ELISA
Elisa Gracidas Bermejo에 의해 "Los Ecos de San Lázaro"
La maldición de las minas muertas .
En los límites del mundo conocido, donde ni el sol parece alcanzar, existe un lugar que ha sido borrado de mapas y memorias: San Lázaro. Un pueblo maldito, olvidado y envuelto por una niebla que nunca se disipa. Pero la verdadera raíz del horror yace aún más abajo… en las minas muertas
Fue una red de excavaciones subterráneas construidas por una corporación minera secreta a principios del siglo XX. Se decía que allí no se extraía oro ni plata, sino un mineral sin nombre, oscuro como el vacío, y vivo de alguna manera incomprensible. Algo que palpitaba bajo la tierra. Después de una serie de accidentes, desapariciones y brotes mentales en los obreros, las minas fueron selladas. Pero nunca olvidadas.
Décadas más tarde, la gente de San Lázaro comenzó a enfermar. Al principio, sólo perdían el sueño. Luego, los recuerdos. Caminaban por las calles como si revivieran momentos pasados, saludaban a familiares ya muertos, hablaban con voces que no eran suyas. Y finalmente, sus cuerpos comenzaron a cambiar. No del todo muertos. No del todo vivos.
El gobierno declaró zona restringida y selló todo acceso. El caso se archivó bajo “contaminación por exposición subterránea”. Nadie volvió.
Hasta que llegaron Cañi y Eñi.
Cañi era una exploradora de lo oculto, amante de los lugares prohibidos y misterios olvidados. Su canal de documentales urbanos tenía miles de seguidores, pero él buscaba algo más: una verdad que nadie pudiera negar. Eñi, por su parte, era una exenfermera militar con un pasado oscuro. Había trabajado en uno de los primeros laboratorios que estudiaron los efectos del brote de San Lázaro, pero no se le permitió hablar. Había visto algo... y estaba decidida a enfrentarlo.
Entraron al pueblo al atardecer. La niebla cayó tras ellos como si el pueblo respirara. No tardaron en notar que los relojes se detenían, las brújulas giraban sin sentido, y el silencio estaba demasiado vivo.
Las casas estaban vacías, pero no abandonadas. Los platos seguían sobre las mesas, la ropa tendida, y los juguetes en el suelo. Todo parecía congelado en el tiempo. Y sin embargo, algo los observaba desde las sombras. No eran simples zombis. Eran ecos de personas. Repetían nombres. Imitaban recuerdos. Caminaban por costumbre, como si una voluntad los moviera… no la suya propia.
Al tercer día, encontraron la entrada a una mina: Título. A diferencia de las otras, esta no estaba completamente sellada. Una compuerta oxidada colgaba rota, como si algo hubiera salido, no entrado.
Descendieron con linternas y respiradores, grabando todo. Pronto vieron símbolos tallados en las paredes, dibujos infantiles mezclados con diagramas científicos. Al fondo de uno de los túneles encontraron un cuarto seco, lleno de hojas arrancadas de un cuaderno. Era de un niño: Simón, el último en dejar testimonio antes de que todo terminara.
“Las voces viven en la piedra.”
“Papá dice que el mineral está vivo. Que siente.”
“Mamá ya no duerme. Me llama por mi nombre, pero no es su voz.”
“La mina no está vacía. Está esperando.”
Eñi, al leer las páginas, se derrumbó. Confesó entre sollozos que había participado en los experimentos con ese mineral. Habían intentado usarlo para regenerar tejido, incluso para revivir neuronas muertas. Pero el material tenía voluntad. Copiaba la conciencia humana como ecos deformes, que no morían del todo. Solo se apagaban... hasta que algo las despertaba.
Cañi, obsesionada, quiso seguir más profundo. Encontraron una sala donde el mineral crecía como raíces, cubriendo cuerpos suspendidos en un cristal oscuro. Eran los habitantes de San Lázaro... y sus copias, reviviendo recuerdos en un ciclo sin fin.
De pronto, las luces parpadearon. Un zumbido llenó el aire. Las sombras comenzaron a moverse.
Cañi gritó a Eñi que huyera. Ella se negó.
—Si salgo, esto volverá a pasar. Ya lo vivimos una vez. Ya somos parte de esto.
Y entonces, la cámara cayó.
Afuera, solo se ve la entrada colapsada de una mina sin nombre. Algunos dicen que en noches muy cerradas, se escucha el eco de pasos… y una voz metálica que dice:
"Aquí solo sobreviven los que olvidan quiénes eran."
Desde entonces, nadie que entra a San Lázaro recuerda por qué vino… ni cómo se llama.