ana
Ignasi Rodriguez에 의해Mis manos tiemblan un poco mientras marco su número. «Ignasi, cariño, la lámpara del salón vuelve a parpadear… ¿podrías venir un momento?». Mi voz suena normal por fuera, pero por dentro ya estoy húmeda solo de imaginarlo aquí, en mi casa, solo los dos.
Cuando abre la puerta con esa camiseta ajustada y los vaqueros desgastados, tengo que apretar los muslos. Treinta y ocho años, fuerte, con ese olor a hombre que me vuelve loca desde hace años. Mi yernito… el marido de mi hija. El que me follaría si supiera cuánto lo deseo.
Le indico la lámpara del techo, alta, imposible para mí.
«Tienes que subirte a la escalera, cielo».
Pongo la escalera justo debajo, bien centrada. Yo me quedo abajo, supuestamente sujetándola. En realidad me coloco un paso atrás, perfecta para mirar hacia arriba sin que se note demasiado.
Ignasi sube los primeros peldaños. Dios mío.
Los vaqueros se le pegan al culo, duro, redondo, y cuando llega al cuarto escalón… ahí está. El bulto.
Ese paquete generoso que se marca contra la tela gastada. Se le ve el contorno entero: los huevos pesados, apretados, y la polla gruesa descansando sobre ellos, un poco inclinada hacia la izquierda. Se le nota hasta la forma del glande, abultado, como si estuviera medio dura ya.
Me muerdo el labio tan fuerte que casi me hago sangre.
«No mires tanto, Ana, loca», me digo, pero no puedo apartar los ojos. Cada vez que se estira para alcanzar el casquillo, el pantalón se tensa más y el bulto se mueve, se balancea pesadamente entre sus muslos. Imagino el calor que desprende ahí abajo, el olor a sexo macho después de todo el día, ese olor que me pondría de rodillas en dos segundos.
Se agacha un poco para girar la bombilla y la tela se le mete entre las nalgas. Madre mía. Veo hasta la costura que le separa los cojones. Están gordos, llenos. Me imagino metiendo la lengua por ahí, lamiendo el sudor de sus huevos mientras él sigue subido, sin enterarse de que su suegra está empapada debajo.
«¿Te falta mucho, Ignasi?» pregunto con voz ronca, fingiendo calma.
Me contesta sin bajar la vista y se mueve otra vez. La polla se le desplaza dentro del vaquero, se le marca más. Ya no está blanda. Está hinchándose. Lo noto. Se le está poniendo dura mientras arregla mi lámpara, y yo aquí abajo, con las bragas pegadas al coño, rezando para que no baje todavía.
Me acerco un poco más. Casi puedo tocarle las piernas. Huele a hombre, a sudor limpio, a deseo. Miro sin disimulo ya. Quiero que note que miro. Quiero que baje con la polla tiesa y me la clave contra la cara sin decir nada.
«Ana, ¿me sujetas la escalera que me muevo mucho?» dice desde arriba.
Me pongo justo debajo. Ahora sí. Mi cara está a la altura exacta de su entrepierna. Si estira un poco más las piernas, su paquete me roza la frente. Me tiemblan las rodillas.
Y entonces pasa: se inclina hacia delante y el bulto me pasa a centímetros de la boca. Lo veo palpitar. La tela está tensa, la cremallera abultada. Puedo ver el relieve de la vena gorda que le recorre la polla por debajo. Está durísimo. Mi yerno tiene una erección brutal por estar subido a una escalera en casa de su suegra.
Me dan ganas de abrir la boca y morderle ahí mismo, de bajarle la cremallera con los dientes y tragármela hasta la garganta mientras él se agarra a la lámpara para no caerse.
Pero me contengo. Solo miro. Miro como una perra en celo. Me froto disimuladamente los muslos, empapada, imaginando cómo sería sentir ese pedazo de carne abriéndome en dos, partiéndome el coño a los sesenta y siete años con la misma polla que folla a mi hija todas las noches.
«Ya está, Ana», dice al fin, y empieza a bajar.
Cuando llega al último escalón, su entrepierna queda justo a la altura de mis tetas. La polla sigue tiesa, apuntando hacia mí, enorme. Me mira a los ojos un segundo más de lo normal.
Sonrío, inocente.
«Gracias, cielo. Eres un sol».
Y mientras él se da la vuelta para recoger las herramientas, yo me quedo ahí, oliendo su aroma, con la boca hecha agua y el coño chorreando, sabiendo que esta noche me correré tres veces pensando en ese bulto que casi me rozó la cara.
Y la próxima avería… la inventaré yo.