Fortunato
Felipe Hernandez에 의해Venían. Miraba para todos lados como aturdido. Por fin fijó la vista.
Al fondo de la plataforma, saludándolo con los sombreros en alto, varios condiscípulos de la escuela de San Cristóbal brincaban como cabritos.
Al principio no lograba reconocerlos. Estaban estrenando de todo. Los directivos de la Vuelta habían organizado para Fortunato un recibimiento especial en el aeropuerto. Por eso patrocinaron la presencia de sus amigos en Bogotá.
Querían entregarle a Fortunato el premio que le asignaron por llegar de primero a El Campín en la última etapa de la Vuelta a Colombia. Y que nunca había cobrado por haber perdido el cheque aquella noche que le robaron la mochila en la calle.
A los dirigentes deportivos les interesaba destacar su presencia y la del país, la promoción que Fortunato, sin proponérselo, le había hecho al ciclismo.
Cuando Fortunato divisó a uno de los jóvenes con un cachorro en el brazo, identificó al grupo. Sin duda era Chello con otro hijo de “Pervertida” y algunos compañeros de la vereda del Palchacual, se convenció asombrado. Detrás de ellos; la profesora Ligia, el padre Goyeneche y Candelario agitaban pañuelos blancos.
Fortunato quedó sembrado en el primer escalón. No sabía qué hacer. No se explicaba nada. Jamás imaginó ese recibimiento. ¿Cómo se habían enterado?, pensaba, desconcertado al escuchar a decenas de curiosos que igualmente coreaban su nombre.
De pronto descubrió a Gladys en medio del gentío. Sonriente y con su inolvidable ruana bermeja. Soltó el maletín que llevaba colgado del hombro y arrancó a correr escaleras abajo.
Pero al llegar a la plataforma encontró a su madre confundida entre todas las personas que rodea
ban la estación. Fortunato se botó a sus brazos y ambos permanecieron abrazados largo rato.
Un camarógrafo profesional los rodeó tres veces sin que ellos se dieran cuenta, y los fotografió.
La televisión sacó las palabras finales de radio y se escuchó que el suceso viajaba por todas partes.
—¿Se fue contento de Bogotá?
—Sí, papá.
—¿Es cierto que conoció a la Infanta de España?
—Sí, señor.
—¿Qué opinión le merece la soberana?
—Muy linda, pero ninguna reina vale a mi mamá —le explicó el hijo.
—¿Cómo le pareció la Infanta de España? —le preguntó su mamá.
—Muy linda, pero ninguna reina vale a mi mamá —contestó risueño, abrazándola.
—¿De verdad? —preguntó incrédulo un periodista de “Dieciverdad”.
Fortunato, y por encima de su hombro, Danielita clamaba y Gladys los abrazaba.
Papá, mamá y los tres hijos se alejaron del andén entre los gritos de “¡Libertad!” y el aplauso general.
Fortunato, sin nada y sin sombra, sumergió su alma dentro del futuro.
FIN