nadia
por nadia garciaLos perros
Por Elena GARRO Dibujos de Lilia Carrillo
PERSONAJES:
MANUELA (cuarenta años)
ÚRSULA (doce años)
VOZ DE MUJER
JAVIER (veinte años)
CUATRO ENMASCARADOS
Interior de una choza en un pueblo de México. En primer plano, extendido sobre la cama de otates, un traje rosa de jovencita, unos zapatos negros y unas medias negras. A la izquierda, un fuego encendido y sobre él un bote de petróleo en el que se cuecen elotes. Al fondo de la habitación, otro fuego y sobre él un comal. Manuela arrodillada junto al comal, echa tortillas de espaldas al público. Cavadas en el lodo de las paredes de la choza, dos puertas, la primera a la izquierda y la otra al fondo. El piso del cuarto es de lodo seco.
MANUELA (Palmeando una tortilla). A estas horas ya debe-riamos ir subiendo el monte. Tanto estar en la curva del año, esperando esta fecha, y cuando llega, se nos escurre entre los dedos, se nos perde entre los pies y los pasos. Mira, ya están todos adentro del veintinueve, sólo nosotras andamos por sus orillas! Desgraciadamente el que se quede afuera de los días señalados, porque será señalado por la desgracia! Hace ya meses que te digo: ya viene el veinti-nueve, y tú hija perversa, ni siquiera has planchado el traje que te regaló Joaquina! Miralo, tirado sobre la cama, como si no fuera traje, ni regalo. ¡ Quién que no fuera tú, no hubiera entrado a este día calzada y con traje nuevo!; Marimacha!, olvidada de las fiestas. Trepada a los árboles como un animal cualquiera, en lugar de entrar al único día del año.
Entra Úrsula a la escena. Viene descalza, desmechada. Viste una falda vieja color lila y una blusa del mismo color. Se aco-moda junto al bote de petróleo y triste menea los elotes con un palo.
MANUELA. Ahi estás, flaca y sin crecer, escamoteando a la hermosura! Dejándote llevar de tus pies rajados; caminando corrales bien subidos; espantando perros y mirando cómo el sol se acuesta y se levanta, sin acordarse de ti ni de las gracias que te debe.
ÚRSULA. El sol ya llegó al monte.
MANUELA. Va de carrera, no es como tú. Ya iluminó al vein-tinueve y ahora se va para que las sombras nos cobijen en el gozo. Y tú a estas horas ni siquiera has arrimado la plancha a la lumbre para asentar el traje que te regaló Joaquina.
ÚRSULA.-¡ No quiero ponerme el vestido rosa!
MANUELA.¿Qué dices? ¿Quieres ir como llaga de perro sarno-so? ¿Para que todos nos vean el hambre en los vestidos? "¡Miralas, ahi van subiendo el monte con los pies hambrientos y con las siete bocas del hambre en las enaguas y en las blusas!"
ÜKSULA. No me importa lo que digan... yo...
MANUELA. No te importa? Como vayamos hoy, iremos todo el año. ¿Quieres otros trescientos sesenta y cinco días de hambre? Plancha tu vestido, perversa...!
ÚRSULA. Un año no son tantos días....
PAUSA
MANUELA. ¿Oyes al silencio dichoso? Sólo en el día de la fiesta se apacigua.
Manuela deja de palmear y escucha.
URSULA. No quiero oir el silencio de la fiesta, ni quiero ir a la fiesta.
MANUELA. ¿Quieres quedarte afuera de este dia? Quieres que sigamos caminando días descoloridos, dias en los que sólo cae tierra sobre mi cabeza. Tú mi única hija quieres quedarte en ellos, dándoles vuelta, como la mosca en la llaga del perro.
ÚRSULA. Prefiero la llaga del perro... ¡quédese conmigo
MANUELA-No quiero oir palabras viejas en boca nueva. Ni quiero que los días pasados ahoguen a los días nuevos. Hija, plancha tu vestido. Hace años que me pides uno de ese color y ahora que lo tienes lo desprecias.
Úrsula se levanta y se acerca al vestido y lo acaricia.
ÚRSULA. No lo desprecio, mamá, mire qué bonitos reflejos tiene, parece un charquito cuando el sol lo ilumina.
MANUELA. Anda, plánchalo y póntelo.
Manuela se levanta, echa unos leños a la lumbre y vuelve a arrodillarse.
ÚRSULA. Lo voy a planchar, es muy bonito.
MANUELA. Hay que entrar con pie nuevo y vestido nuevo en día nuevo.
ÚRSULA. Todos dirán; ahí va Úrsula Rosales como un espejo.
MANUELA. En el monte ya están las enramadas. A las doce de la noche se descorrerán los velos y veremos los días rojos que nos aguardan. Cuando los veas en fila, subiendo hasta los cielos, échate encima de ellos, y agarra uno, el que más te guste, y en él escribe lo que quieras que sea tu vida, y asi será.
ÚRSULA. A mi no me gusta el veintinueve.
MANUELA-¿Cómo? ¿No te gusta San Miguel? ¡Cállate, no tientes al poder! No digas lo que no debe decirse.
ÚRSULA. Y la feria me da miedo.
MANUELA, Miedo? ¿Ya vas a comenzar?
ÜRSULA. Usted nunca ha tenido miedo? ¿A usted nunca la ha acechado un animal?
MANUELA. Hoy no es día para el miedo. Hoy hasta don Blas el ciego va ya camino de la feria; sólo tú y yo estamos aqui hablando en lugar de festejar el dia glorioso.
ÚRSULA. Yo tengo miedo. El pueblo está lleno de agujeros. la feria también está llena de agujeros. No quiero ir.
MANUELA.- (Exasperada) ¿Miedo de qué?
ÚRSULA. Ya se lo dije pero usted en nada se fija.
MANUELA. Me fijo en que no oyes nada de lo que te digo. prefieres oir lo que dicen los otros.
ÚRSULAY a usted no le daria miedo lo que dicen?
MANUELA. (Exasperada) ¿Miedo de qué?
ÚRSULA. Ya se lo dije pero usted en nada se fija.
MANUELA. Me fijo en que no oyes nada de lo que te digo. prefieres oir lo que dicen los otros.
URSULA.¿Y a usted no le daría miedo lo que dicen?
MANUELA-¿Quiénes? ¿Jerónimo?
ÚRSULA.-¡ Cállese, no lo nombre! Si a usted le dijera lo que me dice a mi y la mirara como a mí me mira...
MANUELA. -No es a ti a quien mira. No estás en edad de merecer. ¿Quién ha de fijarse en ti si todavía no has crecido? Ha de querer que le lleves recado a alguna de las muchachas. Tantas que hay, todas frondosas, ahora las veremos, debajo de la enramada!
ÚRSULA. No, yo se lo pregunté, y me dijo...!
MANUELA. No lo repitas, mejor plancha tu vestido.
...
MANUELA. Oyes? ya se van todos. Nos llevan buena ventaja. ¡No vamos a vender nada! Tan largo el año, tanto esperar, para que las horas se nos vayan en palabras. Tú tienes la culpa. ¿No te fastidian las hambres? Si nos apuramos pode-mos vender, sacar dinero y agarrar un día bien rojo.
VOZ DE MUJER (llamando fuera de la choza).; Manuela! Ma-nuela!
MANUELA.¡Ahi vamos, Úrsula está planchando su vestido!
VOZ DE MUJER.-; Manuela!
Manuela sale. Úrsula se acerca a su vestido y lo contempla. Luego coloca la plancha sobre las brasas y extiende el traje en el suelo sobre un trapo. No ha visto que su madre ha salido por la puertecita del fondo.
URSULA. A Joaquina le ha de sobrar el dinero... Mamá, Jerónimo se me aparece detrás de las piedras. Y si ahora en medio de la gente me pierdo de usted, va a venir a decirme de cosas y mirarme con sus ojos borrachos..
Entra Javier por la puerta de la izquierda.
JAVIER (En voz baja).-¡Úrsula!
ÚRSULA (Sobresaltada).-¡Ay!
JAVIER.-Soy yo, nada más soy yo.
ÚRSULA. Primo Javier, qué susto me diste.
JAVIER. Vengo de pasada, antes de irme a la fiesta... no me podia ir sin venir a decirtelo...
ÚRSULA.-¿Decirme qué?
JAVIER. Hay veces en que es bueno decir las cosas.
ÚRSULA. ¿Qué cosas?
JAVIER-Las cosas que se oyen.
ÚRSULA.¿Y qué se oye?
JAVIER. Pues... estaba yo recargado en la esquina, cuando pasaron y los oí. Los of clarito. Y me dije, voy a dar una vuelta a ver si confirmo lo que oi. Y me fui al tendajón y me quedé platicando con Ignacio y mientras él me iba di-ciendo cosas, yo estaba oyendo lo que se decía... por eso vine. Yo me dije, voy a contárselo a mi prima Úrsula y aquíestoy.
ÚRSULA. ¿Y qué se decía, primo Javier?
JAVIER. Se decía que Jerónimo te va a robar esta noche.
ÚRSULA¿Y para qué me quiere robar?
JAVIER (Bajando los ojos).¿Para qué?
ÚRSULA. Sí, ¿para qué?
JAVIER (Con los ojos bajos). Te quiere para mujer, asi lo dijo.
URSULA.¿Para mujer... a mi?...
Úrsula deja de mirar a Javier y parece que va a llorar.
JAVIER. Así lo dijo: "Me gusta la mujer tiernita, no me gustan las macizas". Ya se habló con los Tejones y ellos quedaron conformes en ayudarlo. Tú sabes que nunca falta quién te ayude en los caprichos. Y Jerónimo anda encaprichado, le salían vapores de los ojos.
ÚRSULA Primo Javier, ve y dile que me deje aquí en mi casa! ¡Díselo Javier, quiero quedarme en mi casa! ¡Quiero quedarme en mi casa! ¡Quiero quedarme con mi mamá!
JAVIER¿Cómo quieres que le diga lo que él no quiere oir? Ninguna palabra sirve para borrar un capricho.
URSULA¿No quiere oir? Pero yo, Javier, quiero quedarme en mi casa.
JAVIER-Ya lo sé. Por eso vine a avisarte. Lo vi muy enardecido, a estas horas ya se fue a beber con Los Tejones.
ÚRSULA¿Tiene los ojos borrachos?
Úrsula se suelta llorando.
JAVIER. Si. Bebe para emparejarse las fuerzas. No es tan fácil robarse la cría. Algo le ha de decir que anda torcido en sus deseos.
ÚRSULA. Ve y dile que me deje aquí en mi casa...
Úrsula se sienta en el suelo y llora.
JAVIER. Serían mis últimas palabras y a ti de nada te servirian. Ya es hombre hecho, ya trae sus designios formados. ¿Quién puede entrar en sus adentros? Mis palabras rebotarian como piedras sobre piedras. Fijate que ya hasta traen los sarapes con que te van a envolver!
ÚRSULA Y para qué me van a envolver?
JAVIER. Para atajarte los gritos. Vamos a suponer que tus gritos traigan gente, al malhechor le gusta el silencio, y Je rónimo no quiere equivocarse en la maldad.
ÚRSULA. Entonces ¿qué? si me agarran me quedo calladita.
¿No digo nada?
JAVIER.-Nada.
URSULA. No quiero que me agarre! Javier, dile que me deje con mi mamá.
JAVIER. De muy buena voluntad se lo diria, pero son cinco... y en la noche tirado entre las piedras, con los pulmones reventados, ¿para qué te serviria?
URSULA (llora). Para nada...
JAVIER-¿Dónde está tu mamá?
ÚRSULA. La llamó Benita.
JAVIER. No te desarrimes de ella. Ya está cayendo la noche. Seria mejor que se fueran yendo. La gente va de salida y no es bueno que se queden tan solitas. ¿No te has fijado que cuando uno se encuentra solo, los gritos se juntan en los rincones, los ojos enemigos se pasean por las paredes, y la voz mala te aconseja? ¡ Váyanse entre la gente!... ¿No has oído cómo huyen las pezuñas del demonio cuando somos muchos?
Úrsula coge su vestido y lo extiende febril sobre el suelo.
ÚRSULA Si, si, cuando estoy sola en el corral y empieza a caer la noche el guayabo me llama con su voz de ancianito: ¡Úrsula! Ursula! y me bajo del árbol y corro a arrimarme a mi mamá y a sus amigas.
JAVIER Ves? con la misma voz el demonio llamó a Jerónimo y le plantó el capricho en el corazón, y esta noche anda muy cerquita de él. Por eso no busques la soledad. ¿Para qué vas a desafiar a las palabras que crecen en lo oscuro?
URSULA. Ahora me apuro y me voy a la feria con mi mamá.
JAVIER. No lo planches, póntelo asi.
URSULA. Se enoja mi mamá.
Úrsula sopla a la lumbre para avivar el fuego y que la plan-cha se caliente pronto.
JAVIER. No digas que fui yo el que te aviso.
URSULA¿Por qué?
JAVIER.¿Cómo por qué? Ya te dije que hay palabras más peligrosas que un cuchillo. Ahora Jerónimo y Los Tejones están bebiendo y hablando, en cuanto junten sus pensamien-tos se van a callar. Ahora dicen las palabras terribles y cuando les hayan perdido el miedo, vendrán. Por eso yo vine con sus palabras en mi boca, y no quiero que las repitas, sino que te vayas.
ÚRSULA. Me iré con mi mamá en medio de la gente. Subiré a la enramada y agarraré un dia de suerte. ¿Qué día vas a agarrar tú, primo Javier?
JAVIER. Cada día de San Miguel agarro uno distinto, y cuan-do bajo del monte lo pierdo. Se me va de las manos como un cohete. ¡No soy hombre de suerte, naci para la tristeza y en la tristeza me quedaré! Hoy en la noche voy a agarrar el primero de diciembre. ¿No te gusta ese día? Yo lo veo como una lanza.
ÚRSULA.-¡ Cógelo fuerte!
JAVIER. Hum! si se quiere escapar me puede llevar al cielo.
¿Has visto cómo suben los papalotes?
ÚRSULA. Si, se van muy lejos.
JAVIER. Así se me van los días que he escogido en otros años.
ÚRSULA. Yo voy a agarrar un diecisiete de octubre. ¿Cómo lo ves? Para mi es una margarita roja y no voy a dejar que se me vaya. Bajaré del monte con el día abierto como una sombrilla. Joaquina tiene una sombrilla. No voy a dejar que se me escape, no quiero ser como tú y como mi mamá...
JAVIER (Escuchando).¿Oyes? ¡Qué silencio! Anda ve y suelta a los perros.
Úrsula se levanta, escucha unos segundos y sale corriendo. Vuelve a entrar al cabo de unos minutos.
ÚRSULA. Ya andan sueltos el "Estrello" y el "Gamuzo".
JAVIER. No tarda la noche en volverse muy oscura. Los árbo-les están soltando sus demonios y rodeándose de sombras...
ÚRSULA.-¡ No me asustes!
JAVIER. Y las sombras nos entran en el pecho...
ÚRSULA.-Javier, ¿para qué me quiere Jerónimo?
JAVIER. No seré yo quien te quite la inocencia. Es un grave pecado. Es peor que arrancarle la piel a un niño, a un viejo lo sacas de su pellejo como de un vestido, en cambio el niño está bien pegadito...
ÚRSULA.-¿ Jerónimo me quiere arrancar la piel?
JAVIER. Eso quiere. Dejarte en carne viva, para que luego cualquier brisa te lastime, para que dejes tu rastro de sangre por donde pases para que todos te señalen como la sin piel, la desgraciada, la que no puede acercarse al agua, ni a la lumbre, ni dormir en paz con ningún hombre.
Úrsula ve que la plancha se enfria y nerviosa la vuelve a colocar sobre la lumbre. Se enjuga una lágrima.
ÚRSULA. Mi mamá quiere que lo lleve bien planchado...
Javier se asoma a la puerta y escucha.
JAVIER. Ya déjalo asi. Las casas están apagadas y las voces andan lejos. (Baja la voz). ¡Oye cómo se escucha la mia! ÚRSULA (En voz muy baja). Muy sola, muy grande, muy pecadora. JAVIER. Nadie nos oye. ÚRSULA. Y no oímos a nadie... JAVIER (En voz más baja). La voz del hombre en los silencios de la noche, es extranjera al hombre. Tiene ojos para ver su fin. ¿Crees que los perros ven venir la muerte con sus ojos? No, la ven con el aullido...
PAUSA.
ÜRSULA. El "Estrello" y el "Gamuzo" andan alegres.
JAVIER (Escuchando). Sí, no saben que en un rincón están acumulando su desdicha, Jerónimo la trae adentro de los sarapes, para que nunca más vuelvas a ser niña, ni a gozar del agua y de la fruta. Para que nunca llegues a ser mujer lu-cida y temida de los hombres. ¿Sabes lo que es la mujer desgraciada?
URSULA. No... no lo sé... JAVIER. La que tú vas a ser después de esta noche. La mujer apartada, la que avergüenza al hombre, la que carga las piedras y recibe los golpes, la que apaga la lumbre en la cocina con sus lágrimas... ÚRSULA. Mi mamá... JAVIER. Si, tu mamá. ¡Bien fregada! Por eso de los días no
le quedan más que las piedras y las hambres. Del gozo
nada le toca y ningún hombre la teme.
ÚRSULA. Tú nada más viniste a asustarme...
JAVIER Pues lárgate ya de aquí. ¿O quieres que Jerónimo te
doble el espinazo con la carga de sus pecados? No es hombre
bueno, le gusta romper las ramas tiernas y escupir a las rosas.
Te lo digo porque soy tu primo y porque no has crecido
y no sabes que el hombre que teme a la mujer abunda, es
malo y la rompe desde antes de que sea mujer.
URSULA. No entiendo lo que me dices, primo Javier... no puedo ni planchar mi vestido.
JAVIER. No entiendes que te digo que te vayas? La gente sube al monte y los demonios bajan al pueblo sin hacer ruido y están rodeando a Jerónimo, a Los Tejones.
ÚRSULA. ¿Qué busca en mi Jerónimo...?
Úrsula llora y deja de planchar.
JAVIER. Busca cortarte del mundo.
ÚRSULA. Díselo a mi mamá...
JAVIER (En voz baja). Díselo tú, a mi me costaría la vida...
Ya me voy, primita Úrsula, te dejo en tus doce años, ojalá y que mañana amanezcas en los mismos.
Sale Javier.
Úrsula lo mira irse y se queda quieta. Manuela entra por la puertecita del fondo, se arrodilla junto a su comal, casi de espaldas al público.
ÚRSULA. Mamá, dicen que Jerónimo ya se habló con Los Tejones para venir a robarme esta noche...
Manuela se queda inmóvil.
MANUELA.¿Quién lo dice?
ÚRSULA. Javier...
MANUELA. No lo digas, no lo repitas.
ÚRSULA. Si lo digo. Dicen que anda bebiendo...
MANUELA. Cállate!
ÚRSULA-Dicen que ya traen los sarapes con que me van a envolver.
MANUELA. Todo te lo dijo tu primo?
ÚRSULA Si. Me dijo que está encaprichado.
MANUELA.-¡ Ingrato Javier! Ingrato! Voy a soltar a los
perros. URSULA. Ya los solté.
MANUELA (Escuchando)-Si, ahi andan retozando entre las matas. Apúrate, ellos no tendrán compañía hasta que salgamos y luego salimos con ellos hasta el monte. No creo que Jeró nimo se atreva a venir hasta mi casa...
ÚRSULA- Apresúrese usted, mamá! ¿Ya no queda nadie, verdad?
MANUELA. Casi nadie. Pero no podemos irnos sin la venta. Don Valente todavía no cierra el tendajón. Cuando oigamos sus pasos nos vamos detrás de él, con el "Estrello" y el "Gamuzo". No es bueno que nos quedemos aqui solas.
Manuela palmea sus tortillas con violencia.
ÚRSULA¿Para qué me quiere Jerónimo?
MANUELA. Para nada! Mala suerte tendrías! Más arras-trada que la mía! Nunca te lo dije para que no te dibujaras en lo que yo fui. Pero ahora te lo digo, así estaba yo, tan tiernita como estás ahora. No sabía lo que era ser mujer y apenas servia para darles de comer a las gallinas, cuando Antonio Rosales, el que después fue síndico de Los Lagos, se fijó en mí. "Manuela, Manuelita! ¿quieres saber lo que es un hombre?" Y yo corria y me subía al guayabo de mi casa... Y mi mamá, que en paz descanse, rondaba el árbol y me tiraba de pedradas, para que la ayudara en el quehacer.
Manuela, mientras habla, mete en el tompiate las tortillas que retira del comal. Úrsula plancha su traje. Las dos dan la espalda al público.
URSULA. Se enojaba mucho porque andaba usted en el gua-yabo?
MANUELA. Si. Quería que le ayudara en el quehacer y no me creía lo que yo le contaba de Antonio Rosales.
URSULA. Tampoco a usted le creían?
MANUELA. Tampoco! Nadie quiere creer en la desgracia... ÜRSULA. Pero era muy cierto lo de Antonio Rosales, ¿verdad mamá?
MANUELA. Muy cierto! "¿Qué crees, que vas a conocer otro hombre?" Así decia, y yo corría para mi casa, y no quería salir de ella. Poco me había de durar el gusto de vivir en mi casa, al lado de mi difunta madre!
ÚRSUL- Poco, mamacita?
MANUELA. Si, poco... Una noche me sacó Rosales de mi casa. Más bien no fue Rosales, fueron "Los Otilios", cono-cidos por mal nombre "Los Queditos", porque cuando cami-naban, parecía que no pisaban, ni senti cuando me envolvie-ron la cabeza en un sarape... con todo y que Hipólito mi primo había venido a prevenirme... Pero Hipólito, sólo había venido a mirar antes, para asustarme y ver que no hubiera nadie en la casa...
URSULA. Tengo miedo...
MANUELA. No lo digas... ¿Por qué habías de tener tú mi misma mala suerte? Dios no permitirá que heredes mis sufri-mientos.
ÚRSULA.-No.¡ No lo puede querer!
MANUELA. Por eso te decía que no nombraras a Jerónimo. Y por eso te cuento ahora lo que fui, para borrar con mis palabras a las tuyas.
ÚRSULA- Sí, mamá, borre mi pensamiento y mi miedo!
MANUELA.-Nada más me sacaron de mi casa y conocí el sufri-miento. Me llevaron por el corral y noté que los perros esta-ban muy silencios. Uno de "Los Queditos" dijo: "Ahi están babeando sangre, fue más fácil darles a ellos, que sacar a esta mocosa". Y yo en mis adentros los vi tumbados entre las piedras, con las patas trozadas a machetazos. Y así fue, porque después de muchos ruegos Rosales me lo contó. Y mis lágrimas nada más corrían por el "Saturno" y el "Orillas". Y los hombres se fueron saltándose las cercas, Hipólito les abría camino, y me sacaron al campo. Alli me desataron y me entregaron al mismo Antonio Rosales.
-"Ahí la tienes".
Y yo no podía decir ni una palabra. Me volví para ver cómo se habían hecho chicas las luces de mi casa. Y mi primo Hipólito me miró con risa.
-¡Váyanse! y gracias por haberme ayudado en el ca-pricho" dijo Rosales, y ellos se regresaron al pueblo. Y yo me fui, subiendo el monte, con el hombre que me llevaba y al que nunca quise. En una vuelta, nos salió la Acordada.
¡Alto! ¿a dónde van?
-A Los Lagos contestó el hombre que me llevaba.
¿Y quién es la niña que va llorando a estas horas?
-Soy Manuela Albear, hija de Albina Posadas y me quiero ir a mi casa.
Uno de a caballo se acercó hasta nosotros.
Ora si te llevó la chingada, por andar desflorando ino-centes!
En mi espalda Rosales clavó la punta de su cuchillo.
¡Di que tu casa está en Los Lagos, o aquí acabaste!
¿En dónde queda tu casa, niña Manuela Albear?
-En Los Lagos... dije, porque ya la sangre me había mojado la camisa.
-Buenas noches.
-Buenas noches.
Y La Acordada se fue a caballo. Todavía alcanzaron a mirarme dos o tres veces, volviéndose para distinguirme en la oscuridad. Rosales iba por delante, jalándome de la mano. "A mi me andará buscando mi mamá por el lado de San Ignacio", me decía yo, mientras mis pies buscaban entre las piedras. "¡No la veré nunca más!" Y se me aparecía su voz llamándome entre los árboles. "¡ Manuela!" "; Manuelal"... Cuando Rosales quiso conocerme se detuvo. Era ya tarde. Entrevi que la cara se le había cambiado. "¡Túmbate aquí, Manuelita!" Y yo en vez de hacer lo que me dijo, corría y le tiré de pedradas. Y él corrió detrás de mi, y con una piedra grande, me golpeó la cabeza, y ya no supe más de mí. Hasta que, muy de mañana, vi a dos viejitos que venían subiendo el monte y allí nos encontraron.
-"Levántate, niña".
Pero mis piernas se habían hinchado hasta el tobillo y el cielo echaba luces fulgurantes que me cerraban los ojos.
-Tiene los cabellos y las piernas manchadas de sangre.
Rosales no respondió. Agachado fumaba su cigarro. Los cabellos de los viejitos echaban chispas blancas, cuando se acercaban a mí y yo entreabría los ojos y los miraba contra el cielo rumboso.
-"Hombre de Dios, si todavía no es mujer!"
Yo apenas veía la cara de la señora y el guaje de agua fresca que llevaba colgado de la cintura.
-"No me puedo levantar, tengo la barriga acuchillada".
"Sí niña, este hombre te pegó con su machete".
Así me consolaban para que yo no perdiera mi inocencia.
Úrsula, hace rato, ha dejado de planchar, y sentada en el suelo, escucha inmóvil el relato de su madre. Mientras ésta sigue trabajando.
URSULAY el hombre queria que usted no tuviera inocen-cia?...
MANUELA. Si... eso quería... Y los viejitos me echaron en un burro y me llevaron a Los Lagos. Muchos meses me curaron. Y todo ese tiempo vivi en su casa y Rosales nada más me miraba. Luego llegó el tiempo en el que me llevó a vivir con él. Apenas me daba su olor me agarraban los temblores, porque nunca lo quise. Entonces se compró una pistola y con ella me golpeaba, y bañada en sangre me ocu-paba. ¡ Asi me halló mi mamá! Siete años duró su búsqueda, pues nadie le daba razón de mi paradero. Cuando me halló estaba muy vieja, con las ropas y los pies rajados de tanto andar. Ni lloramos, nada más nos quedamos mirando, mientras tristes pensamientos se nos iban y venían.
¡Así será la suerte de la mujer, por estas tierras de Dios!
"¿Cuántos hijos tienes, hija?"
-"Tuve tres, dos se murieron, pero tuve la suerte de que murieran juntos o de recién pariditos, sino ya logrados y después de haberme visto en la necesidad de pedir para ellos.
-"Uno te queda?"
-Si, mamá, esta Úrsula se me ha ido quedando. Salió más recia y ojalá que Dios le depare otra suerte que la mia".
Úrsula, sentada en el suelo, contempla a su madre. Ésta sigue su trabajo. Por la puerta de la izquierda entran dos hombres de puntillas. Uno le echa un sarape en la cabeza a la niña y entre los dos la levantan. La niña se debate inútilmente. La sacan de su casa. Javier asoma la cabeza por la puerta y ve a su tía palmeando las tortillas, y se va. En el suelo queda el traje rosa, sobre la cama los zapatos.
MANUELA. "La suerte no se hereda sino se nombra" dijo mi mamá, y asi estábamos hablando, cuando Antonio Rosa-les llegó borracho. Y si te digo que no nombres a Jerónimo, es para que escapes a la desventura de ver a tu madre golpeada por un mal hombre, con las greñas ya blancas, batidas en su propia sangre y los dientes rotos, saliéndosele de la boca. Muerta en la puerta de tu casa después de siete años de buscarte. Muerta por un hombre al que nunca quise, y al que tú nunca conociste, y al que ojalá que Dios nunca le enseñe el camino de esta casa. Allí nos quedamos tú y yo, solas junto a la muerta... Y luego, solas, hasta acá nos vinimos, porque Rosales se escapó de la justicia...
Manuela se levanta. Recoge su tompiate lleno de tortillas. Lo cubre con una servilleta de flecos rojos. Se vuelve y no ve a Úrsula, avanza hipnotizada hasta el lugar que ocupaba su hija. Deposita el tompiate en el suelo, coge el vestido y se queda escuchando.
MANUELA.¡Qué silencios, qué silencios están los perros de mi casa! Dios permita que no les mocharan las patas... ¡Qué silencios están los perros de mi casa!...