Yohan
by Yohan LlantenLA NOCHE DEL JUEVES
DESDE la boca del monte, sobre un barranco negro talla-do por la lluvia, bruñido por el viento cortante que soplaba con fuerza, se veía allá abajo el estrecho valle iluminado por un rayo de sol. Una mata de frailejón, pe-ludo y gris como la oreja de un burro, brotaba entre las grietas del barranco. Su flor amarilla tiritaba mecida por el viento. A la orilla de un río que espejeaba en su lecho de rocas, resplandecía el pueblo en medio del valle, blan-co, limpio, luminoso. La torre de la iglesia era la flor del frailejón, apuntando al cielo lechoso del páramo, que cer-nía la luz de las primeras estrellas.
Fue un instante nada más, porque de pronto cayó la noche y un vapor frío y pegajoso disolvió los contornos y los perfiles de las cosas. Tornó a ventear, y la llovizna que había dejado de caer un momento, repicó en los flan-cos humeantes de las mulas y en el cuero tieso de los zamarros. En el fondo del valle, ahora negro como un abismo, comenzaron a parpadear unas luces.
-Ya prontico llegamos. Falta una legua de camino, -dijo el sacristán cuya voz baja y opaca rasgó los oídos del cura como la espada de una mata de fique. Sacudió éste las riendas de la mula, se arropó en el bayetón que tenía un rústico olor a oveja, se caló el sombrero cubierto con un forro de hule, y se entregó dócilmente a la capri-chosa voluntad de la bestia. Esta se dejaba ir por el sen-dero abajo, con paso duro y cauteloso. El sacristán, que venía detrás con las alforjas y la maleta del cura atra-vesada en la delantera de la enjalma, encendió un cabo de chicote. Un humo apestoso, empujado por el viento,
llegó a las narices del cura. -¿Es grande el pueblo? - preguntó.
-¿Qué dice sumercé?
-¿Es grande el pueblo?
¿Qué?
-¿Que si es grande el pueblo?.
-El viento no me dejaba oir... ¿Grande el pueblo?.
Allá lo verá sumercé...
Y no dijo más. El viento se ensañaba con el sombrero del cura y mordía furioso las vueltas del bayetón. La llo-vizna se filtraba por entre el embozo del abrigo y el cue-llo de la sotana, y le clavaba agujas en la frente. A veces se oían ladridos entre la niebla. Otras veces la mula pa-raba en seco, sacudía la jáquima, estiraba las orejas y resoplaba largamente. Dos lucecitas verdes y amarillas cruzaron raudas a lo ancho del camino, entre barranco y
barranco. -¿Hay venado en estas montañas?
-¿Cómo dice sumercé?
-¿Hay venado?
-¿Venados?... ¡Ave María Purísima!... Eso que vio pasar la mula fue un difunto, un alma bendita...
-¿Un alma bendita?
-O en pena, que es lo mismo. Aquí en la boca del monte, que llaman el Alto de la de la Cruz, han despachado para el otro toldo a mucha gente... A mucha gente en-diablada...
La mula sacudió los aperos, corroborando las pala-bras del sacristán; meneó las orejas, despidió dos chorros de vapor por las fauces, y se dejó ir otra vez bambolean-te, con las patas tensas, por el camino abajo. El sacristán le alargó al señor cura un frasco de aguardiente, para que se calentara en aquel trance. El camino parecía abierto a machetazos en los barrancos del paramo. Estaba salpi-cado de cantos rodados que sacaban chispas a los cascos de las mulas, cuando tropezaban con ellos. Descendía en espiral, con tan malos pasos en algunas partes, que temía el cura romperse la crisma contra la arista de una roca que sobresalía del talud, y hasta creyó rodar a veces mon-te abajo, con todo y cabalgadura, al fondo del abismo. ¡Virgen Santísima! mascullaba entonces para darse áni-mos, y se santiguaba por debajo del bayetón.
Los cascos de la mula repicaban ahora en un empedrado duro y desigual, más plano y abierto que el camino. A lado y lado de las orejas del animal, bordeando aquello que debía ser un callejón, blanqueaban vagamente las ta-pias de unos solares. Grandes manchas de follaje sobre-salían de las bardas. Una luz mortecina, de vela y no de bombilla, alumbraba apenas en la esquina de la plaza la vitela de un santo que estaba en una hornacina.
No hay luz eléctrica en el pueblo?-, preguntó el cura.
-¿Luz eléctrica, dice sumercé?... ¡De eso no hay por aquí!... ¡Para la falta que hace!
La plaza se abría enorme, difusa, silenciosa, limitada por paredones que clareaban entre las sombras. La mole de la iglesia irrumpió de pronto ante los ojos del cura, en un momento en que la luna de invierno logró asomar el rostro entre dos pesados nubarrones, para esconderse en el acto. Tornó a lover. La mula, sin que el jinete tu-viera necesidad de requerirla con las riendas, dio un res-pingo y se paró en seco. Un perro que salió de algún rincón de la desierta plaza, se acercó al grupo para hus-mear y saludar a los viajeros. Ladró un momento, y luego calló aburrido.
-Ahora sí estamos en la casa. Tenemos que entrar por la iglesia, pues como la casa cural no tiene chapa ni llave, toca cerrarla con un tranquero por dentro. ¿No sa-bía sumercé? Pero desmóntese su reverencia, que yo le tengo el estribo. No hay mal que cien años dure ni cuerpo que lo resista, y ya llegamos. Voy a abrirle la puerta de la iglesia. Por todas partes se va a Roma, decía el señor cura viejo que se fue, y por aquí también podemos colar-nos a la casa... ¡Si no lo sabré yo! ¡Cuarenta años de sacristán en este pueblo!
A la lumbre del chicote, entre dos chupones que le avivaron la candela, columbró el cura la cara del sacris-tán, embutida entre el jipa y la ruana, erizada de pelos hirsutos y abierta de oreja a oreja por un machetazo fe-roz que dejaba al descubierto hasta las muelas cordales. El señor cura sintió más repugnancia que espanto, como cuando lo vio aquella mañana por primera vez.
Con lúgubre chirrido se entreabrió la portezuela em-potrada en el paredón de calicanto, al lado de la puerta central. El cura, precedido por el sacristán que había en-cendido una cerilla para alumbrarle el camino, penetró en aquella cueva helada, que repetía desmesuradamente el ruido de los pasos. En el altar mayor, muy lejos, había una claridad difusa.
-¿No hay lámpara en el altar mayor? ¿No está el Santísimo?
-No sumercé, no está, porque el señor cura viejo que se fue para el pueblo de abajo ¡lástima grande de hom-bre! consumió ayer en la madrugada todas las formas, por si sumercé tardaba en llegar y quedaba la iglesia sola por varios días... ¡Arre!... ¡Me estaba quemando los de-
dos! Voy a encender otro fósforo. ¡Soplan aquí unos ven-tarrones del lado del coro, que está sin vidrios! Y eso que una vez los tapé con unos costales...
-¿No hay vidrios en los ventanales?
-El señor cura viejo tenía la idea de hacer un bazar para reunir con qué comprarlos. Hasta ahora, son meras esperanzas...
-¡Entonces, sigamos!
Y tropezando a veces con una banca que gemía al des-pertar de un sueño sepulcral, y otras cayendo de bruces en las gradas podridas de un confesonario, con los brazos tendidos hacia adelante para tantear los obstáculos, el cura seguía en pos del sacristán, que agitaba las gruesas llaves de vez en cuando para orientarlo en las tinieblas. Pasaron por un túnel largo y estrecho que olía a moho y debía ser la sacristía, pues estaba lleno de trastos que crujían de pronto, cerrando el paso. Por una puertecilla tan baja de umbralado que fue necesario agacharse para franquearla, salieron a un corredor o pasadizo, de tierra apisonada y resbalosa. A trechos tendría charcos y hendeduras, porque los pies del cura chapoteaban sonoramente entre el barro. Una gallina que empollaba en las vigas del techo, al sen-tirlos sacudió las alas y cacareó un momento. En un rin-cón del corredor se oyó el gruñido de un perro, que al olfatear al sacristán y oírse llamar por su nombre, volvió a dormirse. Una canal rota goteaba sobre un tarro de lata. Al final del corredor, tras una puerta de madera cuyas ho-jas batían golpeadas por el viento, se encontraba la alcoba destinada al párroco. El Caricortao encendió una nueva cerilla, mascullando maldiciones entre los dientes, y la arrimó a un mechón de sebo que ensartado en una botella de cerveza se encontraba sobre una mesa de palo. Este trasto, con la cuja que se veía en el rincón y la silla de estera desfondada que estaba junto a la cuja, componían el mobiliario de la alcoba. El señor cura tiró del cajón de la mesa, para guardar la cartera de sus papeles que no ha-bía querido desamparar en todo el camino. Antes la abrió con mucho tiento, y extrajo una cubierta grande, pesada, sellada con lacre.
-Toma; me la dieron de parte del señor gobernador, para el señor alcalde. Prefiero que la entregues esta mis-ma noche, si no es muy tarde, porque me dijeron que es cosa importante. Dile al alcalde que mañana iré a verle. El sacristán agarró la cubierta con la mano que te-nía libre, y se la puso entre los dientes, para levantar con ambas manos y sin estorbos la maleta del cura. La descargó de un solo golpe sobre la mesa, y como un tinti-neo metálico saliera del cajón, el cura acercó la vela para ver lo que había.
-¿Qué cosa es ésta?
Por un momento cruzó por su mente el pensamiento de que aquello no podía ser sino un cilicio, y las manchas negruzcas de sangre seca que tenía en las puntas, debían provenir quizá de las carnes atormentadas del párroco viejo. Se enterneció casi hasta verter lágrimas, por ser hombre sensible a los dolores ajenos, y dijo con voz pau-sada, para dominar el temblor que podría destemplarla:
-¿Qué cosa es ésta?
-¿Eso?... ¿¿Que qué es eso, dice sumercé?. ¡Pues
la espuela del señor cura viejo! ¡Y la falta que le habrá hecho en esos tremedales del páramo, donde se entierran las mulas hasta la cincha y hay que sacarlas a espolazos! ¡Las maldiciones que me echó porque no encontré la ben-dita espuela!
El sacristán se tocó el ala del jipa con dos dedos y dijo:
-Mañana vendré temprano a tocar las campanas para la misa de cinco. Si recordará su reverencia que es primer viernes. A las seis debe llegar la boba para barrer la casa y preparar el desayuno. Por la tarde tenemos Rosario con Bendición. Pasado mañana, que es sábado, hay confesio-nes y doctrina para los chicos de la escuela. Si algo le falta a sumercé, mañana me lo dice. ¡Ah! Ya se me estaba olvidando. A yo me puede llamar el Caricor-tao, que es como todos me mientan... Y buenas noches, y que sumercé descanse. Voy corriendo a llevarle ese pa-pel al alcalde.
-Dios te lo pague -dijo el cura tendiéndole un bi-llete que el otro le rapó casi de la mano y se lo guardó presto en la faltriquera, debajo de la ruana. El cura dio un suspiro de alivio. Se encontraba solo, solo con su alma, más solo que nunca lo hubiera estado a todo lo largo de su vida, que no lo era, pues apenas llegaba a los veinti-cinco años.
Con la mezquina ayuda de la vela, que no tardaría en consumirse, hizo una minuciosa inspección de la habita-ción donde habría de dormir años y años, según pensaba, hasta encorvarse y envejecer y tal vez morir cualquier noche tirado en aquel camastro. El cual estaba cubierto con una sábana pegajosa, una almohada dura de tamo y dos frazadas rojas que despedían un olor a ropa sucia y sudada. Haciendo de tripas corazón y dominando el can-sancio que le encalambraba las piernas, se desvistió aprisa y se arrodilló al pie del lecho. Pensaba dormir de un tirón una vez despachados las oraciones y y el oficio. Dor-miría hasta la madrugada, sin despertar un momento, derrengado por el sueño y el cansancio.
Girones de imágenes, nieblas paramunas y ventoleras, cruzaban de prisa ante sus ojos. Veía al Caricortao es-perándolo en el pueblo de abajo, a la orilla de la carrete-ra... Y el áspero camino, cortado por peñas y precipicios que daban vertigo... Y la llovizna que le golpeaba el rostro... El cansancio le entumecía las piernas... Pasaba raudo el grupo amable de los seminaristas y los sacerdo-tes que fueron sus profesores y directores en el Seminario. El día de ayer lo despidieron con lágrimas en los ojos. Y ahora volvía este este dolor tenaz, sordo, en las corvas y la cintura... La lluvia seguía cayendo, y una gota insistente, pesada, monótona, golpeaba en el tarro de lata, en el co-rredor...
-¡Pensar que era una espuela! -sonrió amargamente.
Un ruido irregular se escuchaba del lado de la male-ta que permanecía abierta, medio vacía, sobre la mesa. Pensó que los ratones cenarían con su cepillo de dientes... ¡Bah! ¡Qué importa!... En aquel momento la vela se esponjó en un postrer resplandor y se apagó de golpe. Una racha helada golpeó las batientes de la puerta. Arro-dillado al pie de la cama, el cura, vencido a medias por el sueño pero sin poder al mismo tiempo dominar el torrente de sus pensamientos, comenzó a rezar el Rosario...
El Caricortao había salido de la iglesia, y una vez en el atrio, tomó las mulas por el ronzal para llevarlas a beber a la pila, antes de soltarles a que pasaran la noche paciendo en la plaza. Era demasiado perezoso para ocu-rrírsele llevarlas al potrero. En aquel momento brilló la luz de una linterna en la ventana del alcalde, y se escuchó un silbido.
-¡Ya voy, mi amo! No le dejan a uno ni respirar-, masculló entre dientes.
Luego de beber dos o tres sorbos de agua en el chorro de la pila, y limpiarse la hirsuta barba con una punta de la ruana, arrastrando los pies se encaminó hacia el alcalde. Un hombre de mediana edad, rostro abotargado, barba descuidada, ojos legañosos, más dientes despor-tillados en la boca, asomó la cabeza por entre el hueco dejado en la ventana por un vidrio roto.
-¿Qué tal?-dijo. ¿Cómo te pareció el cura?
El sacristán chasqueó la lengua contra el paladar y menéo dubitativamente la cabeza.
-Asina no más, sumercé... ¡Muy mocito!... Tendrá veinticinco años.
-¡Ajá!... En pocos días lo amansaremos y lo pon-dremos a comer sal en la mano... ¿Me trajo la carta?
-Aquí mismito la tiene, sumercé. Advirtió el señor cura que era muy importante, y agregó que mañana pasaría a verlo... Se me ha metido en la cabeza que son las cédulas que sumercé estaba esperando...
-Tú cállate. ¿Qué te importa lo que venga en la carta? ¡Y lárgate pronto! Ahora no corras a llevarle el cuento al notario...
-Como el señor notario también estaba esperando las cédulas... ¿Y sumercé no ha visto todavía al hijo de don Roque Piragua?
-¿Quién te contó que había llegado?
-Entonces sí era el hijo de don Roque Piragua el que llegó esta tarde.
-Y tú, ¿qué sabes? ¿Pero por qué lo sabes?
-Me contaron allá abajo, en el otro pueblo, que había contratado una bestia en la madrugada para subir al Alto...
-¡Pues yo no lo he visto! Hoy mismo le hice noti-ficar por el secretario que sólo podría permanecer dos días en este pueblo, mientras liquida la herencia. ¡No que-remos rojos en el pueblo! El notario anda en esas cosas... Lo estoy esperando...
-Y el viejo don Roque, ¿no ha dicho nada?
-Yo qué sé... Ahora, ¡lárgate!... Aunque no, espera un momento. Corre hasta la tienda de la plaza de abajo, y ves si ya salió el notario de la casa de don Roque...
Un bulto negro se deslizó pegado a las paredes, tan-teándolas con las antenas de los brazos, y a poco llegó ante la ventana del alcalde el propio señor notario. Era bajo de cuerpo, viejo, achaparrado, y usaba unas gruesas gafas de aro de plata, porque era muy cegato.
-¡Por Dios, compadre! ¿Cuándo tendremos luz eléc-trica en este pueblo? Ya la tienen todos los de la pro-vincia, hasta los más infelices, menos éste. Por poco me descalabro contra los barrotes de la cárcel, allí en la esquina...
-¿Y cómo le fue, compadre?
-Ahora lo verá, compadre... ¿También estás tú aquí, Caricortao?
En este momentico me iba a buscarlo a sumercé, por orden del señor alcalde...
-Entonces, ¿llegó el nuevo párroco?
-Lo dejé ahorita mismo en su casa.
-¿Viejo... joven... simpático... taimado?
-Para decir, verdad, muy poco habla. Es jovencito.
Así, por encima, por lo que pude catear entre dos luces, no tiene el temple del señor cura viejo. ¡Quién sabe si será de los nuestros! ¡Eso Dios lo sabe!
-Ahora, vete... ¡Vete pronto!... Tengo que hablar dos palabritas con el compadre antes de recogerme, que ya es tarde... ¿Qué te quedas mirando? ¡Lárgate, he dicho! Luego me avisarás lo del mandado... Mejor mañana.
El sacristán, mohino, se arremangó las perneras de los pantalones y sin prisa se adentró en las sombras de la plaza, dio vuelta a la esquina y se perdió en la noche.
-¿Y qué hubo, compadre?
-Ahora lo verá, compadre... Ya quedó todo arre-glado. De allá vengo, y don Roque y el Anacleto leyeron y firmaron las escrituras. La herencia de la madre de Anacleto vale unos cuarenta mil pesos, según mis cálcu-los la casa de la plaza de abajo, que es de las mejores del pueblo; la estancia de Agua Bonita, en el Alto de la Cruz, que da muy buena papa cuando no hiela; dos vacas, el caballo tuerto... Las ovejas sí son de don Roque.
-¿Y la tienda hace parte de la casa?
-El local también es de Anacleto, pero las mercancías son de don Roque, y para decirle verdad a mi compadre es la tienda mejor surtida del pueblo. ¡Me río de la de Rafo!
-¿Y pudo hablar de aquellito con el muchacho, compadre?
-Sí, señor, pude hablar con él. Tenía un tufo que botaba de espaldas, pues se olía a leguas que había estado bebiendo toda la tarde...
-¡Con mi secretario, claro! Alguien me dijo que estu-vieron de piquete donde las gordas...
-Como ante todo lo que quiere es dinero contante y sonante, me dijo que estaba dispuesto a venderle a mi compadre toda la herencia por veinte mil pesos: una mitad de contado y la otra mitad con letras. Tal como convinimos con don Roque...
-¡No está mal, no está mal! Sólo que mi compadre tendrá que escribir esas letras, y conseguir el fiador,
porque yo poco entiendo de esas marrullas de las leyes. ¿Y cuándo se va el muchacho?
-Mañana por la noche, en recibiendo la plata, por-que la escritura de venta aquí la tengo ya firmada y en regla... ¡No se quejarán don Roque ni mi compadre!
-Mañana celebraremos el negocio con un piquete en la quebrada, que nos ofrece el viejo donde las gordas, apenas despachemos al muchacho. He resuelto hacerlo acompañar por los dos guardias del municipio hasta el pueblo de abajo, porque me ha entrado espina de si no va entrevistarse con los bandidos que andan escondidos en Llano Redondo, por cuenta del Pío Quinto...
-¡No me diga, compadre! ¿De manera que todavía anda suelto ese bandido? ¡Parece mentira la debilidad de estos gobiernos!
-Pues el Pío Quinto Flechas está muy campante en el otro pueblo, mangoneando a los rojos que sacamos de aquí. Pero ya verán... ¡Allá les mandamos al cura viejo, que es muy zorro...! Por el camino se enderezan las cargas, compadre. Arrieros somos y en el camino nos encontramos.
-Así será, compadre. Y pasando a otra cosa: ¿no mandó el señor cura una carta para don Roque Piragua? Son las cedulitas que estábamos esperando...
-Mandó una carta, sí señor, pero no para don Roque, sino para mí. Eso de las cédulas lo conversaremos más tarde...
-Entonces mañana hablaremos, y si mi compadre quiere, cuando venga el señor cura me manda llamar y yo le diré después cómo me pareció el nuevo párroco. ¿Me presta su candela para encender este cigarro? ¡Gra-cias, gracias! Ya me voy, porque otra vez está lloviendo y la vieja no se duerme hasta que yo no llego. ¡Maldito páramo!
-Y diga, compadre... ¿Se amistaron don Roque y el Anacleto?
-No se dijeron esta boca es mía, como si no fueran ni prójimos. El viejo no le perdonará nunca al muchacho el haberle salido rojo. Conmigo sentía hasta vergüenza, y apenas se atrevía a mirarme. El muchacho salió a su tío, y es muy insolente. Cuando me despedí de ellos, que ambos firmaron las escrituras sin mirarse, el viejo subió renqueando las escaleras para acostarse en la pieza de arriba, y el Anacleto se quedó en la de abajo, para dormir sobre el mostrador de la tienda... Yo tengo miedo... Se
me ha metido en la cabeza... ¡No sé si debería decír-selo, compadre!
-¿Miedo?
-¡Miedo de que ese rojo bandido del muchacho mate un día de estos a don Roque, que es tan buen godo! ¡Tan buen godo! Recuerde, compadre, que cuando don Roque echó al muchacho de de la la casa, hace tres años, éste juró que cualquier día volvería a vengarse...
-De veras... ¡Ya no me acordaba!
-Gracias a Dios se va mañana el Anacleto... ¡Ave María Purísima!... ¡Haberle salido rojo ese muchacho! Es lo que yo digo cualquier día lo mata, porque de es-tos rojos no hay que fiarse... Diga una cosa, compadre: ¿no sería bueno que esta noche le mandara los guardias? En fin: son aprensiones mías... ¡Buenas noches, compadre!
-¡Buenas las tenga, compadre!
El cura, asaeteado por una legión de chinches que habían practicado ayuno con abstinencia durante varios días, y un ejército de pulgas que tenían hambre atrasada, no pegaba los ojos. A tientas buscó entre los bolsillos de la sotana, que tenía doblada sobre el espaldar del asiento, una caja de fósforos. Cuando al fin la halló, restregó el primero en el suelo, y afanosamente se dió a husmear por los rincones y en el cajón de la mesa para ver qué encon-traba para alumbrarse. En el cajón halló un cabo de vela, que colocó en la botella con grandes precauciones, para resguardarla del viento. Luego, tiritando, se arropó en el bayetón que todavía húmedo colgaba de la cabecera de la cama. ¡Todo sea por el amor de Dios!, dijo para sí, e intentó rezar su Rosario. En su reloj eran las once de la noche, y la llovizna continuaba cayendo. Quería concentrar su espíritu en el rezo, pero la voluntad se le escapaba como agua en cedazo. La rasquiña de las ronchas y el dolor de las corvas y la cintura, no le daban reposo. Tenía medio cuerpo en ascuas, y medio helado. Era un hombre joven, de cue cuerpo alto y enjuto, endurecido en voluntarias privaciones. Una seriedad prematura abría dos pliegues paralelos en mitad de su frente, que era muy despejada; pero sus ojos negros y muy muy vivos tenían una mirada irónica y risueña, ña, a, como de niño. Porque este varón fuerte padecía de una tentación que solía perturbar el curso plácido y exaltado de su rica vida interior, y era que veía el lado flaco de las personas, y el aspecto ridículo de las cosas, y la paradójica contradicción que existe entre las ideas y los hombres que las profesan, y los sentimientos y los ojos a que se asoman. Prescindiendo de esta particularidad de su carácter, que podría atribuirse a su extrema juventud, era un hombre muy digno. A veces lo desalentaba y aun lo llenaba de vergüenza la pretensión de alcanzar la perfección de los santos. Mas es lo cierto que en lugar de la sabiduría a que lo destinaban sus maestros del Seminario, preferiría conquistar la paz que se promete en este mundo a los verdaderos ascetas. Por eso resistió visiblemente la tentación de viajar al Pío Latino de Roma, cuando sus superiores, interesados en el desarrollo de su inteligencia grave y penetrante, le ofrecieron una beca en el famoso instituto. Al ordenarse, hacía seis meses escasos, pidió al obispo que le enviase al último curato del país, el más remoto y anónimo, aquel que siempre destinaron en las diócesis a los curas viejos y rústicos, que se convierten a la larga en torpes campe-sinos con sotana para quienes las órdenes sagradas más que sacerdocio son oficio. Fueron vanos los esfuerzos que hizo el obispo por disuadirlo de aquella idea, pues el joven sacerdote tenía talento para la oratoria sagrada y una feliz disposición para las letras divinas. Hundirlo en un pueblo sería perderlo para destinos más altos en la ciudad, donde tanta falta hace un clero docto.
-Precisamente para alcanzar la perfección que deseo debo humillarme y ser el menor de todos; sumergirme en el melancólico purgatorio que es un curato pobre había dicho el joven sacerdote a monseñor, abriéndole de par en par el corazón como a su propio padre. No aspiro a una carrera brillante, y sólo sé de la jerarquía porque la obedezco, pero temería disfrutarla. No quiero volver jamás a la ciudad. Deseo simplemente, como lo dice el Evangelio, ser un pastor de ovejas, o si Su Excelencia lo. prefiere, un rústico guardián de pobres diablos.
El obispo, que vio en aquella tranquila renunciación del sacerdote no una llamada de la vocación divina sino más bien un capricho juvenil, lo envió sin entusiasmo a ese pueblo casi desconocido y perdido entre las nieblas de la cordillera, rodeado de páramos, precipicios y cal-veros, y poblado de gentes que viven de cuidar ovejas, engordar cerdos y cosechar cebada.
-Dios te lleve con bien le había dicho el obispo al despedirle dos días antes. Sigue el camino recto que es muy estrecho, sin mirar a los lados para no dejarte tentar por las cosas mezquinas y los vanos halagos, entre los cuales hallarías los cardos de la maledicencia y sobre todo los abrojos de la política. En ese pueblo, si bien es
cierto puedes encontrar el paraíso espiritual en el silencio, la soledad, la ausencia del mundo, la simplicidad de las costumbres y la sencillez aldeana, también puedes caer de bruces, sin saber a qué horas, en un infiernillo de pequeñeces. Para mí eso sería más terrible y doloroso que luchar contra un infierno de cosas grandes. Ya soy viejo, poco leo porque con la edad he perdido casi completa-mente la vista, y mi memoria flaquea aun en aquellas ceremonias que en mi vida he realizado varios miles de veces. No sabría decirte por eso cuál de nuestros Padres dijo que preferiría la muerte en el martirio, a vivir entre gente de corazón duro e inteligencia mezquina, perver-tida por la ignorancia de las verdades eternas. Puedes encontrar, repito, tu paraíso espiritual o un infierno espan-toso en ese pueblo. Quiera Dios lo primero y te dé fuerzas para combatir lo segundo. Sobre todo, Dios te libre de un purgatorio lento. Para endulzar el dolor y los desen-gaños, El te dio una sonrisa ingenua, y para perdonar a los hombres te hizo inteligente. Ahora vete, y vete pronto. De viejo he venido a apegarme a las personas, y me duele verte partir porque me asalta el temor de no verte llegar. Y te digo la última palabra para que puedas disculpar este desfallecimiento de mi corazón viejo nada hay, hijo mío, tan difícil en el camino de la perfección espiritual, como el libertar el corazón del amor a las cosas. Más fácil es olvidar a los hombres que prescindir de ellas. Estoy seguro de que de mí no te acordarás en seis meses. cambio de la casona amable y dulce del Seminario, de tu celda de sacerdote, de tu primer confesonario, del rincón tibio de la capilla en que rezabas de eso te acordarás toda la vida, y para ser perfecto, también de eso y por amor de Dios te debes olvidar. En
En aquel momento, sintió que la cabeza le daba vuel-tas, la lengua, seca como una estopa, se le pegaba al paladar. La imagen del obispo se le perdió entre las nieblas. Se levantó trabajosamente de su asiento, tem-blando de frío, y con manos convulsas buscó el reloj que no recordaba dónde había puesto. Marcaba las once y media de la noche; pero cuando se lo acercó al oído en un gesto maquinal, cayó en la cuenta de que se había detenido. Esto lo hizo pensar que bien podía suceder que la medianoche fuera pasada, caso en el cual, aunque muriese de hambre, y sobre todo de sed, pues no había pasado bocado en todo el día, fuera del aguardiente que le dio el sacristán en el páramo, tenía que vencer su debilidad física mientras pasaba la noche. Si cedía a la
tentación de beber, su primera misa en el aquel pueblo quedaría mancillada por un pobre pecado que no come-ten los niños. Seguía lloviendo y la canal rota del patio vertía en el cubo, rebosante, una gota pesada e insistente. Debía ser un agua fría y sabrosa, que podría inundar a raudales su fauces secas y empapar su lengua gruesa y estropajosa en la que se cuajaba la saliva. Mientras paseaba por la alcoba, que era pequeña, de techo bajo y piso de ladrillos rotos y mal pegados, pen-saba en uno de sus temas preferidos de meditación, que eran los padecimientos de Jesús crucificado. Y ahora le parecía que ni el dolor de las manos y los pies, tala-drados por los clavos; ni la frente rasgada y tumefacta por la corona de espinas; ni los calambres del pecho, dis-torsionados por los brazos en cruz nada debió superar aquel tormento de la sed que ahora a él mismo lo devo-raba, lo abrasaba, lo encendía en un deseo tan violento y tenaz, que estaba a punto de sucumbir. Varias veces se llegó al rincón del corredor y hundió las yertas manos en la fría agua del cubo y se enjuagó la boca. Los labios, torcidos en un gesto de amargura, tenían un sabor acre, y las carótidas hinchadas palpitaban sordamente.
-¡Dios mío, Dios mío! -exclamó el buen cura, con la cabeza contra los ladrillos del piso, tiritando de angus-tia. ¡Perdóname! Por la sed que sentiste en la cruz tienes que perdonarme, porque daría mi vida entera por un sorbo de agua.
El notario se arrebujó en su ruana, y tanteando las paredes con una mano mientras tenía la otra bien apo-yada en su bordón de guayacán, contorneó media plaza y al llegar a una casa baja y espaciosa que miraba a la iglesia, dio dos golpecitos en la ventana.
-¡Ya voy, ya voy! -gritó una voz chillona desde adentro. Casi al punto se abrió a medias el portón, res-guardado con una tranca de madera, y una gruesa señora envuelta en un pañolón de flecos, con una palmatoria en la mano, salió a recibir al notario.
-¿Como te fue?... Y te apuesto cualquier cosa a que no te dio ese sinvergüenza...
-¡Calla, calla, mujer!
-Seguro que no te dio ese sinvergüenza ni un mal trago de brandy... Porque además de infame, porque sa-bes que es un infame, es roñoso y tacaño como si estuviera en la miseria. La María Encarna me contó que no le había querido prorrogar un día más del mes próximo el arriendo