lector
por Hernandez Hernandez José IsmaelCuando uno es niño, le enseñan a no temerle a la oscuridad. Nos dicen que los monstruos no existen, que todo está en nuestra imaginación. Pero eso es mentira.
El mal sí existe.
Y a veces... lleva la forma de algo que no debería moverse entre los árboles.
Mi nombre no importa todavía. Lo que deben saber es que yo lo vi. Y sobreviví.
Todo empezó cuando tenía doce años. Acababa de terminar el primer año de secundaria. Mis amigos y yo hablábamos entre carcajadas sobre quién sacaría mejor promedio. Hacíamos apuestas tontas, celebrábamos que, por fin, venían las vacaciones.
Yo ya sabía adónde iría
mi familia había rentado casi todas las habitaciones de un centro vacacional construido en medio de un bosque. Era un lugar apartado, con cabañas de madera, un pequeño parque acuático, y esa calma que sólo existe lejos de la ciudad. Sonaba perfecto.
Esa misma noche, después de cenar, hice mi maleta. La llené de cosas que no usaría, como suele hacer uno a los doce. Me fui a dormir temprano, aunque apenas pude cerrar los ojos con tanta emoción.
A las cuatro de la mañana, mi madre me despertó. Su voz era suave, y su mano tibia sacudía mi hombro con ternura.
—Vamos —me dijo—. Ya es hora.
El viaje al aeropuerto fue una mezcla de bostezos, neblina y silencio. Dormí casi todo el vuelo. Al aterrizar, tomamos un taxi. En cuanto cruzamos la entrada del centro vacacional, vimos llegar al resto de la familia: tíos, tías, primos... algunos que no veía desde hacía años.
Nos instalamos. La tarde pasó entre risas y caminatas cortas por los senderos. Todo parecía tranquilo.
Aquella noche, durante la cena, uno de los guías del centro anunció una actividad para los más madrugadores: un recorrido ecológico al amanecer. Nos prometieron que veríamos las aves despertar, huellas de ciervos, y si teníamos suerte, algún zorro.
Mis padres —tan entusiastas con esas cosas— nos apuntaron a todos.
A las cinco de la mañana, aún con la bruma cubriendo los pinos, salimos con linternas y mochilas pequeñas. Íbamos en fila, el guía al frente, y el bosque entero susurrando a nuestro alrededor.
Los pájaros comenzaron a cantar. El aire olía a tierra mojada. Y aunque yo no soy de madrugar, debo admitirlo: había algo mágico en esa calma.
Nos detuvimos junto a un claro. El guía hablaba de hongos y líquenes, y mis primos y yo empezamos a alejarnos un poco. No mucho. Sólo unos pasos, explorando. Uno de ellos —David— dijo que había visto algo brillar entre los árboles. Como un reflejo.
—Seguro es una botella —le dije, pero él no me escuchó. Caminó hacia los arbustos.
Y entonces... lo escuchamos.
Un crujido. Seco. Como huesos quebrándose bajo una bota.
Luego, un grito. No uno de juego. Uno real.
Corrimos hacia donde se había ido David, y lo vimos.
La criatura estaba ahí.
Era... incorrecta. Como si algo hubiese tratado de imitar a un ser vivo, pero se hubiera rendido a la mitad. Su piel parecía quemada y cruda, y sus ojos... eran pozos negros que no reflejaban la luz.
Una de sus garras atravesó el pecho de David. El sonido que hizo fue húmedo y espeso. Su cuerpo tembló y luego cayó como un muñeco de trapo.
Gritamos. Corrimos. No había tiempo para entender, sólo para huir.
Los árboles se volvieron paredes. El bosque era un laberinto. Escuchábamos los gritos de los adultos, uno por uno, apagándose. Como velas que alguien soplaba en la oscuridad.
Tropecé con una raíz. Sentí cómo algo crujía en mi pierna. El dolor fue inmediato, Caí.
Y entonces la vi de nuevo.
La criatura.
Se acercaba. Podía olerme.
No podía moverme.
Se lanzó.
Tenía garras enormes y con un movimiento rápido, me abrió el abdomen. Sentí el calor de mi sangre escapar. Sentí el desgarro caliente en mi abdomen. El mundo giró. Y justo cuando todo iba a terminar, el sol... el sol apareció.
Un rayo tocó a la criatura. Chilló. No como un animal. Como algo que no debería tener voz. Retrocedió. Y luego se desvaneció entre las sombras.
Desperté en un hospital.
Tenía el abdomen vendado, una ortesis en la pierna y agujas clavadas en mis brazos.
Desperté con una sensación de pesadez insoportable. Como si el sueño no hubiera sido un descanso, sino una prolongación de la pesadilla. El mundo a mi alrededor era difuso, blanco, estéril. El zumbido constante de una máquina a mi derecha me indicaba que seguía con vida… aunque todavía no entendía por qué.
Una enfermera ajustaba el suero en silencio. No notó de inmediato que había abierto los ojos. Me quedé mirándola con fijeza, como si fuera parte de un sueño todavía no resuelto. Cuando se percató, retrocedió un paso, visiblemente alterada. Sus ojos se abrieron como si hubiera visto un fantasma.
No dijo nada. Simplemente salió de la habitación a toda prisa.
Intenté incorporarme, pero el dolor me envolvió como una red apretada. Antes de que pudiera moverme demasiado, la misma enfermera regresó, esta vez acompañada por dos policías. Me miraban con una mezcla de sospecha y compasión. La tensión era evidente.
—Necesitamos su declaración —dijo uno de ellos, tomando asiento junto a mi cama—. Queremos saber qué ocurrió allá en el bosque.
Pensé en contarles la verdad. En esa cosa imposible que se había alzado entre los árboles, devorando la noche y la razón. En sus ojos, o en lo que fuera que tuviera por ojos. En su aliento putrefacto, en sus garras ensangrentadas. Pero supe, en ese instante, que si hablaba, me internarían. Me etiquetarían como víctima del trauma, o peor, como un lunático.
Así que mentí.
—Fuimos atacados —dije—. Por algunas personas. No los vi bien. Estábamos acampando y… nos emboscaron.
Los agentes intercambiaron una mirada breve, casi resignada. Asintieron. Parecía que no era la primera vez que escuchaban una historia así.
—Lo sentimos por su familia —dijo el otro—. Descansen.
Y se marcharon.
El hospital se convirtió en una prisión de paredes blancas y rutinas mecánicas. Cada día era una repetición silenciosa del anterior: revisiones médicas, visitas breves de psicólogos, y una que otra enfermera amable que evitaba hablar del “accidente”. Nadie me decía lo que realmente quería saber: qué habían encontrado allá. Cuántos cuerpos. En qué estado. Si alguien más había sobrevivido.
Una mañana cualquiera, mientras el televisor colgado en la esquina de la habitación escupía noticias matutinas, vi las primeras imágenes del sitio. Una toma aérea del bosque, acordonado con cintas amarillas, y luego el rostro de una reportera repitiendo palabras como “masacre”, “crimen sin esclarecer”, “ningún detenido”. Aparentemente, era un caso sin precedentes. La policía no encontraba móviles, ni sospechosos, ni pistas claras. Todo apuntaba a un acto de violencia irracional… o eso decían.
La nota me dejó helado. No solo por lo que mostraba, sino por lo que no decía. Nadie mencionó los rugidos. Nadie habló de cuerpos desgarrados de forma inhumana. Todo era tratado con una sobriedad impersonal, como si maquillaran el horror con palabras técnicas. Pero yo había estado allí. Y sabía que eso no fue obra de personas.
Fue esa noche cuando decidí buscar respuestas por mi cuenta. Pedí una tableta “para distraerme”, según dije. En realidad, quería internet. Comencé por buscar el nombre del bosque. Las noticias repetían lo mismo: especulaciones, teorías de culto, algún crimen organizado. Pero no tardé en escarbar más profundo.
Foros antiguos. Blogs abandonados. Comentarios que hablaban de cosas extrañas sucedidas allí desde hacía décadas. Luces en la noche. Desapariciones. Testigos que hablaban de “el guardián del bosque”. Al principio eran solo cuentos… o eso pensé. Hasta que di con un texto viejo, escaneado de un libro olvidado en alguna biblioteca digital. Hablaba de una criatura ancestral, temida por los pueblos originarios. Algo que dormía en lo más profundo del bosque, y que no debía ser despertado.
El nombre “Elías Salgado” apareció como una nota al pie, mencionando un enfrentamiento ocurrido en los años 80. Un hombre que, según algunos, logró herir a la criatura… aunque no destruirla.
En ese momento, entendí que lo que vi no era el final de algo.
Era el principio.
Profundicé aún más. Rastros, rumores, entrevistas marginales. Al final, hallé una dirección que, si bien no confirmaba su identidad, representaba mi única pista sólida. No podía saber si era realmente él, pero en aquel momento, sin familia, sin rumbo, y con un propósito naciente en el pecho, no tenía nada que perder.
Tras recibir el alta médica, fui trasladado temporalmente a un orfanato dentro de la misma ciudad. La ausencia de familiares que pudieran hacerse cargo de mí me convirtió en un expediente que debía archivarse con rapidez. Acepté mi destino sin resistencia. Sabía que solo era una etapa pasajera.
Decidí esperar. Mis heridas aún necesitaban tiempo para sanar del todo, y el furor mediático en torno a la tragedia —que los medios habían bautizado como "La Masacre del Refugio Verde"— seguía fresco en el imaginario colectivo. Sabía que actuar en ese momento solo me pondría en peligro.
Durante ese periodo, evité todo contacto con los demás niños. No por desprecio, sino por necesidad. Necesitaba pensar, investigar, trazar un plan. Con ayuda de un par de muletas recorría en silencio los pasillos del orfanato, buscando momentos de soledad en los que reflexionar y escarbar aún más en la historia del ente. La red estaba saturada de teorías, podcasts y documentales caseros sobre mi caso. Algunos me llamaban "el sobreviviente maldito". Otros, "el testigo del abismo". Cuando finalmente recuperé por completo la movilidad en la rodilla, ya solo quedaba una cicatriz pálida donde antes hubo dolor. Ese día, supe que era el momento. Había llegado la hora de iniciar la segunda etapa.
Ya no podía quedarme allí, en ese orfanato que olía a desinfectante y resignación. No era mi hogar, ni lo sería nunca.
Tenía una dirección. Un nombre. Y una necesidad que crecía en mi interior como una raíz maldita: la necesidad de comprender, de enfrentar.
Esa noche empacaba con manos temblorosas. No llevaba mucho: un par de mudas, algunos billetes escondidos en la plantilla de mi zapato, y mi celular que había logrado mantener gracias a una trabajadora social que se apiadó de mí. En él, aún brillaba la dirección que había encontrado en uno de los foros más oscuros, casi como si me observara desde la pantalla: Callejón del Cedro, sin número, San Nicolás, Veracruz.
No había un plan concreto. Solo un punto en el mapa.
Me escabullí por la cocina trasera, cuando las luces ya estaban apagadas y los cuidadores cambiaban de turno. No fue difícil. Nadie esperaba que un chico cojo escapara. Y nadie lo notaría hasta la mañana siguiente.
Caminé hasta la terminal de autobuses más cercana, cubriéndome con una sudadera gris. Y Compré un boleto hacia Veracruz
El trayecto fue largo. Casi diez horas por carretera, entre cerros cubiertos de neblina, casetas y pueblos Me pasé gran parte del viaje mirando por la ventana, repasando una y otra vez la imagen de la dirección en el celular, como si al mirarla pudiera absorber su significado.
Cuando el autobús por fin se detuvo, sentí que algo dentro de mí se cerraba. Atrás quedaban las ruinas de mi vida anterior. No tenía certeza de lo que me esperaba. Solo la intuición de que ese hombre —fuera quien fuera— tenía respuestas. O al menos sabía cómo hacerle frente a lo que me había arrebatado todo.
Caminé por las calles empedradas del pueblo, preguntando con cautela por el callejón. La mayoría no sabía, otros preferían no hablar.
Hasta que, Pasando por una calle, vi a unos niños jugando con una pelota y a dos mujeres cargando algunas compras. Me acerqué a preguntarles por la dirección. Y me señalaron un camino a las afueras, junto al río, donde las casas estaban más separadas y el silencio pesaba.
Seguí sus indicaciones hasta llegar a una vivienda, Toqué la puerta mientras, en mi mente, practicaba lo que le iba a decir. De pronto, una voz me interrumpió desde una ventana.
—¿Quién?
Como pude, me presenté. Me observó por unos segundos antes de responder:
—Sí, te vi en las noticias...
Le dije que necesitaba hablar con él. Me abrió el zaguán y me invitó a pasar a su sala. Él tomó asiento, y yo le expliqué lo que había pasado. Se levantó del sillón y fue a un trinchador, de donde sacó unos papeles mientras decía:
—Así que lo viste… y sobreviviste. Supongo que ya sabes lo que dicen de mí. Sí, estuve a punto de matarlo... pero no pude ganarle. Al contrario, perdí algo.
Entonces vi la prótesis en el muñón de su mano izquierda y entendí a qué se refería.
Comenzó a hablar de nuevo:
—Esa cosa es un ente del bosque. Regresa cada 13 años para matar a cualquier ser humano que tenga la desgracia de cruzarse con él. Yo intenté hacer justicia... pero fracasé.
Ya tenía lo que quería: una confirmación. Pero también quería vengarme. Le pedí que me dijera todo lo que supiera sobre esa cosa. Él me miró, luego sonrió y dijo:
—¿No escuchaste nada de lo que te dije? Esto no es un juego, niño. No sabes con qué te estás metiendo.
No me interesaba. De no ser por el sol, yo también habría muerto ese día. ¿Qué importaba si lo hacía unos años después? Así que insistí, y al ver mi determinación, aceptó:
—Estás loco, niño... pero supongo que lo harás con o sin mi ayuda. Al menos sabrás con exactitud en qué te estás metiendo.
No me interesaba. De no ser por el sol, yo también habría muerto ese día. ¿Qué importaba si lo hacía unos años después? Así que insistí, y al ver mi determinación, aceptó:
—Estás loco, niño... pero supongo que lo harás con o sin mi ayuda. Al menos sabrás con exactitud en qué te estás metiendo.
Me ofreció un cuarto para quedarme y dijo que al día siguiente empezaríamos.
Era una habitación modesta, con una cama dura, un buró con una lámpara sin pantalla y una ventana cubierta por una sábana en lugar de cortina. Me sentí cómodo. No por el lugar, sino por la certeza de que, al fin, estaba en movimiento.
A la mañana siguiente, tras ofrecerme un café de olla, me mostró unos libros antiguos, algunos encuadernados con cuero deslavado y otros escritos a mano. En ellos se hablaba de esa criatura: su origen, sus patrones, sus poderes... y una posible forma de acabar con él.
—Este hechizo —dijo, señalando un fragmento escrito en latín con tinta rojiza— no debe pronunciarse mal. Si lo haces, el ente puede volverse contra ti. No perdona errores.
Hizo una pausa. Me miró largo rato, luego cerró el libro con cuidado.
—Ven, ayúdame a cargar esto.
Y así comenzó una rutina peculiar. Durante mi estancia allí, yo era el encargado de ir por los alimentos al tianguis, barrer la entrada y, en ocasiones, reparar cosas pequeñas: un foco suelto, una fuga en la llave, una silla rota. Nada importante, pero todo necesario. El anciano no era un mentor típico. No tenía paciencia, pero sí una voluntad férrea para enseñarme lo que sabía… si estaba dispuesto a ganármelo.
Había estudiado con sacerdotes, monjes y, según me confesó una tarde lluviosa, con un exorcista retirado que vivía en un convento olvidado en Puebla.
—Los demonios son más viejos que tu apellido —me dijo—. Nunca los subestimes.
Usábamos una Biblia desgastada, con márgenes llenos de anotaciones diminutas en tinta azul, negra y a veces roja.
También me enseño lo que eran los pecados capitales, las jerarquías demoníacas, y todo lo que puedas imaginar. Me enseñó a usar agua bendita con intención, a reconocer una posesión real frente a una crisis psiquiátrica, y a usar el rosario como un arma... no como un adorno.
—No se trata de gritar más fuerte —decía mientras lo sostenía con firmeza—. Se trata de quién está contigo cuando lo haces.
Al mediodía, entre las 12 y la 1, me conectaba a clases en línea. Fue difícil conseguir los papeles, pero lo logré. Necesitaba educación formal para la tercera parte de mi plan: entrar al ejército.
El anciano conocía a un sacerdote de la región el padre Samuel que trabajaba con jóvenes en situación de calle. Con una carta de recomendación, documentos cuidadosamente falsificados y algo de suerte, me inscribí en un sistema de educación abierta. Tomando las clases en mi celular.
El anciano se ganaba la vida como entrenador de boxeo. Tenía un gimnasio no muy lejos, entre callejones polvorientos y anuncios descoloridos. Algunas tardes me llevaba con él. Me enseñó las bases del deporte: la guardia, los desplazamientos, el jab, la respiración.
Algunos días hacíamos “salidas especiales”. A veces eran visitas a personas que pedían ayuda por “cosas raras”: voces en las paredes, objetos que se movían, sombras que se veían desde las ventanas. El anciano llegaba con agua bendita, incienso, y una Biblia. Yo lo ayudaba. A veces, solo era sugestión. Pero otras veces… no.
Tenía quince años cuando enfrentamos nuestro primer verdadero infierno.
La mujer se llamaba Marta. Vivía sola en una casa de madera y lámina, a las afueras del pueblo. No tenía televisión ni radio, solo una Biblia rota en la mesa y una muñeca sin ojos que siempre parecía mirar hacia la puerta. El anciano no dudó cuando escuchó su historia: gritos por las noches, objetos volando, sombras que murmuraban su nombre.
Fuimos con el padre Samuel, el sacerdote del pueblo. sabía lo que hacíamos. Nunca lo dijo abiertamente, pero nos apoyaba.
—Esta no es una enfermedad —dijo al ver a Marta encorvada en la esquina de la habitación—. Esto es algo más.
El anciano me miró y asintió. Había llegado el momento.
Preparamos el lugar. Cruz de madera, agua bendita, incienso, una vela.
Cuando el exorcismo comenzó, la mujer gritó con una voz que no era suya. Era grave, hueca, como si viniera desde lo más profundo de una caverna. El aire se volvió denso, el ambiente pesado. Los focos se apagaron sin razón.
—No eres bienvenida aquí —dijo el anciano con voz firme
—¡Está mía! —rugió aquella cosa—. ¡Ella me dejó entrar! ¡Ustedes no tienen poder aquí!
El anciano se acercó, impávido. Me hizo seña de mantener el Rosario sobre mi pecho y seguir mientras él decía algo en latín
La mujer chilló, se retorció, se golpeó contra la pared. Sangre le salía de la nariz, pero sus ojos estaban secos. Gritó mi nombre. Mi nombre completo. A pesar de que nadie en ese pueblo lo conocía.
—¿Quién te lo dijo? —pregunté, aterrado.
—Él —me respondió el anciano, sin mirarme—. El que te está buscando desde antes que nacieras.
Oramos más de una hora. Gritaba, se reía, lloraba. El padre Samuel sostenía el libro de rituales, y yo rociaba agua bendita sobre la puerta y las ventanas. Finalmente, al caer la noche, la mujer vomitó algo oscuro, que se deshizo como polvo ante la luz de la vela. Y entonces… cayó dormida. Un silencio limpio llenó la casa.
En una ocasión, una niña gritó mi nombre sin haberme conocido nunca.
—Eso no fue ella —dijo el anciano, ya en el auto de regreso—. Fue lo que está detrás de ella.
Pasé tres años entrenando con él, en cuerpo, mente y alma.
Por la mañana, aprendía sobre amuletos, rituales, oraciones antiguas, y exorcismos que parecían sacados de libros malditos. Me enseñó a distinguir entre un espíritu errante y una aparición inteligente, entre un mal sueño inducido por el estrés… y una pesadilla enviada por algo que se alimenta del miedo.
Durante las tardes, lo acompañaba a su gimnasio. Allí me forjé como peleador. Me enseñó boxeo con disciplina militar, y a su modo: brutal, directo, sin adornos. No había música. No había espejos. Solo el sonido de los golpes contra el costal, el jadeo de los cuerpos entrenando y su voz firme gritando correcciones. Yo limpiaba, vendía aguas hacía sparring, envolvía nudillos y cuidaba el orden mientras él entrenaba a chavales de barrio, muchos con más rabia que técnica.
—Aprende a recibir golpes, no solo a darlos —me decía—. En esta vida, quien no sabe caer, no sabe levantarse.
Algunos días, las lecciones eran distintas. Íbamos a pueblos cercanos donde lo conocían como “el viejo de la cruz”. Atendíamos casos de actividad espiritual, muchos de ellos falsos o exagerados… pero no todos. Lo vi enfrentarse a entidades que no entendía del todo. Lo vi orar con fe mientras la temperatura de la habitación descendía inexplicablemente. Vi puertas cerrarse solas. Escuché voces que no salían de ninguna garganta.
Y vi cómo, en esos momentos, el anciano no temblaba. No retrocedía. Solo murmuraba su Rosario, con los ojos cerrados y la frente en alto, como un soldado sin miedo a su destino.
Él no me trataba como a un niño. Tampoco como a un igual. Me trataba como a alguien que tenía que sobrevivir. No por lástima. Sino porque veía en mí una chispa que ya había visto antes… quizá en sí mismo.
A veces, en la noche, lo oía rezar solo. No dormía mucho. Decía que los que han visto al diablo de frente, ya no duermen como los demás.
Una madrugada, tras una sesión intensa de entrenamiento, nos sentamos en la banqueta a tomar agua. Me dijo:
—Cuando llegue el momento, no vas a estar listo. Nadie lo está. Pero lo enfrentarás igual, porque no se trata de tener miedo o no… sino de saber para qué vives.
No contesté. Lo entendí demasiado bien.
A lo largo de esos años, no hubo cumpleaños, vacaciones, ni amigos. Pero tampoco los necesitaba. Cada día era parte de una misión. Cada noche, un paso más cerca de algo oscuro que me estaba esperando allá afuera. A veces lo soñaba. Sentía su presencia. Oía el crujido de hojas secas, como aquel día. Y en esos sueños, siempre era yo quien lo buscaba.
Un día, el anciano me dio una caja de madera con cerradura. Dentro había una Biblia antigua, una estampa de San Miguel, un Rosario bendecido por un obispo que había conocido décadas atrás… y una nota escrita a mano.
Decía: “Cuando no estés conmigo, recuerda que no estás solo. Lleva esto contigo. Pero recuerda, nada de esto sirve si tu fe no está primero.”
Desde entonces, esa caja es lo primero que guardo y lo último que dejo atrás.
Dos semanas después, simplemente no despertó. Lo encontré en su cama, con la Biblia abierta sobre el pecho, y el Rosario aún entre los dedos. Su rostro no tenía miedo. Solo paz.
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El padre Samuel ofició su funeral. Fuimos pocos: yo, el sacerdote, algunos jóvenes del gimnasio. Nadie lloraba fuerte. Solo había una tristeza callada que parecía extenderse por todo el cementerio.
Después de enterrar el cuerpo, el sacerdote se acercó y me puso la mano sobre el hombro.
—¿Y ahora qué harás?
Lo miré, sentí que había envejecido veinte años en tres.
—Regresaré a la ciudad —le dije—. Ya no tengo nada más que aprender aquí.
Me acompañó hasta la entrada del pueblo. Llevaba mi mochila vieja, una Biblia, y el crucifijo que el anciano me había dejado sobre la mesa con una nota:
“Cuando llegue la noche más oscura, recuerda que tú fuiste hecho para arder.”
Antes de irme me pare Frente a la lápida, le agradé y me despedí
Luego abordé un autobús rumbo a la Ciudad de México. No sabía qué iba a encontrar allá, pero sí sabía a qué me enfrentaría.
Y esta vez, iba preparado.
Volví a la Ciudad de México. Me establecí en un edificio abandonado, a medio construir. Me las arreglé para hacerlo habitable: un colchón viejo, una tele pequeña, un panel solar con baterías para alumbrarme por las noches y un minibar que rescaté de casa para mantener comida fría.
Necesitaba dinero, así que entré a peleas clandestinas. Usé lo aprendido en el gimnasio para sobrevivir y ganar algo. Las peleas eran intensas, a veces sucias, con patadas, empujones y hasta botellas rotas. Pero yo aguantaba.
algunas noches vagaba por la ciudad, comiendo en fondas abiertas 24/7. Pensaba. Planeaba. Nunca dudé. Nunca desistí. Esa era mi misión.
Llegó diciembre, y con él, el frío. En una de esas noches, decidí buscar a mis viejos amigos a su preparatoria. Fue casual, Ellos estaban mejor. Se veían normales, como chicos de prepa. Me abrazaron como si nunca me hubiera ido.
Esa misma tarde fuimos a la feria de invierno que habían instalado en el parque central. Había luces, juegos, puestos de comida. Caminábamos entre algodones de azúcar, música navideña y aroma a ponche caliente.
nos volvimos a ver varias veces. Posadas, salidas al cine, bromas viejas, historias nuevas. Comíamos en parques, Íbamos a jugar fútbol, al billar, o simplemente nos sentábamos en la azotea de la casa de uno de ellos a hablar sobre la vida. Yo no hablaba mucho, pero ellos llenaban el silencio con risas, bebidas historias de clases, de chicas, de maestros.
Cuando terminamos la preparatoria algunos se fueron a la universidad otros buscaron trabajos y yo me enlisté en el ejército. para endurecerme, aprender, ganar acceso a armas y técnicas no me quejaba. Con el tiempo pude ascender a los GAFES Los entrenamientos fueron brutales, pero eran lo que necesitaba Me entrenaron en tácticas de combate, infiltración, reconocimiento, supervivencia en selvas, desierto y zonas urbanas.
Me enseñaron técnicas de resistencia a la tortura y el dolor
Incluso llegue a entrenar con el SAS
me asignaron a un escuadrón en Tamaulipas, en una zona conflictiva. Patrullas nocturnas, enfrentamientos, emboscadas. Aprendí a dormir con un ojo abierto y el dedo en el gatillo. Aprendí a moverme en silencio, a rastrear huellas, a leer la noche como un libro viejo. Lo que aprendí ahí… lo iba a necesitar después.
Me enviaron, junto con mi equipo, a misiones que ninguno de nosotros olvidará jamás.
En una de ellas, recibimos la orden de asaltar una casa de seguridad controlada por un grupo criminal. Subimos a los vehículos mientras repasábamos la estrategia. Las armas estaban listas, los chalecos ajustados. La tensión se sentía en el aire.
El vehículo se detuvo en seco.
En ese instante, comenzaron los disparos desde afuera. Respondimos de inmediato. Bajamos del vehículo y abrimos fuego mientras avanzábamos hacia la entrada. Pateé la puerta pivotante. Se vino abajo como cartón mojado. entrar disparando en abanico, barriendo a todo lo que se moviera.
Los criminales en el primer piso cayeron rápido. Pero desde las escaleras comenzaron a disparar con fuerza. Les lanzamos botellas llenas de vidrios, que al estallar actuaron como metralla. Gritos. Sangre. Caos.
Subimos cuando el fuego disminuyó, refugiándonos en una habitación del pasillo. Esperamos a que se les acabaran las balas. Luego arrojé una granada. En cuanto explotó, nos cubrimos ojos, nariz y boca, cambiamos cargadores y avanzamos. Eliminamos a dos sicarios más.
Pero uno de ellos alcanzó a disparar antes de caer.
Torres, la única mujer de nuestro escuadrón, recibió un balazo en el hombro
Nos replegamos. Me cubrí y saqué la pistola. Le disparé al último enemigo directo a la cabeza. Luego aseguramos el área. No quedaba nadie. Atendimos a Torres lo mejor que pudimos y registramos la casa. Cargamento de armas, dinero, celulares. Lo habitual.
En otra misión, fuimos enviados a desmantelar a una célula importante. Esta vez lograron capturar al líder… pero yo y García fuimos emboscados.
Una pickup nos embistió a toda velocidad.
Del vehículo bajaron cinco sujetos armados. No tuvimos oportunidad. Nos capturaron y nos llevaron a una bodega abandonada.
García estaba inconsciente.
Uno de ellos me miró con desprecio.
—¿Dónde está el patrón? —me preguntó.
No respondí.
El primer golpe fue con un martillo, directo a la pierna. Sentí cómo algo crujía. Luego vinieron los cortes. Quemaduras con ácido. Golpes sin parar. Y siempre la misma pregunta.
Nunca hablé.
Cada vez que callaba, ellos subían el nivel. Me mantuve despierto a punta de voluntad. Me obligué a recordar lo que me había dicho el anciano: “Tú fuiste hecho para arder.”
En un momento de distracción, logré aflojar las sogas.
—No va a hablar —dijo uno de ellos—. Tiene huevos.
El otro respondió:
—Vamos a ver si con esto no habla…
Tomó una motosierra. La encendió. El zumbido me perforó los oídos. Esperé. Cuando la cuchilla giratoria estuvo cerca de mí, salté.
Empujé la motosierra hacia él. El giro la devoró. Se amputó el brazo. Gritó. Aproveché el caos. Le quité una pistola a otro y disparé a quemarropa. Cuatro disparos. Cuatro muertos.
Liberé a García. Tomé un cuerno de chivo y un hacha que tenían colgada en una pared. Salimos abriéndonos paso como pudimos. Yo apenas veía: tenía un ojo cerrado por la hinchazón y la sangre me empapaba la cara. El fémur me dolía a cada paso. Pero seguimos.
Justo al llegar a la salida, nuestro equipo nos localizó. Nos evacuaron en helicóptero.
El jefe criminal fue asesinado en prisión días después.
La operación fue brutal, pero fue un éxito. Me convertí en un gran soldado lo que me llevo a mi misión más importante. Un día el coronel me llamo a su oficina y junto con otro superior me compartieron información clasificada el CNI en colaboración con otras agencias de inteligencia harían una operación internacional, encubierta. México enviaría a algunos de sus mejores soldados en colaborar con un grupo multinacional. Y me habían escogido a mi como uno de los soldados que enviarían. No se mencionaba país, ni detalles. Solo que el enemigo era una milicia con vínculos tanto con grupos terroristas como con redes delictivas globales.
Volé a aquel país 2 días después Al llegar al punto de reunión en un hangar polvoriento en la costa del norte de África, me presentaron al equipo.
Había alemanes, fríos y metódicos. El más serio de ellos era Klaus, un tipo de casi dos metros, con una cicatriz en la mandíbula y una mirada de hielo.
rusos, corpulentos y de pocas palabras. Nikolai era el más veterano, un ex-Spetsnaz con manos como ladrillos.
Un italiano, Matteo , 2 israelíes del sayeret matkal Y algunos estadounidenses, británicos y franceses.
En los primeros días, la tensión era evidente. Diferentes idiomas, diferentes estilos. Pero cuando el primer operativo fue un éxito —una redada quirúrgica en un enclave enemigo—, los prejuicios comenzaron a ceder.
En las noches, entre carpas , hablábamos. Esa noche, en la costa africana, el viento silbaba entre las carpas, cargado de arena y sal. Yo limpiaba mi FX repasando cada parte con precisión casi ritual. Matteo, el italiano, se sentó cerca con su Beretta ARX160 apoyado contra la mesa de campaña.
—¿Tú también creías que vendrías a África a cazar fantasmas? —dijo, sonriendo, mientras encendía un cigarro improvisado.
—Nunca me hice ilusiones —le respondí, sin mirarlo—. ¿Y tú? ¿Qué hace un italiano aquí?
Matteo exhaló lentamente el humo antes de contestar:
—La mafia… Tiene raíces profundas. En Sicilia hicieron tratos con cárteles mexicanos. En el norte, algunos clanes financian grupos radicales en Medio Oriente. No es ideología, es negocio. Y donde hay negocio sucio, hay fuego. Estoy aquí para quemarlos desde dentro.
Asentí. En silencio, comprendí que todos teníamos un motivo más allá de la bandera.
A la mañana siguiente, el convoy avanzaba entre caminos polvorientos flanqueados por vegetación seca. Íbamos en tres vehículos: el primero con los israelíes —portaban sus IWI Tavor X95—, el segundo con los alemanes —con sus precisos HK416—, y el tercero con nosotros: Matteo con su ARX160, Klaus con su G36, Nikolai con su AK-12, y yo con mi FX-05. El aire era tenso.
De pronto, el primer vehículo se detuvo en seco. Una mina. La explosión levantó una nube de tierra y fuego.
—¡Emboscada! —grité, mientras el fuego cruzado nos envolvía.
Desde los flancos, insurgentes con FN FALs y AK-47 modificados comenzaron a disparar. El sonido era ensordecedor. El ataque estaba bien coordinado.
Nos replegamos como pudimos. Yo me cubrí detrás de una roca, cerré los ojos por un segundo, respiré profundamente. Medité. Lo hacía desde las peleas clandestinas. Visualizar. Ordenar el caos.
Al abrir los ojos, logre verlos
Apunté con precisión quirúrgica. Tres enemigos cayeron antes de que sus dedos tocaran los gatillos. Luego avancé entre la maleza. Klaus había recibido un disparo en el costado, Gadi sangraba por la pierna, y Matteo estaba atrapado tras una camioneta volcada.
Gritaban mi nombre, pero yo ya no escuchaba. Me deslicé por detrás de una formación rocosa, tomé la granada de humo que llevaba en el chaleco y la lancé para cubrir a los israelíes mientras abría fuego con el xiuhcoatl. Su fiabilidad y ligereza me permitían maniobrar con rapidez. Cambié de cargador en menos de dos segundos y continué disparando.
Matteo estaba rodeado. Salté sobre uno de los insurgentes, lo abatí con el cuchillo, tomé su arma y cubrí a mi compañero mientras lo arrastraba hasta un lugar seguro. Luego, con apoyo de Nikolai —quien arrojó una granada RGD-5— limpiamos la zona este.
Fueron 14 minutos de infierno.
Cuando el polvo se asentó, aún respirábamos.
—Ese maldito tejón no suelta la presa —dijo Klaus, riendo mientras se apretaba la herida.
Y así nació el apodo.
El Tejón.
Rudo, terco, feroz. Nunca retrocede. Nunca deja a nadie atrás.
Días después, ya en base, los altos mandos me entregaron una medalla por valor en combate. No era eso lo importante. Lo que verdaderamente contaba fue lo que dijeron mis compañeros:
—Nos salvaste, hermano —dijo Matteo—. Te debemos la vida. Lo que sea, cuando sea… estamos contigo.
Cada uno de ellos, en silencio, asintió.
Y yo supe, ahí, que si algún día el mundo se caía a pedazos… no estaría solo.
Semanas después regresé a México. Más curtido, con nuevas cicatrices,
Ya no era el mismo joven que había dormido en un edificio abandonado. Ahora tenía habilidades, contactos, respeto internacional… y una razón clara para seguir.
un par de misiones después pude salir del ejército para volver a ser un civil Esa noche, mientras caminaba por la calle con una mochila en la espalda y mi medalla guardada en un bolsillo, supe que había llegado el momento. Y entre al ambiente boxístico profesional e hice algunos trámites legales para que la casa y terrenos de mi familia que dejaron en sus testamentos pasaran a ser mías, vendí algunas y con el dinero me conseguí una casa en una buena zona de la ciudad de México la adapte a mi gusto y estilo rente mi antigua casa me dio buen dinero que pude invertir en varios negocios paso el tiempo y el día finalmente llego el plazo para que la creatura volviera se cumplió era el momento de vengarse
de regresar a ese maldito lugar me equipé con un chaleco anti-puñaladas Después, tomé la Magnum .44.
Dos cuchillos, uno en la pierna y otro cruzado en la espalda.
llegue a aquel centro vacacional que Después del suceso… la compañía quebró.
Nadie más se acercó.
El sitio fue abandonado.
Las leyendas crecieron.
Y con ellas, el miedo.
Aparqué fuera.
Todo estaba igual… y peor.
El portón de hierro oxidado colgaba de una bisagra. Crujía con el viento como una garganta seca a punto de gritar.
El letrero que antes decía "Paraíso del Sol" ahora apenas mostraba "RA__SO_ E SO_".
El resto había sido tragado por el óxido… y el tiempo.
Entré con el rifle al hombro.
Pasé entre veredas cuarteadas, donde el pasto había crecido como selva salvaje.
El aire olía a agua estancada, tierra podrida y algo más…
Como si la oscuridad tuviera olor.
Vi las piscinas.
Lo que antes eran cuerpos cristalinos de agua ahora eran fosas infectas.
Líquido verde, quieto.
Mosquitos. Restos de algo flotando.
Una silla oxidada asomaba de una como un cadáver ahogándose de rodillas.
Pasé por las habitaciones.
Las ventanas estaban rotas.
Las puertas colgaban como lenguas de madera seca.
Dentro, colchones abiertos, moho, paredes carcomidas.
Y en una esquina, en la sombra…
Algo se movió.
Apunté.
Nada.
Solo el viento… o eso me dije.
El comedor…
Antes lleno de risas, ahora parecía un altar al abandono.
Sillas rotas, mesas volcadas.
Había marcas en las paredes.
Garras.
Largas.
Profundas.
Irregulares.
—Vamos… muéstrate —susurré.
Silencio.
Subí al segundo piso de la villa principal.
El piso crujía.
Cada paso se sentía como caminar sobre huesos.
De pronto…
¡CRACK!
Un ruido seco detrás de mí.
Volteé con el arma al hombro.
Nada.
Mi respiración se aceleró.
Entonces, al fondo del pasillo, entre una puerta abierta…
¡AHÍ ESTABA!
La criatura.
De pie.
Alta. Deformada.
Su rostro era una masa de carne.
Ojos hundidos, mandíbula desencajada.
Los brazos… demasiado largos.
Me miraba.
No respiraba.
Solo… estaba ahí.
Corrí.
Apunté.
¡BANG!
Disparé.
Pero ya no estaba.
Solo quedaba la pared, perforada.
Y silencio otra vez.
Bajé la mira.
Las manos me temblaban.
Pero en el fondo…
Sonreí.
Había vuelto.
Y ahora sí, yo estaba listo.
—Ven por mí, hijo de puta.
Porque esta vez…
el cazador soy yo.
El sonido vino como un trueno sin relámpago.
Un golpe seco, denso.
Un rugido.
Ella venía.
Me giré. El rifle Mendoza firme en mis manos, el dedo ya en el gatillo.
Y entonces apareció.
Surgió desde el fondo del pasillo, corriendo a cuatro patas, con una velocidad antinatural, las garras arañando las paredes mientras su cuerpo, monstruoso, se contorsionaba como un alma deformada por el odio.
¡DISPARÉ!
BOOM
El primer impacto le arrancó un pedazo del hombro.
Pero no cayó.
BOOM
Segundo disparo al pecho.
Siguió viniendo.
BOOM
Otro en la pierna. Vaciló, chilló como si cien cuerdas oxidadas se rompieran al mismo tiempo.
BOOM
Cuarto tiro a la mandíbula.
Un chorro de fluido negro y espeso le brotó de la cara.
BOOM… click.
Vacío.
—¡Mierda!
Arrojé el rifle por la ventana. Saqué el revólver Magnum .44.
¡BANG!
La criatura saltó por el aire como una fiera enloquecida.
¡BANG! ¡BANG!
Dos impactos en el torso. Pero ya la tenía encima.
Me embistió.
Caímos juntos por las escaleras.
El mundo se volvió un torbellino de madera rota y huesos contra piedra.
Me estrellé contra el suelo.
La cabeza me zumbaba.
Ella me rasguñó la pierna.
No era una herida mortal… pero la sangre comenzó a fluir.
y disparé nuevamente.
¡BANG!
Le acerté en la clavícula. Gritó.
Retrocedió por unos segundos.
Corrí. Cojeando, tambaleando.
Me metí en una habitación. Cerré la puerta de golpe, atranqué con un armario medio podrido.
Respiraba como si mis pulmones se deshicieran.
Me miré la pierna: una zanja profunda.
Sangraba demasiado.
Saqué mi cuchillo. Arranqué parte del pantalón.
Me hice un torniquete, con nudos como si cada uno fuera un grito de mi infancia.
La puerta tembló.
¡BANG!
Disparé hacia la madera. Escuché el chillido.
Pero ella no se detenía.
¡CRACK!
El armario voló en pedazos.
La criatura se lanzó hacia mí otra vez, garras por delante.
Rodé a un lado.
El Magnum ya estaba vacío.
Lo arrojé a su cara.
No sirvió de nada.
esbozo su garra y . Me rasguñó el brazo izquierdo.
La sangre voló.
Saqué el cuchillo de la pantorrilla.
Nos fuimos encima el uno del otro.
La apuñalé en el costado.
Ella me rasguñó el pecho.
La apuñalé en el cuello.
Ella me mordió el hombro.
Nos revolcamos como animales en guerra.
Golpeé su cara con la culata del arma vacía.
Una de sus mandíbulas se soltó.
Pero aún gruñía. Mordía. Respiraba odio.
Entonces la vi.
Un hacha.
Colgada en una caja de emergencia.
Vidrio rojo.
Corrí.
Ella me rasguñó la espalda.
Pero seguí.
Me arrojé sobre el vidrio.
CRASH.
Cristales cortándome el antebrazo.
Sangre caliente, pegajosa.
Tomé el hacha.
Ella vino por última vez.
Yo grité como si mi alma entera se revelara.
Le arrojé una silla. La rompió en el aire.
Entonces, cuando la tuve a un metro…
Le corté la pierna.
CHAK.
Gritó.
Saltó con una sola.
Le corté un brazo.
CHAK.
Ella rugió con furia.
Intentó morderme.
Mi brazo sangraba, los pulmones ardían, y mi visión se nublaba por momentos.
Pero estaba de pie.
Ella también.
La criatura, cojeando, con un brazo colgando por tendones, su rostro envuelto en sangre espesa
gruñó con una furia sobrenatural.
Aún quería mi alma.
Di un paso. Ella también.
—¡Vamos, hijo de perra! —grité, elevando el hacha.
Y chocamos.
Me lanzó contra una columna. Sentí una costilla ceder.
Me abalancé sobre ella con el filo del hacha directo al cuello.
CHAK.
Le abrí la tráquea.
Pero no bastó.
Me mordió el hombro de nuevo con sus colmillos laterales, como los de una anguila infernal.
Grité.
Le di un cabezazo.
Le volví a enterrar el hacha en el pecho.
Ella chilló… y aulló con su grito infernal.
Ese maldito sonido… esa vibración que mató a mi madre.
No otra vez.
Grité y con todo el peso de mi rabia y mi fuerza…
¡LE VOLÉ LA MANDÍBULA!
El hacha cortó limpiamente, desgarrando piel, hueso y tendones.
La mandíbula inferior cayó al suelo con un chasquido húmedo, como un pedazo de carne tirado al suelo.
Ella retrocedió, intentando gritar, pero solo salían borbotones de sangre negra, espesa, hirviente, y gruñidos asfixiados.
Yo avanzaba.
Cojeando, jadeando, hecho trizas…
Pero con la mirada encendida como un volcán.
Nos lanzamos uno contra el otro otra vez.
Me rasguñó la cara. Sangre.
Le corté la pierna buena.
CHAK.
Me derribó.
Le atravesé el pecho con la parte roma del hacha.
CRACK.
Me arañó el costado.
Le metí el mango del hacha en un ojo.
Rodamos por el suelo cubierto de escombros, sangre, polvo y rabia.
La aparté con una patada en el estómago y me levanté tambaleante.
Ella se arrastraba, aún viva, aún queriendo pelear.
Pero… ya era mi momento.
Vi el libro en la mochila.
Mi última carta.
Lo tomé.
Lo abrí.
Lo recité.
El viento se detuvo.
El silencio se volvió una presión en el pecho.
El aire se rasgó.
Como si la misma tela del universo hubiera sido cortada con una navaja.
Una luz púrpura y negra surgió desde el suelo.
El aire tembló.
El techo crujió.
Los árboles fuera del edificio se agitaron como si respiraran.
Un portal circular, giratorio
comenzó a formarse en el suelo.
A su alrededor, el polvo se levantaba como un tornado contenido.
La criatura, al ver esto, rugió con horror verdadero por primera vez.
Intentó huir.
Pero su cuerpo maltratado no se lo permitió.
El vórtice la comenzó a succionar.
Ella chillaba.
Se resistía.
Clavaba sus garras en el concreto, dejando marcas ardientes.
Su cuerpo se deformaba por la fuerza del portal.
Gritaba.
Su alma aullaba.
Me arrastré hasta un rincón, cubriéndome con una losa caída.
El vórtice rugía como una tormenta que no debía existir.
La criatura estiraba sus garras hacia mí.
Como si con una sola palabra pudiera maldecirme por la eternidad.
Y entonces, su cuerpo fue tragado.
Entero.
Un último grito, desgarrador, inhumano, estalló en mis oídos.
Y el portal se cerró.
¡BOOM!
Una onda expansiva brutal sacudió todo el edificio.
Los vidrios reventaron.
Los muros se partieron.
Y yo…
salí volando por los aires.
Me estrellé contra una pared, y luego contra el suelo…
Mi cuerpo quedó ahí, temblando.
Mis ojos entrecerrados, el pecho apenas moviéndose.
Todo ardía.
Escuché algo.
Un árbol. Crujiendo.
Fuego.
Algunos árboles comenzaban a arder.
El hechizo…
había sido real.
Respiré.
Mi sangre goteaba sobre la tierra.
Pero lo hice.
Ella se había ido.
Mi venganza estaba completa.
Me quedé ahí, entre cenizas, concreto roto y el olor de sangre quemada.
El aire era denso, espeso, como si el mundo mismo estuviera conteniendo la respiración.
Miré mis manos. Temblaban, cubiertas de sangre —la de ella… y la mía.
La venganza estaba cumplida.
Pero lo que sentía no era paz. Era otra cosa.
Estuve varios minutos inmóvil, tratando de entender en qué me había convertido.
Años de mi vida consumidos por este momento.
Años de dolor, de entrenamiento, de rabia retenida como veneno en una herida abierta.
Y ahora… que todo había terminado…
¿Volver a una vida normal?
No.
Eso ya no era posible.
Porque ahora sabía la verdad.
Sabía que hay cosas allá afuera, en los rincones oscuros del mundo…
Criaturas que caminan en la sombra, esperando el momento justo para destruirlo todo.
Y mientras existan, no pienso quedarme de brazos cruzados.
Desde esa noche entendí que mi cruzada apenas comenzaba.
José murió con mi familia.
Ahora solo queda El Tejón.