grandes que no pertenecen a esta ciudad; humedad y barro dibujan una geografía de selva. Una línea escrita a mano, corrida por el agua, apenas se adivina en el reverso: coordenadas incompletas, dos sílabas de un nombre de río, una fecha que ya pasó.
El pulso de Mariana se acelera. La foto le sudará las manos durante años en la memoria, pero ahora la sostiene con una firmeza inesperada. El tic del balde resucita, golpeando el aire, imponiendo ritmo. La lámpara vuelve a parpadear. Mariana baja la mirada, respira por la nariz. La voz llega entonces, no desde la garganta sino desde un sitio más hondo, un rincón de ella que siempre estuvo esperando este instante:
“Me dijeron que no viniera sola… pero nadie vendrá conmigo.”
La frase cae, pesa, encaja. La ciudad al otro lado de la ventana exhala sirenas y cauces de luz. Mariana endereza la espalda. Deja la foto sobre la mesa, cara arriba, como una brújula amarga. Empuja una silla con la rodilla y avanza hacia el armario. La cámara la sigue de cerca, registra los detalles: la hebilla gastada del cinturón, la chaqueta impermeable colgando como un animal dormido, la mochila con cierres oxidados. Su cuerpo entra en un modo que había olvidado: los gestos se acortan, la energía se concentra.