PABLO J
por Pablo Jose DiazLa avería
Una historia aún posible
Primera Parte
‡Friedrich Dürrenmatt
¿Habrá aún historias posibles, historias para escritores? Si no quiere uno referirse a
sí mismo, generalizar romántica y líricamente con el propio Yo, si no se siente uno impulsado a
hablar con total verosimilitud de las propias esperanzas y fracasos, ni de como hace el amor con
las mujeres -como si la verosimilitud trasladara todo esto a la esfera de lo general y no a la de lo
clínico o psicológico, en el mejor de los casos; si no se quiere hacer esto, sino que se opta más bien
por un discreto repliegue destinado a salvaguardar cortésmente la vida privada, situándose frente
al tema como un escultor frente a su material, para trabajarlo y desarrollarse en él, y tratando,
como una especie de clásico, de no desesperarse en seguida- aunque sea casi imposible negar el
absurdo puro y simple que campea por doquier-, escribir será entonces una operación más ardua
y solitaria, y también más absurda. Una buena nota no interesa en la historia de la literatura
(¿quién no ha sacado alguna vez buenas notas? ¿Cuántos disparates no se han premiado ya?); las
exigencias del día son más importantes. Pero aquí también se plantean un dilema y una situación
de mercado desfavorable. Mero entretenimiento ofrece ya la vida, el cine de noche, poesía, el
suplemento de los periódicos; por algo más -algo que socialmente esté por encima de un franco-
se exige alma, confesiones y hasta verosimilitud, hay que suministrar valores superiores,
reflexiones morales, sentencias útiles, algo ha de ser superado o afirmado, ya sea el cristianismo o
la desesperación en boga: literatura, en resumidas cuentas. Pero ¿y si el autor se niega cada vez
más obstinadamente a producir tales cosas porque es consciente de que la razón de su escritura
está en él mismo, en su consciencia o su inconsciente y, en proporción dosificada según los casos,
en su fe o en su duda, y piensa también, sin embargo, que ahora estas cosas no le interesan para
nada al público y que debería bastar con lo que él escribe, plasma o formula, que para abrir el
apetito hay que enseñar la superficie y nada más, trabajará exclusivamente sobre ella, y en cuanto
al resto más vale cerrar la boca, no hacer comentarios ni cotillear? Alcanzada esta certeza, el
autor se estancará, titubeará, quedará perplejo: esto es prácticamente inevitable. Surgirá en él la
sospecha de que no queda nada por contar y considerará muy seriamente la posibilidad de
abdicar. Acaso aún sean posibles unas cuantas frases, pero al final se impondrá el giro hacia la
biología con el fin de hacer frente –ni siquiera mentalmente- a la explosión demográfica, a los
miles de millones que avanzan, a los úteros que suministran seres humanos sin parar, o bien
hacia la física o la astronomía, a fin de tener; por amor al orden, alguna idea sobre el andamiaje
sobre el cual nos movemos. El resto es para revistas ilustradas, Life, Match, Quick o Sie und Er: el
presidente bajo la tienda de oxígeno, el Tío Bulganin en su jardín, la princesa con su polifacético
capitán de aviación, estrellas de cine y caras de dólares, intercambiables, pasadas de moda no bien
se empieza a hablar de ellas. Junto a esto la cotidianidad de cada cual, de un europeo occidental
en mi caso, suizo para más señas, malos tiempos y mala coyuntura, preocupaciones y
tribulaciones, conmociones por asuntos personales, aunque sin conexión con el resto del
universo, con el transcurrir de las venturas y desventuras, con el desgranarse de las necesidades.
El destino ha abandonado el escenario en el que se viene actuando para espiar entre bastidores, al
margen de la dramaturgia vigente, mientras en primer plano todo se redice a accidentes,
enfermedades o crisis. Hasta la guerra dependerá de que los cerebros electrónicos pronostiquen
su rentabilidad, caso éste nunca se dará, pues, como sabemos, y suponiendo que las calculadoras
funcionen, sólo las derrotas son matemáticamente concebibles. ¡Y cuidado con las falsificaciones,
con las intromisiones prohibidas en los cerebros artificiales! Aunque esto sería menos penoso que
la posibilidad de que algún tornillo se afloje, una bobina se estropee o un pulsador reaccione
equivocadamente: el fin del mundo por un cortocircuito técnico, por un falso contacto. Ya no nos
amenazan, pues, ningún Dios, ninguna justicia, ningún hado fatal como en la Quinta Sinfonía,
sino accidentes de tráfico, roturas de diques por fallos de construcción, la explosión de una
fábrica de bombas atómicas por culpa de algún investigador distraído o de algún reactor mal
regulado. A este mundo de averías conduce nuestro camino, en cuyas polvorientas orillas se dan
aún, junto a vallas publicitarias de calzados Bally, coches Studebaker o alguna marca de helado,
junto a lápidas que recuerdan accidentes, algunas historias posibles, gracias a que la humanidad
observa desde un rostro en el montón, a que la mala suerte asume, sin proponérselo, dimensiones
universales, a que tribunales y justicia se tornan visibles y acaso también la piedad, captada al
azar, reflejada en el monóculo de un borracho.
Segunda Parte
Un accidente, nada grave, por cierto, también una avería en este caso: Alfredo Traps, por
decir el nombre, empleado en el sector textil, cuarenta y cinco años, no precisamente corpulento,
de aspecto agradable, modales bastante correctos, aunque reveladores de cierto adiestramiento al
dejar traslucir rasgos de primitivismo más bien propios de un buhonero. Este contemporáneo
nuestro acababa de recorrer en su Studebaker una de las grandes carreteras del país y daba casi
por seguro que, una hora más tarde, llegaría a su lugar de residencia (una ciudad importante),
cuando el coche se le declaró en huelga. Dejó de funcionar, simplemente. Desvalido, el automóvil
de color rojo se plantó al pie de un altozano por el que subía la carretera; al norte se había
formado un cúmulo y al oeste el sol aún seguía muy alto, casi como a primeras horas de la tarde.
Traps se fumó un cigarrillo e hizo luego lo que las circunstancias exigían. El mecánico, que acabó
remolcando el Studebaker, le dijo que no podría reparar la avería hasta la mañana siguiente: un
fallo en el carburador. No había forma de averiguar si era cierto, ni era aconsejable intentarlo;
hoy en día está uno a merced de los mecánicos como en otros tiempos lo estaba de los salteadores
y, antes aun, de las divinidades locales y demonios. Demasiado indolente para caminar media
hora hasta la siguiente estación ferroviaria y emprender un viaje algo complicado, aunque breve,
hasta su casa, donde lo aguardaban su mujer y cuatro hijos varones, Traps resolvió pernoctar en
el pueblo. Eran las seis de una tarde calurosa, muy próxima al día más largo del año; la aldea
junto a la cual quedaba el garaje era acogedora y se desparramaba sobre varias colinas boscosas,
con una elevación en la que se alzaban la iglesia, la parroquia y un viejísimo roble provisto de
potentes aros de hierro y puntales, todo muy sólido y limpio; hasta los montones de estiércol ante
las casas de los campesinos veíanse cuidadosamente apilados y dispuestos. También había una
fabriquilla en los alrededores y varias fondas y posadas rurales, de una de las cuales Traps había
oído ya continuos elogios; pero todas las habitaciones estaban ocupadas debido a una convención
de criadores de ganado menor, y al viajante de textiles le indicaron una villa en la que
eventualmente daban hospedaje. Traps dudó. Aún le era posible volver a casa en tren, peor lo
sedujo la esperanza de vivir una aventura, pues en los pueblos había a veces chicas - como poco
antes de Grossbiestringen- que sabían apreciar a los viajantes de textiles. Y así, reanimado, se
encaminó a la villa. Repique de campanas desde la iglesia. Unas vacas se le acercaron trotando y
mugiendo. La casa de campo de un solo piso –paredes de un blanco deslumbrante, azotea,
persianas verdes. Quedaba en medio de un jardín bastante grande, semioculta por arbustos, hayas
y pinos, con flores visibles desde la calle, rosas sobre todo, entre las que un hombrecillo entrado
en años, con un delantal de cuero, posiblemente el dueño de casa, se dedicaba a sencillas tareas de
jardinería.
Traps se presentó y pidió alojamiento. -¿Su profesión? – preguntó el viejo, que se había acercado a la valla: estaba fumando un
Brissago y apenas sobrepasaba la puerta del jardín. -Trabajo en el sector textil.
El viejo examinó atentamente a Traps, mirando, como hacen los présbitas, por sobre unas
pequeñas gafas sin montura: -Claro que el señor puede pernoctar aquí.
Traps preguntó el precio.
El viejo explicó que no solía aceptar nada, vivía solo, su hijo se encontraba en Estados
Unidos, y lo atendía un ama de llaves, Mademoiselle Simone; él se alegraba de poder alojar de vez
en cuando a algún huésped, añadió.
El viajante de tejidos dio las gracias. Se sintió conmovido por la hospitalidad y observo que
en el campo no se habían extinguido aun los usos y costumbres de los antepasados. Se abrió la
puerta del jardín. Traps miró a su alrededor. Senderos de grava, jardín de césped, grandes zonas
sombreadas, puntos iluminados por el sol.
Cuando llegaron junto a las flores, el viejo le dijo que tenía invitados esa noche y empezó
a podar minuciosamente un rosal- Eran amigos que vivían en los alrededores, unos en el pueblo,
otros más lejos, hacia las colinas, jubilados como el atraídos hasta allí por el clima suave y porque
no sentían el Föhn, el viento cálido del sur, todos solitarios, viudos, ávidos de novedades, de algo
vivo y fresco, de modo que era un placer para el invitar al señor Traps a la cena y posterior
tertulia de esa noche.
El viajante de tejidos se quedó de una pieza. Hubiera preferido cenar en el pueblo, en
aquella conocidísima hostería, pero no se atrevió a rechazar la invitación. Se sintió obligado a ello
después de aceptar el hospedaje gratuito. No quiso parecer un habitante de la ciudad, descortés y
torpe, y fingió alegrarse. El dueño de la casa lo condujo al primer piso. Una habitación acogedora.
Agua corriente, una cama ancha, una mesa, un cómodo sillón, un cuadro de Hodler en la pared,
viejos libros encuadernados en piel en la estantería. EL viajante de textiles abrió su maletín, se
lavó y afeitó, se envolvió en una nube de agua de colonia, se acercó a la ventana y encendió un
cigarrillo. Un enorme disco solar se desplazaba hacia las colinas, incendiando las hayas.
Recapituló fugazmente los asuntos del día: el encargado de la S.A. Rotacher, nada mal, las
dificultades con Wildholz, que reclamaba el cinco por ciento, vaya tipejo, ya le retorcería el cuello
algún día. Luego surgieron recuerdos. Cosas cotidianas, desarreglos, un proyectado adulterio en el
Hotel Touring, la duda de si comprarle un tren eléctrico a su hijo menor (el que más quería), la
cortesía y, en realidad, el deber de telefonear a su mujer para comunicarle el inesperado
contratiempo. Pero no lo hizo. Como otras veces. Ella estaba acostumbrada y, además, tampoco le
creería. Bostezó y se concedió otro cigarrillo. Vio a tres señores de edad que se acercaban a pie
por el sendero de grava, dos de ellos cogidos del brazo y otro gordo y calvo, detrás. Saludos,
apretones de manos, abrazos, comentarios sobre las rosas. Traps se apartó de la ventana y se
acercó a la estantería. A juzgar por los títulos que leyó, lo esperaba una velada aburrida:
Hotzendorff: El delito de homicidio y la pena de muerte; Savigny: Sistema del Derecho romano
actual; Ernst David Hölle: La práctica del interrogatorio. El viajante de textiles vio claro que su
anfitrión era un hombre de leyes, quizá un ex abogado. Se preparó a oír discusiones minuciosas,
¿qué sabían esos eruditos de la vida real? Nada, y el resultado final eran las leyes. También era de
temer que se hablara de arte o esas cosas, con el riesgo, para él, de no salir muy airoso; pero nada,
de no estar tan metido en la batalla de los negocios, pensó, él también se mantendría al tanto de
asuntos más elevados. Bajó, pues, sin ganas, a la galería descubierta y aún bañada por el sol en la
que se habían instalado los señores, mientras el ama de llaves, una mujer enérgica y robusta,
ponía la mesa al lado, en el comedor. Pero se quedó de una pieza al ver al grupo que lo
aguardaba. Se alegró de que el primero en acercársele fuera el dueño de casa, muy peripuesto
ahora, cuidadosamente cepillados los escasos cabellos y vistiendo una levita demasiado ancha. Dio
la bienvenida a Traps con un breve discurso, lo cual permitió a este disimular su sorpresa;
murmuro que el gusto era todo suyo, se inclinó, frio, distante, jugó la carta del hombre de mundo
experto en textiles y recordó, melancólico, que sólo se había quedado en este pueblo para
buscarse chica. Proyecto fracasado. Se vio frente a tres ancianos que en nada le iban a la zaga al
extravagante anfitrión. Como enormes cuervos llenaban aquel espacio estival de muebles de
mimbre y cortinas vaporosas, viejísimos, pringosos y descuidados, aunque sus levitas fueran de la
mejor calidad, según comprobó en seguida, a excepción del calvo (de apellido Pilet, setenta y siete
años, tal como informó el dueño de casa al iniciar las presentaciones), que, tieso y digno, estaba
sentado en una banqueta muy incómoda aunque tuviera a su alrededor varias sillas agradables,
correctísimamente acicalado, con un clavel blanco en el ojal y atusándose una y otra vez el
frondoso bigote teñido de negro, un jubilado a todas luces, quizás, un ex sacristán o un
deshollinador enriquecido por un golpe de fortuna, posiblemente también un maquinista. Tanto
más desastrados se veían, en cambio, los otros dos. Uno de ellos (Herr Kummer, ochenta y dos
años), más gordo aún que Pilet, inconmensurable, como compuesto de bultos lardosos, se había
sentado en una mecedora: cara de un rojo muy subido, poderosa nariz de bebedor, un par de ojos
saltones y joviales detrás de unos quevedos de oro, y además, sin duda por distracción, un
camisón de dormir debajo del traje negro, con los bolsillos repletos de diarios y papeles, mientras
que el otro (Herr Zorn, ochenta y seis), alto y enteco, un monóculo encajado ante el ojo izquierdo,
cicatrices de antiguos duelos en la cara, nariz ganchuda, blanquísima melena de león, boca
hundida, una aparición de otros tiempos, en suma, llevaba el chaleco mal abotonado y dos
calcetines diferentes. -¿Campari?- preguntó el dueño de la casa. -Sí, gracias- respondió Traps sentándose en un sillón, mientras el caballero alto y enteco
lo observaba interesado a través de su monóculo. -¿Supongo que Herr Traps participará en nuestro jueguito? -Claro que sí. Los juegos me divierten.
Los ancianos sonrieron, moviendo la cabeza. -Nuestro juego quizá le resulte un poco extraño- hizo notar el anfitrión con cautela, casi
titubeando-. Consiste en jugar, por la tarde, a nuestras antiguas profesiones.
Los tres viejos volvieron a sonreír discreta y cortésmente.
Traps se extrañó. ¿Cómo debía entender aquello? -Pues- precisó el anfitrión-resulta que yo, en otros tiempos, fui juez, Herr Zorn, fiscal, y
Herr Kummer, abogado, de modo que jugamos a los tribunales. -¡Ah, sí!-comprendió Traps, y encontró la idea aceptable. Quizá no estuviera del todo
perdida la velada.
El anfitrión contempló al viajante de textiles con aire solemne. En general, explicó con voz
suave, retomaban los procesos célebres de la historia: el proceso a Sócrates, el proceso a Jesús, el
proceso a Juana de Arco, el caso Dreyfuss, recientemente el incendio del Reichstag; en cierta
ocasión habían declarado a Federico el Grande persona no responsable de sus actos.
Traps se asombró: -¿Y juegan a eso cada noche?
El juez asintió con la cabeza. Claro está, continuó explicando, que lo más bonito era jugar
con personas vivas, lo que a menudo creaba situaciones particularmente interesantes como, por
ejemplo, hacía apenas dos días, cuando condenaron a catorce años de cárcel por extorsión y
cohecho a un parlamentario que había pronunciado un discurso electoral en el pueblo y acabó
perdiendo el tren. -Un tribunal riguroso- comprobó Traps, divertido. -Cuestión de honor-replicaron, radiantes, los ancianos.
¿Y qué papel podría corresponderle a él?
Más sonrisas, casi risas.
Ya tenían juez, fiscal y defensor, cargos que, por lo demás, suponían conocer la materia y
las reglas del juego, declaró el anfitrión; sólo estaba vacante el puesto de acusado, aunque Herr
Traps no estaba en absoluto obligado a jugar con ellos, cosa que, añadió, él quería recalcar una
vez más.
El propósito de los ancianos alegró al viajante de textiles. La noche estaba salvada. No
habría discursos eruditos y aburridos; aquello prometía ser divertido. Él era un hombre sencillo,
sin demasiada capacidad de reflexión ni propensión a semejante actividad, un hombre de
negocios, astuto llegado el caso, que apuntaba muy alto en su campo y al que le gustaba comer y
beber bien, con vierta afición a los pasatiempos concretos. Claro que participaría en el juego, dijo,
sería un honor para él aceptar aquel puesto vacante de acusado.
¡Bravo!, graznó el fiscal batiendo palmas, ¡bravo!: Así hablaban los hombres, a eso
llamaba él valor.
El viajante de textiles se informó, curioso, acerca del delito que pensaban imputarle.
Una cuestión irrelevante, respondió el fiscal limpiando su monóculo, siempre se acababa
encontrando algún delito.
Todos se rieron.
Herr Kummer se levantó. -Venga, Herr Traps- dijo en tono casi paternal., probemos primero el oporto que hay aquí.
Es añejo, tiene usted que conocerlo.
Condujo a Traps al comedor. La gran mesa redonda estaba puesta para un festín. Sillas
antiguas de respaldos altos, cuadros oscuros en las paredes, todo a la antigua, sólido; de la galería
llegaba el parloteo de los ancianos, por las ventanas abiertas reverberaban las luces del atardecer
y entraba el gorjeo de los pájaros, sobre una mesita se veían unas cuantas botellas, y varias más en
chimenea, las de Burdeos echadas en canastillas. Con mano temblorosa, el defensor sirvió
cuidadosamente en dos copitas el oporto de una botella vieja, las llenó hasta el borde y brindó a la
salud del viajante de textiles, con cuidado, rozando apenas las copas llenas del precioso líquido.
Traps paladeó. -Espléndido- elogió. -Yo soy su defensor, Herr Traps- dijo Herr Kummer-. Así que ahora brindaremos: ¡por
nuestra amistad! -¡Por nuestra amistad!
Lo mejor sería, dijo el abogado acercando aún más a Traps su rubicunda cara, su nariz de
bebedor y sus quevedos, de suerte que su gigantesco vientre -una desagradable masa blanda- lo
rozó; lo mejor sería, repitió, que el caballero le confesara su delito en seguida. Así podría
garantizarle que saldría airoso ante el tribunal. Pues si bien la situación no era peligrosa, tampoco
había que subestimarla: el alto y enteco fiscal, aun en plena posesión de sus energías intelectuales,
era un personaje temible, y el anfitrión era, lamentablemente, propenso a la severidad e incluso a
la prolijidad, rasgo éste que con la edad –ya tenía ochenta y siete- se le había acentuado. Pese a
ello, él, como defensor, había logrado salvar la mayoría de los casos, o, al menos, evitar lo peor.
Tan sólo una vez, en un caso de asesinato por robo, no hubo realmente nada que hacer. Pero
ahora no se trataría de un asesinato por tobo, si juzgaba bien a Herr Traps, ¿o sí?
El viajante de textiles replicó riendo que, por desgracia, no había cometido ningún delito.
Y luego dijo: -¡Salud! -Confiésemelo- le animó el defensor-. No tiene por qué avergonzarse. Conozco la vida y a
nada me sorprende. Son muchos los destinos que han pasado por mis manos, créame, Herr Traps,
y se me han abierto auténticos abismos.
Lo lamento mucho, dijo el viajante con una sonrisa de satisfacción, pero él era realmente
un acusado con delito, además, era asunto del fiscal encontrar alguno, lo acababa de decir él
mismo y ahora él, Traps, le tomaba la palabra. Un juego es un juego. Tenía curiosidad por ver
cómo terminaría. ¿Habría un interrogatorio de verdad? -Ya lo creo. -Pues me alegro mucho.
El defensor puso cara de preocupación. -¿Se siente usted inocente, Herr Traps?
El viajante de textiles se rió: -Totalmente.-Y la conversación le pareció divertidísima.
El defensor limpió sus quevedos. -¡Tenga usted presente, mi joven amigo, que con inocencia o sin ella, lo que cuenta es la
táctica procesal! Es realmente una temeridad, por no decir más, querer ser inocente ante nuestro
tribunal. Lo más prudente es, en cambio, imputarse de entrada algún delito, por ejemplo uno
particularmente ventajoso para la gente de negocios: la estafa. Durante el interrogatorio siempre
puede quedar claro que el acusado exagera, que en realidad no hay estafa, sino una inocente
ocultación de hechos por razones publicitarias, como suele ocurrir con frecuencia en el mundo
comercial. El camino de la culpa a la inocencia es arduo, mas no imposible, mientras que tratar de
mantener la inocencia propia es algo más bien desesperado, y el resultado final, desastroso. Usted
perdería su causa pudiendo ganarla, y se vería obligado a no poder aceptar una nueva culpa y
aceptar la que le impusieran.
Divertido, el viajante de textiles se encogió de hombros y dijo que lamentaba no poder
serles útil, pero no recordaba ninguna fechoría que le hubiera creado conflictos con la ley.
El defensor volvió a calarse los quevedos. Que Traps no se lo ponía fácil, declaró
pensativo, y la decisión final tampoco lo sería. -Pero sobre todo –añadió a guisa de conclusión- piense usted muy bien cada palabra, no
hable por hablar, o de buenas a primeras se verá condenado a varios años de cárcel, sin apelación
posible.
En ese momento entraron los otros, y todos juntos se sentaron a la mesa redonda.
Ambiente agradable, bromas. Primero sirvieron varias entradas: fiambres, huevos a la rusa,
caracoles, sopa de tortuga. Imperaba el buen humor, todos cuchareaban complacidos y sorbían
sin cumplidos. -A ver, acusado, que puede usted ofrecernos, espero que un hermoso e impresionante
homicidio- graznó el fiscal.
El defensor protestó: -Mi cliente es un acusado sin delito, una rareza en el mundo judicial, como quien dice.
Afirma ser inocente. -¿Inocente?-dijo el fiscal con voz de asombro. Las cicatrices se le pusieron al rojo vivo, y
el monóculo, que oscilaba de un lado a otro en su cordón negro, estuvo a punto de caer dentro del
plato. El diminuto juez, que estaba desmigajando un pan en la sopa, hizo una pausa, observó al
viajante de textiles con aire reprobador y meneó la cabeza, y el calvo taciturno del clavel blanco
también lo miró asombrado. El silencio era angustioso. Ningún ruido de cuchara o tenedor; nadie
que resollase ni sonriese perceptiblemente. Sólo Simone, al fondo, aventuró una risita. -Tendremos que averiguarlo-dijo el fiscal serenándose-. Lo que no puede existir, no
existe. -Pues adelante-rió Traps-. Ustedes dirán.
Con el pescado se sirvió vino, un Neuchâtel ligero y burbujeante. -Veamos- dijo el fiscal abriendo su trucha-, ¿casado? -Desde hace once años. -¿Hijos? -Cuatro. -¿Profesión? -Trabajo en el textil. -O sea viajante, ¿eh, querido Herr Traps? -Representante general. -Muy bien. ¿Ha tenido una avería? -Por casualidad. La primera en un año. -¡Ajá! ¿Y hace un año? -Aún conducía mi antiguo coche –explicó Traps-, un Citröen 1939, pero ahora tengo un
Studebaker, modelo de lujo, color rojo. -Un Studebaker, ¿eh? Interesante ¿Y desde hace poco? Antes seguro que no era
representante general. -Un viajante de textiles común y corriente. -Coyuntura favorable- dijo el fiscal inclinando la cabeza.
El defensor se había sentado junto a Traps. -Tenga cuidado- le susurró.
El viajante de textiles -o más bien representante general, como podemos decir ahora-
había atacado despreocupadamente un steak tartare, sobre el cual roció, según su receta, unas
gotas de limón, un chorrito de coñac, pimentón y sal. Que nunca había tenido una cena tan
entretenida como aquella, dijo radiante: siempre había considerado las cenas en el club La Buena
Vida como lo más divertido que pudiera ocurrirle a alguien de su condición, pero esa velada entre
caballeros le resultaba aún mucho más atractiva. -¡Ajá!- comprobó el fiscal-, pertenece usted al club La Buena Vida. ¿Y cuál es su apodo?